Mi vida

Gerolamo Cardano · Capítulo 55 de 63

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Mi vida

Capítulo XLIX MI OPINIÓN SOBRE LAS COSAS DE ESTE MUNDO

Capítulo XLIX

MI OPINIÓN SOBRE LAS COSAS DE ESTE MUNDO

 

Dos son las causas principales de la infelicidad humana. La primera que, a pesar de que todo es vano e inconsistente, el hombre busca algo que sea pleno y sólido y cada cual cree que está falto de ese algo —el enfermo de la salud, el pobre de las riquezas, el que no tiene hijos de los hijos, el antipático de amigos— y en tanto que busca y no halla, se atormenta; aunque mucho más se atormentaría si hallara, pues entonces se desengañaría y se pondría a buscar otra cosa, de modo que siempre le falta algo. Por ejemplo, Augusto se lamentaba de no tener amigos y de que los de su familia fueran unos desvergonzados. Quienes así proceden se engañan a sí mismos.

La segunda causa se da en quienes creen saber lo que no saben. También estos se engañan a sí mismos y engañan a los demás. Otros fingen saber e igualmente engañan.

A los inconvenientes estos hay que añadir otros factores fortuitos. El primero es que si vives en un país y en una época en los que el Estado naufraga entre leyes dañosas, pretender oponerte a ellas resulta muy difícil y está lleno de sinsabores, cuando no supone mera estupidez; intentar burlarlas viene a ser lo mismo, además de arriesgado, pues tus fincas y dineros están sujetos a represalias por parte de los poderes públicos.

El segundo factor lo constituyen las fluctuaciones a que está sujeta nuestra existencia. Así, pongamos por caso, muchos van muriéndose entre el trabajo propio y las ganancias ajenas. Estas dificultades, que a todos se nos presentan, son mayores para los ancianos y para los poco avisados y son imposibles de superar para los inexpertos y desprevenidos; empeoran con la estupidez del prójimo, que, por ignorar los fines, se vuelve malicioso y dañino. De ahí que algunos se agrupen en gremios con otros.

Lo primero que hay que tener ante los ojos es a Dios y a la muerte: a El como a quien nunca nos defrauda, a ella como a la última de nuestras desventuras, la que nos obliga a despreciarlo todo, la segura, la que pondrá fin a nuestros males.

Lo segundo a tener en cuenta es que busques muchos apoyos para que, si falla uno de ellos, no te derrumbes ni te hagas esclavo de los tuyos.

Lo tercero, que no juzgues las cosas por su cantidad sino por su calidad; y, así, pequeñas cosas que son los comienzos de otras grandes han de ser preferidas a cosas aparentemente grandes pero inferiores en sí mismas.

Cuando necesites muchas cosas y no te sea posible tenerlas todas a pedir de boca, por ninguna debes afanarte en demasía sino hasta la raya de tus necesidades y tu sosiego.

Por tanto, no todos los bienes se miden por el mismo rasero sino según un más y un menos. Por ejemplo, nos afanamos por la honra en cuanto que nos hace autosuficientes, por las riquezas en cuanto nos permite ayudar a otros.

En sexto lugar, la educación puede mucho en los hijos; pero, si ninguno de sus recursos vale y los hijos son malos de condición o necios o tercos a fuer de consentidos o, ya mayores, siguen siendo perezosos o te queda uno solo y tú eres viejo, es el colmo de la desgracia, y más todavía si añades pobreza, pleitos, pérdida del patrimonio o tiempos difíciles. Todas esas calamidades, excepto la última, se me han venido a mí encima. En tal situación, digo yo, cabe recurrir a ciertos apoyos fuera de los mencionados: pensar, por ejemplo, que si no tuvieras nada aún tendrías menos, o apresurarte a buscar un báculo para tu vejez, una nuera o un pariente político. En esto último conviene andar con tiento: ya podrás luego, después de tantas estupideces, dedicarte por entero a tus tareas como quien nace de nuevo.

Para concluir en pocas palabras, ya que en esta vida todo es mezquino e inconsistente, cualquier cosa, incluso la que se inscribe dentro de acciones todavía no realizadas, viene a depender de instantes del todo fugaces.

Entre otros muchos casos de mi vida con los que yo podría corroborar esto último que he dicho destaco tan sólo el que sigue. El día, si no me falla la memoria, 17 de octubre de 1562 me encontraba en Milán y me disponía a viajar a Bolonia. Seis días antes, de una correa con la que yo sujetaba la escarcela a la coraza se había desprendido un remache de bronce. Tanta menos importancia di al incidente cuanto más me abrumaban mis negocios, y además tenía a mi disposición seis manojos de correas, que quería llevar a Bolonia, comprados el día anterior a la caída del remache. En el punto y hora de la partida, en el preciso instante en que subía al carruaje, como les pasa a muchos, me entraron ganas de orinar. Lo hago y, cuando me dispongo a abrochar la correa, no puedo abrocharla. Fastidiado por el contratiempo, voy a unas tiendas que había allí cerca de mi casa —tres por lo menos había, si no me equivoco—, pero no encuentro correas en ninguna. Sin saber qué hacer me acuerdo de los manojos. Pido la llave a mi yerno, me la da, abro un cofre que por tener un mecanismo de cerrajería alemán era muy difícil de abrir, veo allí los manojos y he aquí que de paso doy con el montón de mis manuscritos, todos los libros que yo tenía redactados y que estaban puestos allí para llevármelos conmigo cuando me fuera:

obstupui steteruntque comae et vox faucibus haesit[1].

Los cogí, me los llevé y empecé mis clases. A principios de diciembre me llegó una carta comunicándome que una noche habían roto el cofre y se habían llevado todo lo que tenía dentro. Si no es por el remache no hubiera podido empezar mis clases, hubiera perdido la cátedra, me hubiera visto obligado a pedir limosna, hubieran perecido todos esos documentos para la posteridad, me hubiera muerto de pena al poco tiempo. ¡Y dependió de un instante! ¡Oh humana condición, oh miseria!

Para ser capaz de discernir los caracteres de los hombres, su gusto por las ciencias y su grado de cultura, hace falta tener en cuenta su naturaleza, sus leyes y costumbres. Los incultos, en efecto, son simples y obstinados, de ahí que caigan en los extremos: caso de ser malos, son los peores, pues ni se avienen a razones ni se dejan llevar de buenos consejos. Son rijosos hasta lo indecible, tragones hasta la torpeza, sañudos en sus arrebatos de ira, sobre todo los pobres y los ricos, aquellos por sus ansias y estos por sus ambiciones. Los que además de ignorantes son inútiles resultan rencorosos e igualmente malévolos y avaros. Los que viven bajo gobiernos tiránicos son valientes para esquilmar al prójimo, cobardes para defender lo suyo: donde reina la codicia, allí no hay ni afecto ni lealtad ni compasión. La osadía unida a la cólera hace a los hombres crueles; la pereza, sobre todo cuando se junta con la gula y la sensualidad, los hace ruines. La necesidad y el hábito hacen al trabajador, la falta de recursos al ingenioso. Si mediante leyes se les aparta de la ciencia, pero se honran las obras y hay lugar para la ambición, como ocurre en los gobiernos aristocráticos, con la inventiva de la técnica y las obras ingenieriles, especialmente si es un país de recursos variados, levantan cabeza. En una democracia, o allí donde se busca el enriquecimiento propio, no se atiende a la honra ni de un modo ni de otro.

He apuntado un ejemplo de cómo son las cosas de este mundo y añadiré ahora otro entre los mil que ocurren. Te reirás, pero ¡depende de tan poco la vida y la muerte! Me ha sucedido hoy mismo, 28 de abril de 1576. Iba a la plaza y se me ocurrió hacer una visita a un joyero que vive en una calle estrecha. Le dije, pues, a mi cochero, un zoquete, que siguiera con el coche y

me esperara en la plaza de los Altoviti[2]. Me dice que sí pero entiende otro sitio y allá que se va. A mi regreso del joyero no lo encuentro. Supuse que se había ido a la plaza del Castillo de Santangelo y me encaminé hacia allí. Iba con demasiada ropa, ya que antes había venido en coche. En mi camino tropiezo con Vincenzo, un músico de Bolonia amigo mío, que se percata de que estoy sin coche. Llego a la plaza pero sigo sin encontrar al cochero. En este momento me entró una gran preocupación, pues tenía que regresar por el puente y estaba destrozado de cansancio, de hambre y de calor. Podía conseguir un coche del alcaide del castillo, aunque también esto suponía un gran riesgo. Me encomiendo a Dios pensando que me hacía falta tino y paciencia. Emprendo el regreso pero con la intención de no cansarme demasiado ni tampoco quedarme quieto. Sin embargo, pasado el puente, me dirijo a los Altoviti so pretexto de preguntar por un cambio de moneda napolitana que quería saber, y allí me quedo sentado. Me informan al punto: «Por allí va el alcaide». Salgo precipitadamente y veo en la plaza al cochero: el amigo con el que topé le había dado aviso. Subo al coche en la duda de si marcharme o no, ya que estaba en ayunas. Encuentro en mi bolsa unas cuantas uvas pasas y de ese modo pude resolver todos mis asuntos sin riesgo y hasta con gusto. Observa cuántos momentos críticos: mi encuentro con Vincenzo, el de este y el cochero, mi decisión de ir a casa del banquero, el estar éste desocupado, el paso del alcaide que provocó mi salida del banco, mi encuentro con el cochero y el tener a manos las pasas aquellas de Creta. Siete casualidades en total, ¡y hubiese bastado que una sola se adelantara o retrasara lo que se tarda en decir un amén para verme perdido o en una situación harto embarazosa!

No digo que a otros no les ocurran de vez en cuando cosas parecidas, pero no estarán tan sujetas al instante fugaz ni tan llenas de peligros y envueltas en dificultades enormes, o bien ellos no se dan cuenta de que les ocurren.