Mi vida

Gerolamo Cardano · Capítulo 59 de 63

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Mi vida

Capítulo LIII MI TRATO CON LOS HOMBRES

Capítulo LIII

MI TRATO CON LOS HOMBRES

 

Entiendo que, por causas diversas y sobre todo ahora en mi vejez, soy poco apto para el trato con los hombres. Ante todo porque me gusta la soledad y nunca estoy más cerca de quienes más quiero que cuando estoy solo. Y son los que más quiero Dios y mi espíritu bueno, a los que en mi soledad contemplo.

El uno es Dios, el inmenso bien, la sabiduría eterna, el principio y autor de la luz pura, nuestro gozo verdadero, aquel de quien no cabe pensar nos abandone, el fundamento de la verdad, el amor voluntario, el hacedor de todo, el que es feliz en sí mismo, amparo y deseo de todos los bienaventurados, justicia altísima y profundísima, protector de los muertos que a los vivos nunca olvida.

El otro es el espíritu que por mandato divino me defiende: compasivo, buen consejero, mi auxilio y mi consuelo en las adversidades. Porque ¿qué hombre puedes poner ante mis ojos, sea cual sea su condición, que no transporte siempre consigo su fardo de la mierda y su botella de la orina que por sus mismas venas corre? Los más, aunque se las den de lindos, tienen las tripas atiborradas de lombrices; muchos de esos que a todos gustan (y muchas, para equilibrar el otro plato de la balanza) están infectados de piojos; a unos les hieden los sobacos, a otros los pies, a la mayoría la boca. Cuando reparo en estas cosas, ¿a qué mortal (si atiendo a su cuerpo) puedo guardarle afecto? ¡Bah! Un cachorro de perro o un chivito resulta más limpio y aseado. Si atiendo al alma, ¿cuál de los seres animados es más traidor, perverso y mentiroso que el hombre? «Pero yo prescindo de las facultades sujetas a las pasiones y me propongo amar el entendimiento». De acuerdo, pero ¿qué entendimiento hay más puro que el divino o más elevado o más certero a la hora de enseñarte la verdad? Están de libros llenas las bibliotecas, las almas desnudas de ciencia. Copian, no escriben. No son ingenios lo que nos falta sino otra cosa. ¿Qué me cabe esperar, pues, de mi trato con los hombres? ¡Charlatanes, avaros, mentirosos, intrigantes! Señaladme con el dedo a uno solo que, en una época tan rica en recursos como la nuestra y teniendo a mano un instrumento tan útil como la imprenta, haya escrito ni la centésima parte de las invenciones de Teofrasto y cambiaré de opinión. Todo al contrario, con sus pamplinas —que si aquí dice oὐ o dice ὄν— empañan los valiosos y estupendos hallazgos del griego. Esas cuestiones no tienen nada que ver con la realidad: los descubrimientos se deben a la calma y al sosiego y a la reflexión continuada, unida a la experiencia, cosas todas que acompañan a la soledad, no al trato con los hombres, tal como leemos en Arquímedes. Por lo que a mí concierne, de mis cerca de sesenta inventos, ni veinte debo a relaciones o alianzas con otros. No querría que me cogieran en una mentira si a lo mejor son algunos menos: confieso que en matemáticas algunas novedades, aunque muy poquitas, llegaron a mis oídos a través de fray

Niccolò[1]. Ahora bien, ¿cuántas hay que restarme por ello? La enorme multitud de mis invenciones se debe a otras causas, como a la virtud hasta ahora oculta de la iluminación o a otra más poderosa. ¿Qué, pues, tengo yo que ver con los hombres? Otro razonamiento: los ricos no se rebajan a mi trato y el trato con los pobres bien poca falta me hace: si los halago, no voy a remediar sus males; si los provoco, lo tomarán a mal. Y luego está que los viejos somos pesados, amargos, quejumbrosos, resentidos: ¿para qué voy a arrimarme a ellos? Además me queda ya poco tiempo: «Los días de nuestra

vida son setenta años y ochenta en los más robustos»[2]. Conque poco me queda para frivolidades. Entonces ¿qué porción de mi tiempo les cederé a los otros? ¿La que dedico a la contemplación?: sería injusto e impío por mi parte. ¿La que dedico a escribir?: sería estúpido, ya que supondría tener que volver a tareas de las que por suerte he podido zafarme. ¿La de mis ocios?: sería suicida con sólo que les concediera el tiempo de mis ejercicios, el de mi sueño o el de la administración de la casa. Después vendría la cuestión: ¿A quiénes? ¿A los amigos?: para nada, porque ellos querrán mi ayuda, no mi charla. ¿A los enemigos?: ¿para qué? ¿A los sabios?: pero estos quizá piensen que saben más que yo y, si de verdad son sabios, se producirá una pugna en torno al rango; si me propusiera aprender de ellos, ¿de qué me serviría?; si quisiera enseñarles, sería un descaro y el difundir los conocimientos propios para no ganar sino odios sería un derroche. Y además, ¿habré de repartir mi tiempo con uno solo o con muchos a la vez? Si con muchos, ¿cuál es el límite? Si con uno, ¿acaso te crees que ése es Dios?; provocarás la envidia de los otros y, de nuevo, te verás forzado a engolfarte en un mar tempestuoso: muchos a la vez estarán hablando y riéndose de ti a tus espaldas. Te expones a numerosos percances sin ninguna compensación, pues las dos cosas que aquí más valen, la donosura en el hablar y la simpatía en el trato, están del todo reñidas con la condición natural de los ancianos. De todo esto que vengo diciendo no pongo

a otro por testigo que al mismo Aristóteles[3].

Así pues, siempre he sido de trato difícil y esa fue una de las causas de que no tuviera por costumbre asistir a banquetes. Y no es que rechace o desprecie a la gente de bien y honrada, no digo ya a los afligidos, a los que me han hecho favores o a los sabios. Se me objetará: «El hombre es un animal sociable, ¿qué será de ti cuando por tu proceder te sientas como quien abjura del Reino del Mundo y de la amistad? ¿Qué harás? Tú presumes de tener amigos poderosos: ¿es eso jactancia vana o realmente te sirve de algo? Tienen ellos quienes les deleiten en sus banquetes con chistes y juegos: ¿qué tendría que pasar para que dejen a sus bufones y te acojan a ti? ¿De qué te valdrán tus estudios si no gozan de cierto renombre entre la gente?

Scire tuum nihil est, nisi te scire hoc sciat alter[4].

En fin, si alguna vez te falta lo necesario para tu sustento, sufrirás muchas incomodidades». Sé que se me puede hacer objeciones así, pero no se me oculta que muchas cosas que parecen duras y absurdas, una vez examinadas, no lo son; y al contrario, cosas aparentemente agradables y provechosas resultan a la larga absurdas y duras. Y por este camino tengo a mi disposición la mayoría de las veces cuanto a mis necesidades basta, merced a aquellos que he dicho que admito a trato y que me bastan y me son de más provecho que la masa del vulgo y me inspiran confianza.