Mi vida
Capítulo XLVI SOBRE MÍ MISMO
Capítulo XLVI
SOBRE MÍ MISMO
Al tiempo que me hago estas consideraciones y otras parecidas, se me ha venido a la cabeza una pregunta que veo que se me puede hacer. Después de todos estos casos —favorables, desfavorables o indiferentes—, ¿me pesa vivir o haber vivido? Sería necio no pensar de antemano en lo que se va a decir y una vez dicho no dar explicaciones de por qué se ha dicho. Desgracias son las muerte —y muerte violenta— de uno de mis hijos, la vida disipada del otro, la esterilidad de mi hija, mi impotencia sexual, la constante pobreza, pleitos, acusaciones, percances, enfermedades, peligros, cárcel, la injusticia de verme postergado tantas veces y frente a tantos hombres inferiores a mí. Pero, dejando aparte los lugares comunes («Si el que carece de hijos, honra y hacienda no tiene por qué ser desgraciado, ¿cómo podría serlo un anciano al que le queda un poco de todo eso?». «Compara tu estado actual con el de tus orígenes, compáralo con el de los más humildes, no con el de los más encumbrados»), no puedo con razón quejarme de mi suerte. Más todavía, me considero bastante afortunado por poseer el seguro y raro conocimiento de muchas e importantes cuestiones (si es que en este particular seguimos el parecer de Aristóteles). Y añado: feliz me siento por haber sido capaz —y precisamente por eso— de menospreciar (como quieren los estoicos) las cosas mortales. Recojo ahora los frutos abundantes de esta actitud mía, merced a la cual ni siquiera miro con rencorosa nostalgia mis años mozos ahora que soy un viejo decrépito, aunque no privado a la sazón de mis sentidos, de bienes de fortuna y de una mente despierta. Y hasta podría en este momento ir más allá en mis afirmaciones: soy muy dichoso, como quien es consciente de que su naturaleza humana participa de la divinidad. ¿Qué pasaría si a un moribundo se le anunciara que va a vivir quince años más, como cuentan que le ocurrió
al rey Ezequías[1]? ¿No se pondría contento? Y si le anunciaran treinta o cien años, ¿no se alegraría aún más? Y si de cien pasáramos a mil, ¿a qué extremos llegaría su gozo?; ¿no llegaría a olvidar cualquier otro deleite de la vida de los mortales? Si le anunciaran seis mil o cien mil, se volvería loco sin duda. Pero, sigue adelante, haz que le prometan que vivirá siempre. ¿Qué le quedará entonces por pedir o esperar? Conque vivir sin la esperanza de acrecentar la vida supone verse privado de dos bienes reales: la esperanza misma y sus frutos. Así pues, si quiso Dios dejarnos sujetos a la mortalidad, no conviene desdeñar su generoso don ni estimar de otro modo la condición humana.