Mi vida
Capítulo XX VESTIMENTA
Capítulo XX
VESTIMENTA
No tengo sobre mi persona una opinión muy diferente de la de Horacio sobre Tigelio, y hasta diría que Horacio estaba hablando de mí y no del otro:
nil aequale homini fuit illi: saepe velut qui
currebat, fugiens hostem; persaepe velut qui
Iunonis sacra ferret; habebat saepe ducentos,
saepe decem servos; modo reges atque terrarchas,
omnia magna loquens, modo sit mensa tripes et
concha salis puri et toga quae defendere frigus
quamvis crassa queat[1].
Si es que me preguntas la razón o las razones, aquí están: en primer lugar, lo variable de mis pensamientos y de mi carácter; luego, la preocupación por mi salud y el haber cambiado tantas veces de ciudad y casa, circunstancia que me ha obligado a mudar también de ropa, pues ni me interesaba malvenderla ni guardarla para nada: la necesidad impuso su ley. Hay otra razón de no inferior peso y no menos decisiva: a causa de mis estudios me despreocupo de la servidumbre y a su vez la servidumbre descuida mis ropas, las cuales, siendo muchas en un principio, con el tiempo se han ido reduciendo a pocas. Por eso estoy bien lejos de despreciar la opinión de Galeno que enseña que debe el hombre contentarse con cuatro trajes e incluso con sólo dos si no se tiene en cuenta la ropa interior. Por tanto, dado que esas prendas pueden y deben cambiarse según la finalidad y conveniencia de cada ocasión, creo que basta con cuatro: una gruesa y otra muy gruesa, una ligera y otra muy ligera. Usándolas de dos en dos resultan catorce combinaciones y sólo se estropea la que se pone encima.