Mi vida

Gerolamo Cardano · Capítulo 37 de 63

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Mi vida

Capítulo XXXI FELICIDAD

Capítulo XXXI

FELICIDAD

 

Aunque la palabra ‘felicidad’ anda reñida con nuestra condición de hombres, sin embargo, por estar más cerca de la verdad decir que podemos, al menos en parte, ser dichosos, diré que también a mi modo lo he sido.

En primer lugar, por un signo evidente, ya que, como al que más, todo me aconteció en el preciso instante: que si muchos proyectos e iniciativas hubiesen comenzado un poco antes o un poco después o hubiesen demorado su cumplimiento, habrían dado al traste con todo.

En segundo lugar, cabe poner en parangón una época de nuestra vida con toda ella; por ejemplo, la época de mi vida que pasó en la aldea de Sacco. Aunque entre los gigantes uno ha de ser por fuerza el más pequeño y entre los pigmeos uno ha de ser el mayor, no es verdad exacta que el gigante ese sea pequeño o el pigmeo grande. De igual manera, si bien es cierto que mientras residí en Sacco fui dichoso, no se sigue que lo fuera de modo absoluto. Porque es que allí jugaba, me dedicaba a la música, daba paseos, banqueteaba, estudiaba (aunque poco), no había tristezas, no había temores, era bien visto, respetado, me juntaba con la nobleza veneciana, estaba yo en la flor de la vida. Nada hubo más agradable que aquella época, que duró cinco años y medio: desde septiembre de 1526 a febrero de 1532. Charlaba con el alcalde, el ayuntamiento era mi reino y mi tribuna. Prueba de lo que vengo diciendo es que esta época pasó veloz y, entre sentimientos de agrado, sus recuerdos son tan fugaces, que a ella sólo me llevan ya mis sueños.

En tercer lugar está lo más importante de todo: que así como corresponde a la fehcidad el ser lo que puedes cuando no puedes ser lo que quieres, igualmente corresponde a la felicidad plena el escoger lo mejor de todo aquello que deseas. Es conveniente, pues, que sepamos qué es lo que tenemos a disposición y que entonces elijamos una cosa de entre las mejores y de más valor, o tal vez dos o tres de ellas, y a ésa o ésas quererlas y ambicionarlas apasionadamente, de modo que —ésas y las otras— las logres sin inquietudes. En fin, sólo queda que las poseamos del modo mejor, pues una cosa es poseer, otra que lo que se posea sea lo mejor y otra que se posea del modo mejor, esto es, a la perfección.

No ignoro que habrá quienes desdeñen estas razones como un puro galimatías, pero cualquiera que repare en la vanidad de las cosas humanas, cualquiera que recuerde su pasado, podrá comprender fácilmente que son muy verdaderas, más de lo que quisiéramos. Y si a pesar de todo no estás de acuerdo con ellas, ya el tiempo se encargará de ponerlas en claro y te enseñará que es así.

Veamos a modo de ejemplos los casos de Augusto, Escauro, Séneca y Acilio.

Augusto fue desde luego un personaje muy favorecido de la Fortuna y, a juicio de los hombres, feliz. ¿Qué queda ahora de él? Ni su linaje, ni sus escritos, todo acabó. Si quedara algo de sus restos, ¿quién aceptaría —no digo ‘desearía’— tenerlos a su lado? ¿Quién se ofendería con el que faltara a su memoria? Y aun en ese caso, ¿a él qué le importa ya? Mientras vivió, fue feliz. Pero ¿en qué aventajó su felicidad a la de sus contemporáneos si no es en preocupaciones, enfados, desvarios, terrores, matanzas? Su casa estuvo llena de sobresaltos, su corte llena de desórdenes, su intimidad llena de intrigas. Salvo cuando dormía,, era desgraciado. Si dormía era porque su sueño era mejor que su vida en vela, pues es mala la vida en vela cuando se está mejor dormido, siendo sin embargo el sueño algo indiferente.

Escauro[1], de tantos tesoros, espectáculos y derroches de los que ni la sombra queda, ¿qué saco? Epoca de agitación, angustia, desvelos y fatigas para los escritores; de espectáculos, fasto y placer para los otros.

¿Qué felicidad podía haber en Acilio [2] cuando sus riquezas se evaporaron, cuando el dolor suplantó al placer y la necesidad a la abundancia? No me costará trabajo demostrar que Acilio fue desgraciado, pues no hay prueba mayor de infelicidad que el haber llevado antaño una vida agradable y próspera y llevarla ahora desdichada.

Y de Séneca ¿qué queda ahora sino mala fama? Un alma no puede ser feliz viviendo con una piara de niños bonitos, con mesas de cedro y marfil, aplastando a Italia con la usura, dueña de tantos jardines, que llegaron a

hacerse proverbiales[3]. Luego que se vio obligado, por miedo a que Nerón lo envenenara, a vivir únicamente de pan, fruta y agua de manantial, dio en enseñar que nadie, con tal de que se lo proponga, le ha de faltar sustento bastante para ser dichoso, pues le bastaban tan pocas cosas al más refinado de los validos. Y es que aquello de lo que se privaba concernía al placer, no al propio sustento.

Pero ¿qué corrobora mejor nuestros asertos que aquella estúpida

arrogancia de Sila al darse por decreto el título de ‘feliz’[4] después de dar muerte a Mario el Joven? Y era entonces cuando sobre todo era desgraciado: viejo, infamado por sus matanzas y proscripciones, con un sinnúmero de enemigos, retirado de su cargo. Si aun así cabe ser dichoso, merezco yo con mucha más razón semejante título.

Vivamos, pues, aunque sepamos que no hay felicidad en estas cosas humanas cuya sustancia es inconsistente, floja y vacía. Y si hay algún bien con el que engalanar la escena del teatro del mundo, no nos está vedado su disfrute. Son estos bienes el reposo, la tranquilidad, la modestia, la templanza, el orden, la variedad, la risa, los espectáculos, el trato con los demás, la contención, el sueño, la comida, la bebida, la equitación, la navegación, los paseos, el conocimiento de novedades, la meditación, la contemplación, la crianza de los hijos, el cariño de la familia, el matrimonio, los banquetes, la memoria bien ordenada de nuestro pasado, la limpieza, el agua, el fuego, las audiciones musicales, el recreo de la mirada, charlas, cuentos, historias, la libertad, el dominio de sí, los pajarillos, perrillos, gatos, el consuelo de la muerte, el paso del tiempo que corre igual para desgraciados y dichosos, sea tiempo de infortunio o tiempo de venturas; también la esperanza de sucesos imprevistos, la práctica de alguna habilidad que dominamos bien, la mudanza que se da en varias cosas a la vez, la vastedad del mundo. ¿Qué cosa mala hay, pues, en tan gran concurrencia de materias útiles y provechosas, cargadas todas de posibilidades? Por tanto, no vivimos una vida desdichada y, si nuestra condición de hombres no estuviera reñida con ello, me atrevía a proclamar que nuestra ventura es grande. Pero sería tarea mezquina y vana mentir para ilusionar a los otros.

Si me diesen oportunidad de escoger sitio, me iría a vivir a Aquila o Porto Venere, que son parajes muy gratos; fuera de Italia escogería el promontorio Erice en Sicilia, la ciudad de Dieppe a orillas del río Arques o el valle de Tempe en Tesalia, pues mi edad no soporta ya las regiones de Cirene o el monte Sión en Judea o un viaje hasta la isla de Ceilán en la India. Y es que las tierras cobijan hombres dichosos, no los hacen.