Mi vida

Gerolamo Cardano · Capítulo 21 de 63

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Mi vida

Capítulo XV AMIGOS Y PROTECTORES

Capítulo XV

AMIGOS Y PROTECTORES

 

El primero de mis amigos de juventud fue Ambrogio Varadeo[1], compañero en el ajedrez, en la música, y de carácter parecido al mío; luego Prospero

Marinoni de Pavía; Ottaviano Scoto[2] de Milán, que me ayudó muchas veces prestándome dinero; después Gaspare el de Gallarate.

En la aldea de Sacco trabé amistad estrecha con el noble veneciano Giovanni Mauroceno y con el boticario Paolo de Iliria.

A mi regreso de Sacco conocí a Filippo Archinto, arzobispo de Milán, y a

través de él a Ludovico Maggi[3], cuyo apoyo necesité y tuve. Aparte de otros, amisté con Gerolamo Guerrini, joyero milanés, del que aprendí muchos secretos que llevé a mis libros —no como esos escritores que los sacan de otros libros. El precisamente me presentó a Francesco Belloti de Florencia y a Francesco della Croce, famoso jurista, hombre honrado y sabio matemático, que me ayudó mucho en mi pleito con el Colegio. A través de Donato Lanza,

el boticario, llegué a la amistad de Francesco Sfondrati[4], senador de Cremona, que poco tiempo después llegó a cardenal. A través de éste a su vez me hice amigo de Giovan Battista Speciano, corregidor y también de Cremona, hombre sabio y de rara valía, que además me presentó a Alfonso de Avalos, gobernador de la provincia y general del ejército imperial. Gracias a Sfondrati conseguí una cátedra de medicina en Pavía. Luego entré en amistad

con Andrea Alciato[5], el famoso jurista y admirable orador; también por

entonces hice lo mismo con su primo Francesco[6], que ahora es cardenal, y con otros dos cardenales: Giovanni Morone, hombre eruditísimo, y Pier

Donato Cesi[7]. Mi posición actual depende de estos tres mecenas, a los que se

suma un cuarto: Cristoforo Madruzzo[8], cardenal de Trento, del más ilustre linaje principesco y que no le va a la zaga a nadie en favores hacia mí y en liberalidad con todos.

Tras ellos, y volviendo a los amigos de mi rango, el trato con Panezio Benevento, de Arezzo, persona extraordinaria, me pareció siempre más valioso que el oro y brilló seguro en su hondo valor.

De esta época son mis relaciones con Taddeo Massa, venerable obispo romano, de singular discreción y honradez, y de algo antes las que tuve con Giovanni Mahona, secretario del gobernador de la provincia Don Ferrante Gonzaga, general también del ejército imperial. Debo recordar asimismo mi

relación con Cario Borromeo[9] y con el veneciano Marco Antonio da

Mula[10], cardenales de extraordinaria virtud, y con tantos otros, que sería largo de contar. Como que cuando, gracias a las gestiones y a las influencias de Borromeo y Alciato, vine a Bolonia a enseñar medicina, me hice amigo de todo el Senado. Y es que los notables de allí son sobremanera serviciales, comprensivos y prudentes a más de generosos.

Entre los médicos fueron mis amigos dos de conducta intachable y de ciencia no mediana, ambos de Módena: Camillo Montagnana y Aurelio Stagno. Al milanés Melchior di Valle y al bresciano Tommaso Iseo los traté con especial afecto, a pesar de que ello me acarreó grandes enemistades.

De los purpurados ingleses recuerdo a John Cheke [11], preceptor en su

tierna infancia del rey Eduardo VI[12]; conocí a Claude Lavalle, embajador del rey de Francia en Inglaterra y príncipe de Bois-Dauphin.

Entre mis paisanos debo no poco a las peregrinas cualidades de Ludovico Taverna, gobernador de la ciudad y hombre muy sabio.

Entre los profesores fui amigo del filósofo milanés Francesco

Vimercati[13] y admiré a Andrea Vesalio, príncipe de los anatomistas.

En mi niñez cultivé la amistad de dos amigos de mi padre: Agostino Lavizzari, de Como y oficial encargado de las requisitorias del Senado, y Galeazzo de Rossi, el herrero del que hemos hablado tanto. También he hablado en otra parte de Francesco Bonafede, médico de Padua.

Paso por alto los nombres de muchos sabios amigos míos, porque, gracias a su propia sabiduría, no necesitan que los mencione para que los conozca el mundo. Pero para que tengáis pruebas palpables de ese agradecimiento que en mí proclamo, no voy a olvidar ahora a unas personas a cuyos nombres podría yo dar eterna fama, dentro de lo que cabe, con el presente testimonio. Conque

añadiré los nombres de Guillaume du Choul[14], gobernador del Delfinado, hombre erudito, y el de Bonifacio Rodigino, jurista y astrólogo eminente, así como el de Giórgio Porro, del cantón de los grisones y el de Lúea Giustiniani,

de Génova, el de Gabriele Aratore[15], de Caravaggio, matemático insigne. Trabé especial amistad con Gian Pietro Albuzzi, médico y profesor milanés,

con Marco Antonio Majoraggio[16] y con Mario Gessi, de Bolonia; asimismo con Lorenzo Zehener, de Carintia, médico. Fueron notables la lealtad, la servicialidad en todo y el favor que me otorgó Adriano el Belga.

La protección que me brindó el príncipe de Matelica fue suceso peregrino y demasiado grande para parecer el fruto de un designio humano; paso sin nombrar las raras cualidades de su persona, dignas de un rey, su maestría en todas las actividades y ciencias, la amenidad de su ingenio, su bondad. ¿A qué mencionar las añadiduras que a todo esto hizo la Fortuna: el esplendor de su padre, su discreción sobrehumana y su disposición de ánimo a la vez generosa y leal? ¿Qué había en mí que lo movió a mostrarse tan condescendiente? No favores que devolver, no esperanzas que pudiera abrigar de mi persona: un viejo maltratado por la suerte, abatido, ni siquiera simpático. Si algo había quizás, era la presunción de honradez. ¿Qué consideraréis a personajes como estos: hombres o dioses? Ellos que dedicaron a la pasión por la ciencia, a la sencillez de costumbres, a corazones agradecidos y fieles, a las fatigas de una labor ininterrumpida, a proyectos y empresas gloriosas tanto cuanto otros cualesquiera suelen invertir en influencias, ambiciones, favoritismos, rutina y adulación.