Mi vida
Capítulo XXXVII ALGUNAS CUALIDADES MARAVILLOSAS ENTRE LAS QUE SE CUENTAN MIS SUEÑOS
Capítulo XXXVII
ALGUNAS CUALIDADES MARAVILLOSAS ENTRE LAS QUE SE CUENTAN MIS SUEÑOS
El primer indicio de tener yo una naturaleza, por así decirlo, anómala fue ya mi nacimiento con cabellos largos, negros y rizados; no fue realmente algo prodigioso pero sí extraño, sobre todo si se piensa que vine al mundo sin vida.
El segundo se reveló a los cuatro años de edad y duró alrededor de tres. Por orden de mis padres me quedaba descansando en la cama hasta pasadas tres horas después de salir el sol. Como ya antes estaba despierto, todo ese tiempo lo empleaba en un divertido espectáculo que jamás me defraudó. Veía diversas figuras de cuerpos hechos como de aire (parecían, en efecto, estar construidos por pequeños anillos semejantes a los de una cota de mallas, si bien por entonces yo no había visto ninguna). Subían lentamente desde la parte inferior derecha de la cama y, trazando un semicírculo, descendían hasta la parte izquierda y ya no volvían a aparecer: castillos, casas, animales, caballos con sus jinetes, plantas, árboles, instrumentos musicales, escenarios, hombres en diversas posturas y con trajes variopintos (sobre todo trompeteros haciendo sonar sus trompetas, —aunque no se oía voz ni sonido alguno); también soldados, multitudes, campos, formas de cuerpos que jamás he vuelto a ver, sotos y bosques y otras figuras que no recuerdo. En ocasiones irrumpía de una sola vez un montón de cosas aunque sin producirse confusión entre los diversos objetos sino tan sólo un aceleramiento. Las figuras ni eran tan transparentes que se pudiera decir que no estaban allí ni tan densas que el ojo no pudiera atravesarlas. Más bien era que los círculos opacos comprendían espacios completamente traslúcidos. Disfrutaba yo no poco y contemplaba abstraído aquellas maravillas, por lo que mi tía materna en cierta ocasión me preguntó si estaba viendo algo. Yo, a pesar de ser tan niño, reflexioné: «Si le confieso la verdad, se enfadará, sea cual sea la razón de este desfile de maravillas, y me aguará la fiesta». En aquel momento andaban por allí flores diversas, cuadrúpedos y pájaros de toda clase, aunque a todos, por muy bien representados que estuvieran, les faltaba el color, siendo como eran de aire. En consecuencia yo, que ni de joven ni de viejo he tenido la costumbre de decir mentiras, me quedé pensando un rato antes de contestarle. Ella entonces se me adelantó y me dijo: «¿Qué es lo que miras tan fijamente?». No recuerdo lo que le respondí, más bien creo que no le respondí nada.
El tercer indicio vino —ya lo he contado— después de aquel: no entraba en calor de las rodillas para abajo sino cerca ya del amanecer.
El cuarto fue que, inmediatamente después del sueño, me veía por entero inundado de un sudor cálido y abundante.
El quinto consistió en soñar muy a menudo con un gallo. Yo sentía miedo no se echara a hablar con voz de hombre y al poco rato ocurría eso. Eran sus palabras casi siempre palabras amenazadoras y, sin embargo, no recuerdo qué fue lo que oí ni en una sola de las muchísimas veces que vi el gallo. Era por lo demás un gallo de plumaje rojo y de cresta y sotabarba igualmente rojas. Probablemente lo he visto más de cien veces.
Tiempo después y una vez entrado ya en la pubertad, dejé de tener estas visiones y surgieron dos fenómenos prodigiosos que hasta el presente día he seguido percibiendo sin interrupción casi.
Cuando compuse mis [1] Problemata y los publiqué para mis amigos, el primero de tales fenómenos dejó de presentarse algunas veces: concretamente, el ver la Luna —y verla realmente enfrente de mí— siempre que miraba al cielo; la explicación puede hallarse en ese mismo libro.
El otro fenómeno milagroso es que, por haber advertido casualmente que cuando participaba en una riña no había sangre ni nadie salía herido, di en meterme a sabiendas en peleas y altercados: ni siquiera en tal caso recibía nadie herida alguna. E incluso si yo acompañaba a cazadores, ningún bicho recibía herida ni de dardo ni de diente de perro. He hecho la comprobación en compañía de otros aunque pocas veces; sin embargo, jamás me falló esta particularidad mía, hasta tal punto que, cierto día que acompañaba yo al marqués del Vasto en camino a Vigevano, los perros alcanzaron una liebre que, arrancada de sus fauces, resultó hallarse intacta, lo que asombró no poco a los cazadores. Sólo en las sangrías y en las ejecuciones públicas no me vale nada esta —por llamarle de algún modo— peculiaridad mía. En cierta ocasión, encontrándome en el cancel de la catedral de Milán al tiempo que unos enemigos suyos tumbaban a cierto individuo y le propinaban diversos golpes, intervine en la pelea. Uno golpeó al caído, que daba gritos, y al punto se fue con los otros que huían. No sé, sin embargo, a ciencia cierta si este último golpe le dejó herida abierta en el cuerpo.
El octavo rasgo prodigioso es el haber salido a flote en todos aquellos trances en que parecía no tener quien me ayudara. Y aunque ello sea cosa natural, el modo, sin embargo, —con tanta asiduidad y sin excepción— hace que no pueda ni decirse ni considerarse natural. Por más natural que sea eso de ver en sueños un gallo como el que yo veía, el verlo tantas veces y siempre del mismo modo puede evidentemente considerarse con razón prodigioso. Es como echar suertes en un asunto grave con dados legítimos y sacar tres puntos: es natural, y se lo seguiría considerando así incluso si saliera lo mismo en la segunda tirada. Pero si se saca un tres a la tercera y a la cuarta, ya cabe que una persona razonable lo tenga por sospechoso. Igualmente ocurre con cualquier acontecimiento: si cuando ya no hay esperanza ninguna brilla de repente la solución, debe considerarse que es obra segura de Dios.
Voy a contar al respecto dos casos bastante claros. Corría el verano del año de gracia de 1542. Tenía yo por costumbre entonces acudir diariamente a casa de Antonio Vimercati, noble milanés, y gastar la jornada entera jugando al ajedrez. Jugábamos a un real y a veces a tres o cuatro la partida. Como yo solía ganar, sacaba alrededor de un escudo diario, veces más, veces menos. Y es que a mi contrincante le gustaba gastar el dinero de aquella forma, a mí en cambio las dos cosas, ganar y jugar. Pero el juego me había envilecido tanto, que en dos años enteros y algunos meses más no eché cuentas ni del ejercicio de mi profesión ni de mis ganancias —que, salvo las que acabo de decir, se habían evaporado por entero— ni de mi reputación ni de mis estudios. Cierto día, hacia fines de agosto, mi contrincante, bien porque le pesaba ya aquel desperdicio continuo de dinero, bien por pensar que para mí era asimismo conveniente, se hizo el firme propósito de dejar aquello sin que razón, ley o conjuro alguno pudiera hacerle desistir de su idea. Llegó al extremo de hacerme jurar que nunca en lo sucesivo entraría en su casa con intención de jugar. Se lo juré por todos los santos del cielo: ese día fue el último y desde entonces me dediqué del todo a mis estudios.
He aquí, pues, que a comienzos de octubre[2], el Senado, por estar clausurada la universidad de Pavía a causa de las guerras y haberse trasladado todos los profesores a Pisa, me ofreció una cátedra en mi ciudad; la cosa me cayó sin esperarla, así que la acepté con los brazos abiertos. Además, no tenía que alejarme de Milán: de otro modo, teniendo que salir de mi tierra o que enfrentarme a un opositor, no la hubiera aceptado, ya que nunca había dado clases (excepto de matemáticas y en días festivos tan sólo) y por otro lado perdería las ganancias diarias que en Milán sacaba, sufriría las incomodidades
del traslado de mi gente y mi ajuar, y pondría en entredicho mi reputación[3]. Por tales razones, tampoco el siguiente año deseaba ausentarme de Milán. La noche antes de la fecha en que el Senado tenía que mandar a uno para que me preguntara cuál era mi decisión última —¿quién iba a creerlo?— se derrumbó mi casa entera del tejado a los cimientos, quedando en pie únicamente la alcoba donde yo, mi mujer y mis hijos dormíamos. Tuve que resignarme, por tanto, a llevar a cabo algo que por mi cuenta jamás habría hecho y que no era posible hacer sin desdoro. Todos los que conocieron el caso se quedaron pasmados.
Voy a contar otro suceso (pues toda mi vida está llena de percances similares), aunque de otro tipo. Llevaba mucho tiempo padeciendo, como he contado ya, un falso empiema. Había leído en unas notas de mi padre que si uno, a las ocho de la mañana del día primero de abril, de rodillas y añadiendo un padrenuestro y el ángelus, le suplicaba a la Virgen Santa que intercediera ante su hijo por algo lícito, obtendría lo que pidiera. Esperé, pues, el día y la hora, hice mi súplica y, no ese mismo día sino el día del Corpus de ese mismo año, me vi completamente libre de mi dolencia. Pero es que en otra ocasión, mucho después, acordándome de aquello, hice la súplica por la gota que padecía (precisamente de gota mi padre mencionaba dos casos de curación) y mejoré muchísimo; después llegué a curarme del todo, aunque a decir verdad me ayudé también de los recursos de la medicina.
Como prueba de estas propiedades maravillosas voy ahora a poner cuatro casos referentes a mi hijo el mayor. El primero ocurrido el día de su bautismo; el segundo el último día de su vida; el tercero a la hora misma en que se declaró culpable en el juicio que lo llevó a la muerte; el cuarto dio comienzo el día que lo prendieron y duró hasta el de su ejecución.
Nació mi hijo el 14 de mayo de 1534 y, por temor a que se muriera, lo hice bautizar el día 16, que cayó en domingo. Brillaba un sol espléndido que iluminaba el dormitorio y era entre las once y las doce del día. Estaban allí todos al lado de la parida según es costumbre, aunque no el asistente, un niño criado suyo. La ventana se había cubierto con un lienzo adosado a las paredes. Entra un abejorro enorme y se pone a volar alrededor del recién nacido. Todos los que allí estábamos temimos por él, pero no le hizo el menor daño y en un instante se lanzó contra el lienzo produciendo tal estrépito que se diría que golpeaba pellejo de tambor. Acudimos y no hallamos nada. No pudo salir, pues estábamos mirando y lo hubiéramos visto. Sospechamos entonces todos
lo que vino después, aunque no un final tan amargo[4].
El año que murió le regalé un traje nuevo de seda al estilo de los que gastan los médicos. Era también domingo y se dirigía hacia la Puerta Tosa. Vivía por allí un matarife y, como es habitual, unos cerdos estaban echados delante de la puerta. Se levantó uno de aquellos cerdos y empezó a metérsele entre las piernas, a ensuciarlo y a darle empellones de manera que tanto su criado como los carniceros y vecinos tuvieron que apartar el cerdo a bastonazos, que parecía cosa de milagro. Sólo cuando por fin se hartó y el joven ya se alejaba de allí, cejó el animal en su empeño. Mi hijo vino a verme preocupado (cosa poco corriente en él) y me contó todo para indagar de mí qué sería lo que barruntaba aquello. Le contesté que tuviese cuidado no fuera que, llevando vida de cerdo como llevaba, no acabara como un cerdo. Aunque a decir verdad, fuera de su afición al juego y a los placeres de la mesa, era un joven excelente y de conducta intachable.
En febrero del año siguiente, ya residiendo y ejerciendo yo de profesor en Pavía, estaba en cierta ocasión observándome las manos, cuando descubro en el arranque del dedo anular de la mano derecha la figura de una espada de color de sangre. Al pronto me quedé aterrorizado. Para qué más: aquella tarde llegó un recadero a pie con una carta de mi yerno avisándome que habían metido preso a mi hijo y que me fuera a Milán. Fui al día siguiente. La señal de mi mano, durante cincuenta y cinco días, se fue alargando y subiendo, hasta que, mira por dónde, el último día llegó hasta la punta del dedo y se tornó del color de la sangre fresca. Yo, sin sospechar lo que se me venía encima, aterrorizado y fuera de mí, no sabía qué hacer, qué decir, qué pensar. A media noche le cortaron la cabeza de un hachazo; por la mañana la señal casi se había borrado; al día siguiente y al otro se borró del todo.
Ya antes, a los veinte días más o menos del encarcelamiento de mi hijo, me encontraba en mi biblioteca, cuando siento la voz de alguien que está haciendo confesión de culpabilidad y las de otros que se compadecen de él, seguido todo de un silencio repentino; siento luego como si me abrieran el pecho, me desgarraran el corazón y me lo arrancaran. En un arrebato de locura, salto de mi asiento hacia el patio. Estaban allí algunos de los Pallavicini, que eran los que me habían alquilado la casa, y a gritos les dije (no se me escapa lo mucho que pude perjudicar con mis palabras a la causa de mi hijo caso de que él no hubiese confesado su culpa y, más todavía, caso de haber sido inocente):
«¡Ay, que es culpable de la muerte de su esposa y ahora acaba de confesar, y le condenarán a muerte y le cortarán la cabeza!».
Rápidamente me vestí y me fui al tribunal. Por la calle encuentro a mi yerno que apesadumbrado me dice:
«¿Adonde vas?».
Le contesto:
«Me temo que mi hijo es culpable y lo ha confesado todo».
Se presenta luego el informador que yo tenía comprometido y refirió todo
punto por punto[5].
Entre mis particularidades naturales está aquello de que mi carne huele un poco a azufre, incienso y otras cosas. Esto empezó a pasarme tan pronto como sané de aquella enfermedad tan grave que tuve alrededor de los treinta años. En efecto, por entonces mis brazos despedían al parecer un fuerte olor a azufre a la vez que se veían aquejados de picores. Ahora ya, desde que me hice viejo, este síntoma ha desaparecido.
Otra particularidad es que cuando estudiaba, libre de preocupaciones y ayudado de mis maestros, no lograba entender a Arquímedes ni a Tolomeo. Ya bien entrado en la vejez, después de treinta años tal vez que dejé aquellas lecturas, lleno de obligaciones y estorbado por mis penas, puedo seguir el hilo de uno y otro sin ayuda de nadie.
ENSUEÑOS [6]
¿Y no es igualmente asombroso el que mis sueños hayan resultado ser tan verídicos? No voy a referir ni una pequeña parte de ellos, ¿para qué? Reseñaré sólo los más evidentes y los que resolvieron asuntos de mayor envergadura.
Por ejemplo, hacia el año 1534[7], cuando aún no tenía decidido nada y todo iba por días de mal en peor, a la hora del alba, me vi en sueños corriendo hasta los pies de una montaña, que quedaba a mi derecha, en compañía de una inmensa muchedumbre de gente de toda condición, sexo y edad: mujeres y hombres, viejos, mozos y niños, pobres y ricos, todos vestidos de diverso modo. Pregunté adonde corríamos. Me contestó uno: «A la muerte». Quedé aterrorizado. Tenía el monte a mi izquierda, me di la vuelta dejándolo a mi derecha y empecé a subirlo agarrándome a unas cepas que ocupaban la falda del monte hasta donde yo me encontraba (estaban cubiertas de hojarasca y despojadas de racimos como se las ve en otoño). Al principio me costaba mucho subir porque la montaña o, mejor dicho, la colina era muy empinada en su arranque. Luego que ascendí un tanto, la cosa era más fácil ayudándome de las cepas. Cuando estuve en la cumbre y dispuesto en mi empeño a pasar al otro lado, aparecieron rocas peladas y cortadas a pico. Poco faltó para caer de cabeza en una sima espantosa, honda y oscura (el recuerdo de este momento, y eso que han pasado ya cuarenta años, todavía me aflige y atemoriza a la vez). Conque me volví hacia la derecha, donde aparecía en cambio un llano cubierto de abrojos. En él me adentré asustado y sin saber qué dirección tomar. Me vi entonces en el umbral de una cabaña techada con paja, uncías y cañizos; de mi diestra llevaba cogido a un niño de unos doce años de edad, vestido con una túnica de calor ceniza. En ese instante desperté y acabó mi ensueño, todo a una.
Este sueño apunta claramente a la inmortalidad de mi nombre, a mis esfuerzos constantes y enormes, a mi encarcelamiento y a mi mayor angustia
y tristeza[8], a una morada dura con aquellos riscos, estéril, con aquella falta de árboles y plantas productivas, pero también a una morada fructífera, llana y agradable; mostró la gloria renovada en el porvenir, pues la viña rinde sus frutos cada año por la vendimia; el niño, si representaba mi espíritu bueno, era signo favorable; si representaba mi nieto, no tanto; la casa en medio de la soledad simboliza la esperanza de sosiego; aquel horror descomunal y el precipicio anunciaban tal vez la desgracia de mi hijo que se casó y murió: es inadmisible pensar que el sueño pasara por alto tan grave suceso. Este sueño fue en Milán.
El segundo sueño lo tuve no mucho después residiendo en esa misma ciudad. Me pareció que mi alma estaba en el cielo de la Luna, despojada del cuerpo y solitaria, y se quejaba de ello. Escuché la voz de mi padre que decía: «Me ha asignado Dios para ser tu custodio. Estos espacios todos están llenos de almas, pero tú no las ves, como tampoco a mí. Ellas ni siquiera pueden hablarte. Permanecerás en este cielo siete mil años y otros tantos en cada una de las esferas hasta la octava; luego llegarás al Reino de Dios».
Este sueño lo interpreté del siguiente modo: el alma de mi padre es mi espíritu protector, pues, ¿qué hay más amigo o más gozoso? La Luna representa la gramática; Mercurio la geometría y la aritmética; Venus la música, el arte de adivinar y la poesía; el Sol la filosofía moral; Júpiter la filosofía natural; Marte la medicina; Saturno la agricultura, el conocimiento de las hierbas y las otras artes más humildes; la octava esfera el espigar de todas las ciencias, la sabiduría natural y los estudios diversos. Después llegaré
un día a descansar en compañía del primero[9]. Ello queda en cierto modo plasmado —aunque sin intención por mi parte— en las siete subdivisiones de mis Problemata que estaban a punto de acabarse y editarse.
También he soñado algunas veces con un joven que me acariciaba y al que reconocía. Despertaba y entonces ya no me acordaba de él. Cuando le preguntaba quién era, me respondía enfadado: «Stephanus Dames». El latín no vale para dar razón de estos vocablos que le son extraños. He meditado bastante a menudo sobre ellos: στέφανoς significa ‘corona’, μέσoν, quiere
decir ‘medio’ o ‘mitad’[10].
Otro sueño me reveló la clase de vida que llevaría en Roma. El 7 de enero de 1558, cuando vivía en Milán sin empleo público, soñé que me encontraba en una ciudad espléndida y atestada de palacios. Destacaba entre las demás una mansión dorada (poco tiempo después de llegar a Roma vi una semejante). Era al parecer día de fiesta y yo estaba solo con mi criado y mi mula. El criado y la mula se hallaban ocultos tras la mansión, pero podía oír la voz del criado. En este punto pasó alguna gente por la calle. Curioso, les pregunté a unos y otros el nombre de la ciudad. Nadie me daba respuesta, hasta que por fin una vieja me dijo que la ciudad se llamaba Bachetta, nombre que quiere decir la palmeta con que se les suele pegar a los niños de escuela y que en la antigüedad llamaban ferula, como se ve en el verso de Juvenal:
et nos ergo manum ferulae subdtiximm[11].
Seguí, pues, afanoso, buscando alguien que me enseñara el nombre verdadero de la ciudad. Porque yo me decía: «Es verdad que ese nombre no es extranjero, pero, que yo sepa, no hay en Italia ciudad que se llame así». Se lo hice saber a la vieja y añadió:
«Aquí hay cinco palacios».
«Por lo que llevo visto, hay más de veinte» —le dije.
Pero ella insistió:
«No hay sino cinco».
Y sin encontrar a mi criado y mi mula desperté.
Sobre la interpretación de este sueño no puedo aportar ninguna certidumbre (salvo que la ciudad es Roma) ni aclarar a qué se refiere la palabra Bachetta. Alguno ha dicho que esa designación se aplica a Nápoles. La oscuridad de este sueño proviene ya de unas circunstancias y un tema
confusos ya de una decisión divina[12].
El verano de 1547, al tiempo que mi hijo el menor estaba enfermo en Pavía, recibí aviso en sueños de que estaba a punto de morir. Casi me desmayo, despierto e inmediatamente se presenta una criada diciéndome:
«Levantaos, que me parece que Aldo se muere».
«¿Qué le pasa?».
«Que tiene los ojos vueltos y está lacio».
Me levanto, le doy polvos de perlas y piedras preciosas (tenía mucha fe en ellos), vomita, se los administro de nuevo, los asimila, duerme, suda: a los tres días estaba curado.
Estos fenómenos son privilegio de hombres realmente devotos, inconmovibles en su fe, prudentes en sus designios, capaces como previsores padres de familia de aprovechar las ocasiones oportunas para preservar tanto el cuerpo como el alma (que forma con el cuerpo una unidad), merced a un método armónico de medicina que algunos quieren imitar cayendo como falsos profetas en el ridículo, pues es imposible reducirlo a reglas como si se tratara de una ciencia.
Este hijo mío es aquel que tantos quebraderos de cabeza me dio[13].
He tenido muchos otros sueños raros e increíbles que de propio intento paso por alto. Aquí están, pues, los casos asombrosos, las fantasías de todo tipo, los ensueños y cuatro sucesos repentinos de los que ya he contado tres: el contrato en Magenta, la caída al mar y el derrumbamiento de mi casa. El
cuarto es la extraña historia del clavo que ya antes referí[14].
Debo, por tanto, reconocer los dones que Dios me ha otorgado. Y que nadie pretenda erigir como norma general lo que me ha ocurrido — accidentes, sucesos imprevistos y ensueños de esa clase—, porque sufrirá un desengaño grande y quizá hasta amargo: no mucho menor del que se llevará quien pretenda atribuirlos a mis merecimientos, pues son dones procedentes de la bondad de Dios, que a nadie debe nada y mucho menos a mí. También se equivoca enteramente quien los atibuya a mi pericia, a mis esfuerzos o a mis estudios, pues por ese camino no podría haber conseguido ni la milésima parte de ellos. Y peor todavía quien suponga que los he inventado por ganarme una fama inmerecida: nada más lejos de mí. Además, ¿por qué iba yo a manchar con frívolas consejas e historias fantásticas una cualidad que no sólo es en mí — si así lo queréis— innata, sino también, lo sé, obra de Dios?