Mi vida

Gerolamo Cardano · Capítulo 61 de 63

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Mi vida

Apéndice I OTROS TEXTOS AUTOBIOGRÁFICOS

Apéndice I

OTROS TEXTOS AUTOBIOGRÁFICOS

 

1. INFANCIA Y MOCEDAD

 

Nací el año de gracia de 1501, casi al arrancar el nuevo siglo, el día 23 de septiembre, que era cuando los romanos empezaban su indicción. En Pavía (¡conque ya antes de nacer era yo un desterrado!) mi madre tomó por mandato ajeno una poción abortiva cuando aún me llevaba en sus entrañas: pese a tan gran calamidad, salí adelante. Mis hermanos de madre Tommaso, Ambrogio y Caterina, como si no quisieran al recién llegado, murieron de la peste. Mi madre estuvo tres días de parto con la cabeza del niño ya asomando. Como no podía resistir por más tiempo los dolores, extrajeron por la fuerza a la criatura, de manera que con mi tortura libré a mi madre de la muerte. Nacido medio muerto y con cabellos negros y largos, traje al mundo conmigo el augurio de mi suerte futura. Con un baño de vino, cosa que a otros suele costarles la vida, me reanimé. Poco después, murió de peste mi nodriza. Mi padre se compadeció de mí y, gracias a la intervención del noble paviano Isidoro Resta me libré de aquella mansión pestilencial, que no de la peste, pues al punto me atacó y me dejó marcada la cara con la señal de la cruz. Sin ser Pedro ni Andrés ni Judas ni Simón me curé llevando la cruz de Cristo para los restos. Luego tomé la leche de una nodriza preñada y tras cambiar de nodriza varias veces sufrí hidropesía, fiebres y otros males, hasta que cerca ya de los nueve años, por causa de una disentería febril, llegué a los umbrales de la muerte: llamé a la puerta, pero los que estaban dentro no me abrieron. Antes pasé las varicelas, que también me dejaron unas marcas en forma de cruz (prodigio manifiesto) y ninguna otra secuela: una marca la tenía en la frente, otra en la barbilla, una tercera en la punta de la nariz y dos en cada mejilla, haciendo un total de cinco como los abscesos pestíferos aquellos que me señalaron, y en los mismos sitios. De ahí pasé a la dura servidumbre (así lo pensé entonces) que mi padre me impuso hasta los diecinueve años. A los nueve años una teja me hirió en la cabeza y, antes de mi enfermedad aquella grave, un martillo desde lo alto de una escalera cayó sobre mí y me hirió también en la cabeza de forma tan violenta, que todavía después de cincuenta años creo que se nota la cicatriz y el hueso abierto.

Entretanto, mi padre me enseñaba latín conversando conmigo en esa lengua y además los rudimentos de la aritmética, la geometría y la astronomía. Permitió que durmiera un poco por las mañanas, ya que también él se quedaba en la cama hasta tres horas después del alba. Pero lo que me parecía peor en él era que todo lo que ganaba lo prestaba: parte de ese dinero, por insolvencia de los acreedores, se perdió; otra parte, por habérselo prestado a gobernantes, no pudo recuperarse si no es entre enormes riesgos y mayores esfuerzos y sin intereses. No sé si eso se lo aconsejaría aquel demonio que cazó y tuvo como cosa suya durante treinta y ocho años (aunque enteramente sólo hasta el año 1511; con lo que serían unos veinticinco años). No obstante, por lo que toca a mi educación, y a la vista están los resultados, el padre se portó muy bien con aquel hijo que desde niño mostraba una inteligencia penetrante. Porque para esa clase de niños es bueno tascar el freno como mulos. Por lo demás era mi padre simpático, asequible en su trato, alegre, narrador de fantásticos casos de prodigios. El grado de verdad de las numerosas historias de demonios que contaba lo ignoro; lo que sí puedo decir es que aquellos relatos asombrosos y bien tramados me deleitaban sobremanera. Si algo debo condenar en su conducta para conmigo es el haber adoptado algunos niños con posibilidades de heredarle si yo moría, lo que no era otra cosa que exponerme a un peligro evidente y a las insidias criminales de sus padres presentándoles el cebo de una recompensa. Todo esto se lo reprochaba mi madre a mi padre y él le respondía de mal modo, hasta que por fin decidieron vivir en casas separadas. Quedó así afectado el ánimo de mi madre y de vez en cuando, presa creo yo de la enfermedad que llaman ‘histeria’, se caía en redondo dando con su cabeza en el pavimento de la casa que era de ladrillos; en ocasiones tardaba dos o tres horas en recobrar el conocimiento y si sobrevivía era por puro milagro, pues las últimas veces echaba gran cantidad de espuma por la boca.

Entretanto, so pretexto de abrazar el estado religioso en la orden que llaman de franciscanos mendicantes, cambié por completo de escenario y, recién cumplido los veintiún años, me marché a la universidad. Mi padre se apaciguó con la añoranza de su hijo ausente y mi madre se reconcilió con él. Antes aprendí música gracias a que mi madre, sin que mi padre lo supiera, corría con los gastos; también aprendí la lógica, que me la enseñó mi mismo padre. Avancé tanto en esa disciplina, que antes de mi ingreso en la universidad ya daba clases particulares a algunos chicos. Marché a la universidad con una pensión bastante modesta, pero mi padre no me planteó ni de palabra el menor problema y fue muy bueno, complaciente y cariñoso conmigo. El resto de su vida (vivió cuatro años más) lo pasó en la mayor tristeza, dejando ver así lo mucho que me quería. Más aún, cuando cayó enfermo de muerte y yo regresé rápidamente a Milán en tiempos que eran de peste, a pesar de que él presentía que se acercaban sus últimos momentos, me rogó, me mandó y a viva fuerza logró de mí que me fuera lo antes posible y escapara de aquel peligro. Se me saltan las lágrimas cuando rememoro lo bueno que fue conmigo. Pero, si puedo, padre, he de estar a la altura de tus merecimientos y he de corresponder a tu cariño y, en tanto que estos escritos míos se lean, proclamarán tu nombre y tu valía. Porque mi padre fue un hombre incorruptible ante toda clase de sobornos y, a la verdad, un hombre justo. Sin embargo, no me dejó en herencia más que pleitos y una casita libre de cargas.

Otra tontería que cometí fue el aceptar el cargo de rector de los estudiantes en Pavía, cuando estaba yo sin recursos, arreciaba la guerra en Milán y los impuestos eran insoportables. Pero lo hice por mi madre, para subvenir a los gastos, —pocos, la verdad— que me ocasionaba. Dirás tal vez: «¿Quién te obligó?». «Locura y despecho», respondo yo, pues la impotencia sexual que padecía me atormentaba de tal modo, que me odiaba a mí mismo y emprendía toda clase de cosas para ver si así hallaba remedio a tanta desgracia. Y ciertamente fue así como lo hallé. De vuelta a Milán, el año 1525, para cobrar unos dineros, estuve a punto de naufragar en el lago de Garda a causa de una tempestad. Antes me contagié de la peste a los veinte años y tuve un ántrax en la parte del hígado cerca de la última costilla verdadera. Recuerdo (tan mezclados están en mi vida males y bienes) que a poco de curarme de aquella dolencia le pregunté a mi padre si era verdad que tenía un demonio a su servicio. Por entonces mi padre, como he dicho, ya me quería a la vista de todos, y me confesó que sí, que lo tenía, pero que ya no se le sometía y que tras una enfermedad grave que padeció, dejó de hacerle predicciones certeras.

Pero volviendo al tema, cuando regresé a Padua, lo hallé todo en mi contra: el Colegio de médicos no me admitía, mis colegas evitaban mi compañía, tenía entablado pleitos con los parientes de mi padre, gente poderosa. Cuando volví al desempeño de mi cargo, hice amistad con Francesco Bonafede, honrado médico que me llevó a la aldea de Sacco. Allí tomé por esposa a una chiquilla que había visto en sueños y con ella me libré de la impotencia sexual.

El año 1538 volví a Milán con mi mujer, que no traía dote, pues me casé con ella por una promesa que hice al cielo. Ella pronto me parió a Giovan Battista mi primogénito y luego a Chiara y Aldo. Vivía yo entre las dificultades de la extrema pobreza cuando, casi desesperado, marché de Gallarate a Milán. Y es qué además de buscarme el propio sustento tenía que alimentar a mi mujer, a mi madre, a una amiga suya, a la nodriza, al niño recién nacido, a un criado, a una criada y a mi mula. Sin embargo, nunca hubiera sido más dichoso, de haber sabido lo que me esperaba. Porque el Colegio de médicos me admitió, mis hijos salieron adelante, los pleitos acabaron y yo tuve una vida más larga de lo que el destino me anunciaba: resulté ser el más feliz de los mortales luego de tantos inconvenientes.

 

De utilitate ex adversis capienda, lib. III, cap. 2 (= Opera, II, 112 ss.).

 

2. IMPOTENCIA SEXUAL

 

Inconcebiblemente también este mal se cebó en mí a partir de mis veintiún años. En esa época, arrastrado por no sé qué ataque de esa locura tan frecuente en los mozos, quise acostarme por primera vez con una muchacha, ya que me veía deseoso y capacitado plenamente para la realización del coito. Pero la cosa no salió como yo esperaba. Y desde entonces, que fue cuando por la fuerza regresé a Pavía, hasta los treinta y un años cumplidos —esto es, un decenio completo—, jamás me ayunté con mujer a plena satisfacción. Aunque me llevara a más de una a dormir conmigo (sobre todo el año aquel que fui rector de los estudiantes en la Universidad de Pavía), pese a estar yo libre de preocupaciones, lleno de vitalidad por otro lado y en la flor de la vida, pese a valerme con pareja industria de ayunos y dietas especiales, todas sin embargo se iban de mi vera tan secas como habían llegado. Ello fue de manera que al ocurrirme una y otra vez mi fracaso, decidí por hastío, por vergüenza y por desesperación desistir de semejantes intentos. Como que algunas veces llegué a pasar tres noches seguidas con una mujerzuela sin avanzar nada. Confieso francamente que esta fue la peor de mis desgracias: ni el servir como criado a mi padre, ni la pobreza, ni las enfermedades, ni las intrigas, los pleitos, los ultrajes de mis paisanos, el rechazo por parte del Colegio de médicos, los falsos testimonios y toda una serie inacabable de males pudieron arrastrarme a la desesperación, al aborrecimiento de la vida, al desprecio de los placeres y a una tristeza constante; sólo aquello lo pudo. Lloraba mi infortunio, que parecía una broma de la Naturaleza, lloraba mis bodas imposibles y mi condena a no tener hijos nunca. Preguntarás: «¿De dónde te vinieron males tan grandes?». Confieso sinceramente que no lo sé. Puesto que en mi desazón y para que no se descubriera mi defecto evitaba el trato con mujeres, esa infamia que rehuía me acarreó peor fama y me hizo sospechoso de pecados nefandos, para que en mis apuros no me faltara desgracia ninguna. ¿Y entonces qué? ¿Pude yo resistir al destino? ¿Dejé de pensar o hacer alguna cosa por ver de ayudarme a mí mismo? Si no darse al juego sirve para que digan que uno es un ratero, no robar para que digan que uno es un bandido, y no engañar para que digan que uno es un falsificador de moneda, no me opongo desde luego a que cualquiera me acuse de lo peor. Pero veo lo que estarás diciéndote: «Cómo acabó todo?». Recién cumplidos los treinta años, me hallaba aquejado de esta dolencia perniciosa, pobre, sin hermanos ni hermanas, con una madre vieja, lejos de mi ciudad natal, excluido del Colegio de médicos, entre enemigos influyentes y numerosos, enredado en pleitos con mis parientes. Quiso Dios mostrarme hasta qué punto todo a El se lo debía. Pues contra toda esperanza me vi libre de aquella peste, y siete meses más tarde sentí que mis cadenas se rompían sin que quedara el menor resabio del mal, antes al contrario, más de una vez resulto más rijoso de lo que me corresponde y conviene.

 

De utilitate ex adversis capienda, lib. II, cap. 10 ( = Opera, II, 76 ss.).

 

3. ENSUEÑOS

 

El día 2 de octubre del año 1537, dos horas antes de salir el sol, vi a Próspero Marinone, que había sido muy amigo mío y había fallecido hacía un año, risueño y revestido de una túnica bermeja. Se me acercó con intención de besarme y yo le pregunté si sabía que estaba muerto. Me dijo que sí y dejé que me besara. Acto seguido me dio un beso en la cara. Le pregunté si recordaba quién había sido. Me respondió que lo recordaba. «¿Hay dolor en la muerte?», le digo. «Cuando ya ha ocurrido, no mientras uno se muere», me contestó, de modo que yo entendiera que sus palabras se referían al sufrimiento del alma. — «Y cómo es ese dolor?» — «Como el de una fiebre alta» — «¿Y querrías vivir», le dije. — «De ninguna manera», me respondió él. — «¿De modo que la muerte es muy parecida al sueño?». — «No», dijo. Intentaba yo enterarme de más cosas y seguir adelante con mis preguntas, cuando él me desanimó y me dejó allí abatido. […]

El día 28 de enero de 1539, como no lograse que me seleccionaran para ingresar en el Colegio de Médicos y mi recurso estuviese ya archivado, vi en sueños a la hora del alba a Alejandro Magno de cacería intentando dar muerte a un león a pecho descubierto; Efestión se lo impedía; finalmente llegaron al siguiente acuerdo: Alejandro mataría al león, pero Efestión sostendría la maza; al punto se presentó un león de enorme tamaño; Alejandro lo tomó por la boca y echando para un lado y para otro las quijadas intentaba despedazarlo; al principio parecía que lo iba a lograr, pero al poco rato el león cerró sus mandíbulas y cogió las manos de Alejandro; el ver esto Efestión, descargó la maza sobre la cabeza del león y acertó a tumbarlo de un solo golpe, librando a Alejandro. […]

Anotaré también un sueño maravilloso, que no he comprendido bien si no es ahora cuando estoy escribiéndolo y que, de acertar yo a interpretarlo, me hubiera revelado todo lo que me iba a ocurrir. Será un ejemplo clarísimo de sueño especular, de los que, como antes enseñé, sobrepasan a todos los demás tipos por su fascinación y sutileza. Pero convine saber antes en qué situación andaban mis cosas cuando lo soñé, ya que de otro modo no podré aclarar su interpretación con facilidad. Corría el año de gracia de 1544 cuando al amanecer del día 8 de enero (para entonces me habían nacido ya mis tres hijos: el mayor tenía diez años, el más pequeño nació el año que por vez primera en Milán me lancé a enseñar medicina) vi en sueños a Próspero Marinone, de quien ya antes hice mención, y, aunque no ignoraba que había fallecido, le supliqué que me diera la mano, añadiendo: «aunque estés muerto». Al decirle esto, me apartó de sí; sin embargo, yo permanecía firme en mi propósito, consintió finalmente en darme la mano y se marchó. Ahora venía detrás mi hijo mayor, porque yo lo había llamado, y como él no se paraba, lo seguí con muchos otros y lo hallé sano y salvo en el zaguán de una casa desconocida, pero Próspero no estaba allí. Inmediatamente soñé que me despertaba por causa de no sé que cosa que había junto a mi almohada. Imaginaba que estaba despierto y consideraba que lo que acababa de ver lo había visto en sueños, alegrándome de que ni a mí ni a mi hijo le pronosticara nada malo la visión del muerto. Me pareció alzar la cabeza y ver entrar la luz del día por la ventana recordándome que ya era la hora de levantarse para dar clase. Pero entonces empecé a darme prisas para librarme del terror que me inspiraba la cosa aquella que creía tener en mi cabecera, y al tiempo que intento mirar la otra ventana para ver, naturalmente, si entraba luz, veo la puerta abierta. Movido por la admiración y el terror, cojo mi bastón y me dirijo hacia allá, cuando he aquí que veo a la Muerte en pie junto a la puerta. Inmediatamente pensé que aquel sería un barrunto nefasto, si a golpes de bastón no despachaba a la Muerte de allí. Intento golpearla, pero ella escapa; la sigo y se mete en otra casa escondiéndose en la madrevieja; interpreté que ya no representaba ningún peligro para mí, pero que en aquel sitio yacía un cadáver. Ya estaba pensando cómo desenterrarlo, cuando por segunda vez me pareció despertar, aunque realmente seguía dormido como la vez anterior. Sin embargo nada quedaba del sueño anterior salvo que después de tenerlo creía que el sueño indicaba que en la madrevieja yacía un cadáver. Por segunda vez yo me disponía a levantarme, pero he aquí que veo un perrillo de lanas negro debajo de mi cama que jugueteaba con mis sandalias y se las llevaba. Así que dije para mis adentros: «¿Quién habrá metido aquí este perro casero? Porque yo ayer no tenía ningún perro. Ha sido una suerte que no me despertara antes de amanecer, pues en la oscuridad y con este estrépito me habría asustado». Y dando vueltas a estos pensamientos, desperté por fin, ahora sí de verdad. […]

Tenía yo, si no me equivoco, diecinueve o veinte años cuando soñé cierta noche con una mona que hablaba. Yo me dije: «Una mona que puede milagrosamente hablar, puede alentada por ese mismo espíritu predecir el futuro». Le pregunté, pues: «¿Cuánto tiempo viviré todavía?». Y ella me contestó al punto: «Cuatro años». Yo le dije: «¿No más?». Y ella: «Ninguno más». […]

El día de la Ascensión del año 1561 soñé que iba cabalgando sobre una mula enorme y que una mujer desnuda, entre risotadas, se me cagaba y meaba encima mismo de mi cabeza. […]

Al día siguiente, después de haber almorzado lo mismo, desde antes del mediodía hasta las 4 de la tarde, por espacio de casi seis horas, tuve dos ensueños maravillosos. El primero fue que soñé que era mozo y que me ponía por eso muy contento. Luego entré a presencia de un gran rey, le hablé con gran encarecimiento de mi espíritu de sacrificio y mi lealtad inquebrantable y él asintió calladamente y me admitió entre sus pajes. Yo le prestaba mis servicios todo el tiempo como el que más, pues al parecer se fiaba de mis palabras y me otorgaba su favor. Ya estaba yo seguro y contento (creía además haber sanado de mis dolencias y malas inclinaciones, que a decir verdad eran lacerantes, y haber sido por así decirlo restituido a mi juventud primera), cuando he aquí que la concubina del rey empezó a prodigarme caricias lascivas. Pero yo, disimulando, me escabullí a tiempo y le conté mi caso a una viejecilla a la que tenía en gran aprecio, si bien no la conocía sino en el sueño. Inmediatamente me abatí muchísimo y empecé a temer por mi seguridad, pues pensaba: «Si se lo digo, el rey me matará; si no se lo digo, la vieja se lo contará a otros, la cogerán y acabará denunciándome. Yo que me las daba de tan leal con mi señor seré tenido por un traidor. Si le hago caso a la muchacha, no podré ocultarme a las miradas de tanta gente; si me muestro desdeñoso, ella, que de hecho ya ha confesado su culpa ante mí, no querrá tener un testigo de su fechoría. De manera que de uno u otro modo estoy perdido y mi lealtad inquebrantable estará en boca de todos y todos la tacharán de falsa y artera. ¡Ay de mí, qué recias cadenas ha echado sobre mí mi mala suerte!». Poco después me pareció ser el médico no sé si de este mismo rey o de otro. Andaba por la corte y en cierto momento me manda llamar una pobre mujeruca. Fui a su casa con esperanzas de que me pagara poco. Al salir, yo creía haber dejado esperándome un criado de a pie con un caballo o una mula (no lo recuerdo bien) y pensaba que me estaba buscando a mí y yo a él sin encontrarnos. Estaba hablando luego de esta mujer con el rey y excusándome ante él de haberla visitado por caridad, cuando desperté […].

Sucedió, pues, que soñé que había entregado a un mercader español todos los anillos que yo poseía excepto dos […]. Así que cuando me lamentaba en presencia del joyero cuya intervención me había hecho cometer un error tan grande, nada me respondía salvo que yo lo había hecho sin que nadie me obligara y que él se había limitado a aconsejarme lo más conveniente para mis intereses. Lo único que me consolaba era pensar que tal vez yo no había hecho la entrega y que encontraría mis anillos en el cofre cuando lo abriera, pues no recordaba haberme acercado al cofre ni haber sacado jamás de allí las joyas. Pero el otro aseguraba obstinadamente que las había entregado y que ya no estaban en mi poder. Voy entonces y le pregunto cómo se llamaba. Se quedó pensativo y parecía que tenía inconveniente en decírmelo. Finalmente me dijo que se llamaba Stefano. Le pregunté luego el apellido y pareció tener inconvenientes mayores todavía para decírmelo. Al rato dice: «de Mes». Metz es una ciudad a la que pocos años antes había puesto estrecho cerco el Emperador sin conseguir tomarla, pues supo defenderla el Rey de Francia. […] Pero entretanto (y de esto tampoco me acuerdo bien) soñaba tener en la parte alta de mi casa unas camas, o algo así, y una cría de elefante amarrada junto con otro bicho muy llamativo de piel moteada como la del leopardo, aunque no recuerdo qué clase de animal era ni su nombre. Sin embargo le tenía miedo a esta fiera y no me fiaba de ella. Porque al elefante le había alargado un mendrugo de pan comprobando yo con gran deleite que era manso. A las dos bestias les daba de comer mi vieja criada Jerónima, que ahora vive en otro sitio, y lo hacía a eso del amanecer. El día antes, después de la cena, habíamos estado hablando de mis joyas, de manera que todo esto

es en el sueño [*] anamnestikón. Sin embargo, significa que estaré a punto de hacer un contrato impensado con posibilidades de ser más ganancioso de lo que parece, pero lleno de riesgos e inconvenientes sobre todo a la hora de dar lustre a mis libros, ya que estos están representados por las gemas; el oro de los anillos simboliza las ganancias de cuya pérdida me voy a arrepentir por no ser el pago del precio seguro. Pero está claro que tendré en mis manos el hacer o no lo que sea, según se ve por las esperanzas que me quedaron de que el asunto fuera ilusorio y los anillos estuvieran todavía en mi casa. Así que quedará bajo mi potestad el deliberar de qué me quiere librar este sueño, según se ve claramente. La intervención de la vieja criada aclara del todo el significado de los dos bichos: puesto que eran los dos unas crías apenas entradas en sazón, el elefante simboliza al hijo y la otra fiera a un escribano destacado y variopinto por la exquisitez de sus estudios y habilidades musicales. El resto se desprende de esta historia: el nombre y el apellido significan ‘medio’ y ‘rey’, esto es, muestra que habré de entrar al servicio de algún príncipe, si, aunque no tenga nada, recibo).

 

Somniorum Synesiorum libri IV, lib. III, cap. 4 (= Opera, V, 715 ss.).

 

4. MUERTE DEL HIJO

 

Al tratar de la muerte de los seres queridos no es posible que nadie hable con más fundamento que yo de las penalidades que ocasiona o de los remedios eficaces y rápidos que cabe buscar. Como que hace veintiséis años un malhadado hijo mío, criado penosamente entre mis desventuras, sintió el embate y los inconvenientes de mi mala suerte (porque mi bienestar y mi dicha apenas los vio o los rozó). En primer lugar, a causa de los celos de mi mujer, tuve que despachar con gran perjuicio para la salud del niño a una buena nodriza que tenía mi hijo de chico. Yo carecía de medios por entonces, no podía escoger nodriza, así que fue amamantado el pobrecito por una mala ama de cría con leche rancia e insuficiente. Para suplir se le daba pan desmigajado y mojado en la leche. A causa de esto, a los tres o cuatro años se le hinchó el vientre y el cuerpo todo, le fue subiendo la fiebre hasta dejarlo con aliento de agonizante y, aunque escapó de las garras de la muerte, se quedó sordo del oído derecho: periódicamente le supuraba. Luego, cuando ya las cosas me iban mejor, le proporcioné una alimentación más adecuada y no tuvo más secuela de todo aquello que la sordez. Se fue educando entretanto y resultó ser un músico excelente así con la vihuela como con el címbalo. Luego pasó de la gramática a la dialéctica y la filosofía, consiguiendo la laurea a sus veintidós años. Dos años después fue admitido, tras una sola votación, en el Colegio de médicos. Era bueno y honrado como el que más y se parecía mucho a mi padre: blanquirrubio, de buena figura, con la frente espaciosa y redondeada, de ojos claros y muy chicos, cuyas pupilas, cosa rarísima, se movían sin parar a derecha e izquierda. Su estatura estaba por debajo de la media y hasta era más bajo que yo. Tenía un hoyuelo en el mentón y echó barba tarde: cuando murió apenas le apuntaba el bozo sonrosado. Las mejillas las tenía hundidas y la cara bastante ancha y grande, el cuello torneado. Era tan cargado de espaldas (lo que no fuimos ni mi padre ni yo), que casi se diría giboso. Los dedos tercero y cuarto del pie derecho los tenía pegados (esto era una señal de su futura desgracia; si yo hubiese detectado este defecto a tiempo y le hubiese separado los dedos habría conjurado el peligro). Sus andares no tenían nada de particular y el tono de la voz era suave, excepto cuando se enfadaba: le venía a la boca tal torrente de palabras en esos momentos, que apenas acertaba a pararse. Este defecto fue fatal para él. Por otra parte, era un joven con un gran porvenir y algunas veces hacía pronósticos y curas mejor que yo, y eso que yo manejaba todos los medios, incluido mi pequeño manual de medicina. Parecía muy probable que escalara las cumbres más altas de la erudición y completara las cosas que yo sin duda dejaría inacabadas. Advertí por entonces su carácter impetuoso y, temiendo algún desliz de su inexperiencia, procuré con todas mis fuerzas que se casara. Sin embargo, no conseguí que lo hiciera con ninguna de las muchas jóvenes de noble cuna que le presenté. Se excusaba siempre diciendo que él se debía a sus estudios y que, si se casaba, yo me vería obligado a despachar de casa a mis discípulos, pues no estaba bien que una recién casada anduviera entre muchachos. Para mi desgracia creí yo todo aquello, pues era lógico y lo decía con mucha naturalidad y calma. Pero, como vi luego, la cosa iba por otros caminos. Para él todas aquellas jóvenes eran feas, ya que entonces se valía de los servicios de una ramera alegre y bien compuesta. Estando las cosas así, un día que estábamos almorzando, llegó un recadero de parte de la ramera (yo no la conocía y el recadero se negó a decirme quién lo mandaba) con el aviso de que la boda iba a ser pronto, después del almuerzo. Le pregunté a mi hijo con quién se casaba, pero dijo que no lo sabía. Insistí: «Hijo mío, ¿por qué quieres ocultarme eso?», y le recordé al punto las cuatro muchachas aquellas que yo le había presentado, dos de las cuales sabía yo que estaban enamoradas de él. Le dije: «Cásate con la que quieras de ellas. No obstante, si quieres a otra, también la recibiré en casa, con tal de que sepa antes de quién se trata». Había llegado a advertirle con antelación que, si quería mujer, por nada del inundó se casara a la ligera y sin avisarme, que mejor era que se amancebara con alguna en mi casa y tuviera hijos con ella, pues yo tenía muchas ganas de que este hijo mío me diera nietos, con la esperanza de que así como él se parecía a su abuelo paterno, igualmente esos nietos habrían de parecerse a mí. Le indiqué también que no era conveniente que se casara con mujer pobre, toda vez que nuestras rentas eran escasísimas. A esto él negó que supiera nada de bodas y repetía que estaba extrañado no poco ante lo que yo le decía. Fácilmente di crédito a respuesta tan anhelada, sobre todo porque el recadero se había, por así decirlo, esfumado. Ni aquel día ni el siguiente ocurrió nada; al otro, que fue el día de Santo Tomás en el mes de diciembre, después del almuerzo, se presentó un criado (pues mi hijo tenía caballo y un criado mozo) comunicándome que su amo ya se había casado. ¿Con quién? No lo sabía. Mi hijo, seducido y engañado, como después supe, se había casado con una mujer de tal condición que podría yo recibir tranquilamente en mi casa a cualquier otra de la ciudad antes que a ella. Y es que traía consigo a tres hermanas y a su madre (no querría yo lastimarlas ahora en el grave dolor de su pérdida). Tenía además tres hermanos sin arte ni oficio, simples peones, aunque no malos muchachos, a lo que creo, fuera de que eran pobres y, siendo demasiado pobre, ¿quién puede ser bueno? Ahí tienes los compromisos de la familia. La joven no estaba contaminada por otra tacha sino es que, cuando se le echó en cara a su padre, en nombre de mi hijo y para defenderlo, que la casó virgen con él, lo negó. Dándome cuenta yo de estas cosas desde un principio, le anuncié que no recibiría en mi casa a su hija ni a mi hijo. No obstante, me daba pena de mi hijo y, sin que me lo pidieran, les daba más de lo que mis ganancias me permitían (aparte de que estas ayudas las prescriben las ordenanzas públicas). Entretanto, pese a que los recién casados estaban en aquellos dos primeros años de su matrimonio poco saludables, tuvieron una hija primero y luego un hijo. Pero empezaron a tener peleas a diario. La suegra, que era una deslenguada, y la propia esposa le echaban en cara a mi hijo que ella le era infiel y le decía que los hijos no eran suyos, llegando incluso a darle los nombres de los padres adulterinos. Por ese mismo tiempo, el suegro, sin que lo supiera Giovan Battista, cogió el anillo de bodas que yo había regalado a mi hijo y un paño de seda de la hija para empeñarlos; nada de aquello, como acabo de decir, era suyo. Así pues, movido a cólera por tantas causas y viendo además que su esposa le era infiel, pensó envenenarla, pero lo pensaba de modo que, cuando dejaban las peleas, deseaba que siguiera viva y, cuando volvían a enfadarse, de nuevo ansiaba matarla. Para qué más: el día antes de darle el veneno solicitó las prendas con una autorización y una orden de los síndicos; unos alguaciles fueron por ellas con el dinero de mi hijo y se las devolvieron a su suegro. Acogió incluso y dio de comer en su casa a la suegra, al suegro, a las hermanas y a un hermano de su mujer, pues era de natural bondadoso y muy agradecido. Tenía un criado, un mozalbete, que lo quería mucho y que lo ponía al corriente de los devaneos de su mujer. A este criado le promete ropas y dineros para que elimine a su ama, que a la sazón se hallaba todavía convaleciente de su segundo parto. Consintió el mozo. Pero como de pronto la mujer, por habérsele agudizado una lipyria, esto es, unas fiebres intermitentes acompañadas de escalofríos y temblores en las extremidades, parecía que se iba a morir y ya había remitido el enfado, no se hizo nada. Pero la suegra, que vivía para arruinar a mi hijo, y la misma mujer, a pesar de estar enferma, lo provocaban y reñían con él continuamente. De manera que se decidió por fin y mandó al criado poner el veneno en un pastel. Siete días antes, el otro hijo mío, el pequeño, contradiciendo mis deseos, se había marchado de Pavía. Como yo no quería ni podía retenerlo a la fuerza, consulté al Señor, que me respondió que mi hijo sería encarcelado y acabaría muriendo entre grandes penalidades. Interpreté que esta respuesta se refería al hijo que estaba a punto de partir y le aconsejé que no se fuera, que le iba la vida en ello, que no le saldrían las cosas como se las prometía y deseaba, sino que lo iban a meter preso con gran riesgo de su vida y dificultades seguras. Todo esto se lo dije cara a cara y a solas; luego, y ya delante de todos los de la casa, le advertí entre juramentos que no podría volver cuando quisiera. Pero él no hacía caso de nada y una mañana bien temprano se marchó. Poco faltó para que también yo me fuera tras él para evitar su presentida desgracia. Hubiera podido, en efecto, acompañarle, ya que era tiempo de vacaciones, pero me lo impidieron los mismos hados que ya acosaban a Giovan Battista. Así pues, acordaron mi hijo el mayor y su criado cocinar el pastel. El criado le puso el veneno que se procuró secretamente. Le dieron a probar el pastel a la esposa convaleciente y al punto ella vomitó el bocado; lo probó igualmente la suegra y también lo arrojó. Al ver esto Giovan Battista, creyendo que no estaba envenenado (pues la orden de poner el veneno no se la había dado al criado en serio) y sabiendo que su suegro había dicho antes de que confeccionaran el pastel: «Procurad que sea grande, que yo también quiero probarlo», le ofreció un trozo; lo tragó, lo vomitó al instante, sintió un picor en la lengua y avisó a mi hijo que, según creo, pensando que no estaba envenenado lo comió con mucho apetito, por lo que también al rato vomitó y estuvo algunos días afectado. Al día siguiente lo arrestaron así como a un hermano de ella y al criado. Me llegó aviso e inmediatamente, un domingo, me presenté en Milán sin saber qué hacer luego. Porque yo me hacía los siguientes cálculos: «Si comió, no puso ni ordenó poner el veneno; pero si de verdad puso u ordenó poner el veneno, no habrá modo de conseguir, dada la franqueza de su carácter, que guarde silencio». Me aterrorizaron además ciertos prodigios de los que hablé en mi libro De fato. Pero ninguna otra cosa me asustaba más que el considerar que, si se lo dio, se lo dio a una muerta. Ahora bien, los hados me quitaron de la cabeza cualquier plan preventivo, ya que ni conocía por entonces aquel método antes mencionado para burlar al destino ni tampoco había descubierto el modo aquel mío de callar las propias culpas. Reconozco decididamente que no estuve a la altura de las circunstancias, asustado como estaba tanto por la gravedad del caso como por mi inexperiencia en esas lides. No hubo cosa que dejara yo de hacer por el o consejo que no le diera (si bien en la cárcel, cuando hablé con él, se me pasó darle el consejo que más necesitaba). No obstante, muchos amigos suyos y sus mismos compañeros de cárcel le aconsejaron acertadamente que persistiera en negarlo todo. Nada desde luego pudo ayudarlo más (como pronto comprobé y arriba dije) que el haberlo adiestrado yo para tal efecto. En el primer interrogatorio se portó bien; en el segundo, al admitir el criado que el amo le había dado unos polvos con miras a incrementar la leche de la parturienta, empezó a titubear; acto seguido, cuando trajeron al que le había facilitado el veneno, lo confesó todo y el muy necio añadió que ya llevaba dos meses pensándoselo y que había dado órdenes de poner el veneno ya en dos ocasiones, cosa que el criado negaba. Cuando me enteré de esto y comprendí por qué lo había hecho, no pasé por alto nada que pudiera servir para su defensa. Hice ver su candidez y bondad (pues era bueno bastante y más de la cuenta) e intenté demostrar que ella no había muerto a causa del veneno. Se había comprobado (y lo certificó Vicenzo Donaldo, médico eminente) que ella había muerto de lipyria, no del veneno: ni viva ni muerta, según el testimonio de cinco prestigiosos médicos, presentó el menor signo interno o externo de haber sido envenenada: no tenía amoratados ni la lengua ni las extremidades ni el cuerpo, no perdió ni las uñas ni el cabello, no mostraba la menor corrosión ni nada parecido.

Dominado por la pena compuse estos versos en honor suyo: [aquí se recoge con ligeras variantes la endecha que aparece en el cap. XLIX de la autobiografía. N. del T.].

Pero veamos si algo malo nos ocurrió a él o a mí. Ciertamente a mí me ocurrió un mal, ya sea porque era mi hijo, ya por las delicias de su crianza, ya por el provecho propio, ya por las ganancias que se perdieron, ya por el honor o el deshonor, ya por todas esas cosas juntas. Imaginar otros males, es claro, no se puede. Respecto a lo primero, ‘que era hijo mío’, eso le cuadraría mejor a su madre si estuviera viva, pues ningún padre tiene certeza de que un hijo sea suyo; es más, ni siquiera las madres tienen tal certeza, ya que muchas veces sucede que les cambian un hijo que nace muerto por otro vivo y ajeno; que el padre no puede estar seguro de que un hijo es suyo, resulta evidente porque ningún marido puede estar seguro tampoco de la virtud de la esposa. Pero supón que sea tuyo, ¿cuántas veces con pleno consentimiento tuyo has hecho que abortaran preñadas? Si no te duele tamaño desperdicio de hijos, ¿te vas a poner a llorar esa insignificante pérdida del tuyo que es uno solo? «Pero es que con los trabajos de la crianza este hijo ha ido ganando mi cariño». Si en tan poco aprecio tienes tu hacienda, cría otro hijo: bien puedes en ese otro emplear más esfuerzos, desvelos y dineros en un mes que en tu hijo anterior durante muchos años. Además, al llorar por eso a un hijo, parece que duele la pérdida de dinero, y eso es avaricia, no cariño. Tampoco cabe dolerse por la honra: bastante honra gané por mí mismo sin él, y de esa honra que tan poco dura no necesitan sino los necios y el vulgo. Raras veces nacen hijos egregios de padres eminentes.

 

De utilitate ex adversis capienda, lib. IV, cap. 12 (= Opera, II, 267 ss.).

 

5. CUATRO DONES DE NATURALEZA

 

Se cuenta de cierto cura llamado Restituto que, siempre que quería, se quedaba tendido como muerto y sin resuello y no sentía ni pellizcos ni pinchazos y si se le arrimaba fuego se quemaba sin dolor. Esto podría parecerles a muchos asombroso e increíble, por desconocer que es cosa de lo más corriente entre los orientales, y menos se lo parecería si les dijera que a mí me pasa algo parecido. Y es que Naturaleza me ha otorgado cuatro dones que nunca he querido revelar y todos cuatro a mi juicio son dignos de admiración.

El primero es que, cuantas veces quiero, me quedo traspuesto, como en éxtasis. Querría explicar cómo lo hago y qué siento, ya que no me pasa lo mismo que al cura que antes dije. Este se muestra insensible a dolores fuertes y, según se ha dicho, pierde el resuello. Sin embargo, oye las palabras como de lejos. A mí no me ocurre así, sino que oigo las palabras como en un susurro y sin entenderlas. No sé con certeza si sentiría un golpe o un pellizco apretado o los dolores agudísimos de la gota. Pero me pasa que no puedo permanecer mucho rato en semejante estado. Me doy cuenta cuando me estoy entrenando en él y a decir verdad provoco en el corazón una suerte de separación, como si el alma se retirara. Este estado se va expandiendo por todo el cuerpo, como si se hubiese abierto cierta puertecita. Comienza en la cabeza, concretamente en el cerebelo, y se va difundiendo por toda la espina dorsal al tiempo que se afianza. Lo único que percibo es que estoy fuera de mí y que sólo me retiene un tanto cierta fuerza poderosa.

El segundo consiste en ver lo que se me antoje y cuando se me antoje, con los ojos, no con la imaginación, como las figuras aquellas que dije que veía cuando era niño. Pero ahora, creo que a causa de mis tareas, ni las veo mucho rato, ni enteras, ni siempre que quiero, y a veces ni aun esforzándome. Por otra parte, estas figuraciones que se me aparecen se mueven sin cesar. Veo luces, animales, esferas y cualquier cosa que se me antoje. Creo que la causa de esto son el exceso de mi capacidad imaginativa y la sutileza de mi visión.

El tercero es que veo en sueños la representación de todo lo que me va a pasar. Y me atrevo a decir sin mentira que no recuerdo que nunca me haya ocurrido nada bueno, malo o regular sin que antes —pocas veces mucho antes — no tuviera noticia de ello gracias a un sueño.

El cuarto es que todo lo que me va a pasar, por insignificante que sea, imprime una huella en mis uñas. La mancha que barrunta cosas malas es negra y amoratada y aparece en la uña del dedo medio, la de los eventos felices es blanca y si tiene que ver con ascensos aparece en la uña del pulgar, con las riquezas en la uña del índice, con mis estudios y otros asuntos de mayor importancia en la uña del anular, con descubrimientos triviales en la uña del meñique. Si la mancha es compacta anuncia seguridad; si estrellada, inseguridad —particularmente en los negocios públicos y en los que dependen de la palabra.

Si se miran estas cosas como naturales, ni es extravío ni se ofende a Dios, al contrario, se muestra uno agradecido con El, según verán todos excepto los supersticiosos y los ignorantes; si las consideramos ocasionadas por demonios, se incurre abiertamente en idolatría y se es loco y necio.

Paso por alto otros cuatro dones que no son menos míos que estos que he dicho, si bien no dependen de mi naturaleza sino, por así decirlo, del azar y, además, son demasiado corporales.

Habiendo cumplido ya mis cincuenta y dos años, no recuerdo que haya gozado de salud una jornada completa, sino que siempre he sentido alguna molestia. Más todavía, estoy contento justamente cuando me duele algo y triste cuando nada. Toda la vida me ha venido sucediendo esto.

Igualmente me doy a la tarea de escribir empujado más que invitado por ensueños, coincidencias, penas, desgracias, incapacidad para otras tareas, desconfiando en fin de cualquier otro recurso que no sea ponerme a escribir.

De otra parte me siento sobremanera inclinado por temperamento al lujo y al juego sin verme libre de ambición y afán de lucro. Ahora bien, con la fuerza de la costumbre me he ido endureciendo tanto, que ahora a las riquezas les hago algún caso, pero a los honores ninguno.

Tengo casi por un milagro el hecho de que para resolver mis cosas jamás me faltó ni me sobró tiempo, sino que las resuelvo por los pelos cuando ya no queda ni un minuto y no podría aplazarlas. De esta manera, mis negocios y mis otras actividades llegan a su remate en el momento justo.

He visto tantas maravillas, he tenido tantas oportunidades, he tomado parte en tantos sucesos dignos de recordación, que yo solo en poco tiempo he visto lo que quizá no habrán de ver muchas generaciones después de mí. Tan es así, que temo que alguno piense que he sido un hombre vano. Quizás otro, dando de lado al excesivo afán de poseer, aplique su mente a estas novedades y edite sobre el particular un libro estupendo aunque no sea el primero. Porque he nacido en una época señalada en la que el orbe entero ha llegado a ser conocido, en la que la imprenta y otras muchas industrias ignoradas por los antiguos se inventaron.

He sido laborioso, ávido de saber, menospreciador de las riquezas y honores, amigo de los eruditos, no desconocedor de ninguna materia que lleve a una ciencia sólida. Desprecié placeres, amistades, sobre todo las de los poderosos, Fui enemigo de escribir cartas y panegíricos, tarea en la que han gastado mucho tiempo y talento grandes hombres de esta edad nuestra. En fin, he sido tan amante de la verdad, que antes me aborrecería a mí mismo que a ella: mil veces le tomo tirria a mi persona, a la verdad nunca.

He tenido la impresión (ya lo he contado otras veces) de que cierto genio bueno me protegía.

No me ha faltado vida, pues, aparte de que, como he dicho, ya es avanzada, desde los ocho años hasta el día de hoy nunca las enfermedades me han impedido dedicar al menos una hora a leer o escribir.

Otros dones los he disfrutado por épocas de mi vida. En mi mocedad compartí con Tiberio César aquella virtud natural que en otros libros míos he señalado: no más despabilarme en medio de la oscuridad de la noche, lo veía todo como si fuese a la luz del día. No obstante, esta capacidad me duraba poco. Ahora todavía veo algo, pero no distingo los objetos. La causa es lo cálido de mi cerebro, la sutileza de mis sentidos, la conformación de mis ojos y la poderosa fuerza de mi imaginativa.

Pero vuelvo a lo que iba: aquello de las uñas lo tiene también cierto cura párroco. Un día que estaba él enfermo, me enseñó una mancha grande en el dedo medio que le desapareció al tiempo que la dolencia. Queda claro, pues, que las enfermedades las manda el cielo, aunque no a todos les salgan esas manchas. Ya hablaremos de todo esto cuando tratemos de la quiromancia. Y aquello de entrar en éxtasis es lo mismo que Avicena, mal comprendido por su traductor, llama ‘volverse paralítico’ cuando refiere en el De animalibus que había uno que, caso de morderle una serpiente, la serpiente moría, mientras él no sufría daño, y que cuantas veces quería se volvía ‘paralítico’, esto es, yacía sin sentido y como muerto. Queda claro, pues, que lo que le ocurría a ese y a mí y al cura Restituto y lo que practican los orientales es una y la misma cosa, a saber, el éxtasis, y que otros muchos podrían hacer otro tanto si recapacitasen, aunque no creo que todos. En mí la cosa sucede de manera un tanto superficial por cuatro causas: 1. Porque soy muy sensible, lo que no me permite pasar al estado de insensibilidad absoluta. 2. Porque no he practicado mucho, ya que en mi niñez ignoraba el fenómeno y lo mismo durante mi mocedad: sólo hace diez años poco más o menos que me he dado cuenta de que podía hacerlo, y ello fue por pura casualidad. Pienso yo que para llevar a la perfección cualquier actividad el hombre debe entrenarse en ella desde su niñez. 3. Porque esta capacidad es en unas personas mayor y en otras menor, tal como la memoria, el oído, la vista, etc. Entre los orientales se transmite de generación en generación y de esa manera se desarrolla asombrosamente. 4. Porque yo no me atrevo a echarle demasiada cuenta a una capacidad que es contraria a Naturaleza, no sea que me ocasione algún daño. Tampoco conozco la técnica para desarrollarla, técnica que es posible que dominen bien los orientales por haber practicado el éxtasis durante generaciones. Y puede que hasta la alimentación tenga que ver con todo esto, al menos yo lo creo así.

He notado que cuando entro en éxtasis con los ojos abiertos, no veo nada en absoluto.

Otro fenómeno prodigioso que se da en mi naturaleza es que constantemente percibo algún olor. Unas veces mis propias carnes me huelen bien, como a incienso, otras veces mal. Cuando estaba en la aldea de Sacco, casi durante dos años seguidos despedía un olor a azufre tan fuerte, que sentía miedo y hasta aborrecimiento de mi propia persona. Los otros no percibían el olor. En aquella época me vi agobiado por diversos peligros y calamidades. Este olor podría contarse como un quinto don maravilloso, pero tiene unas causas muy claras: sutileza extraordinaria de los sentidos, porosidad de la piel y finura de los humores, cosas todas que ocasionan constantes exhalaciones que el olfato percibe.

Tampoco es de extrañar que haya escrito yo de tantas y tan graves materias, pues coinciden en mí ocho cualidades que tal vez sea muy difícil hallar en otra parte: una gran madurez, buena salud constante, habilidad para las cuestiones matemáticas ya desde la infancia, desprecio de riquezas y honores, unos sentidos penetrantes, amor enorme a la verdad, suerte en las ocasiones y la ayuda de Dios.

Pero volviendo al tema: no sólo en mi cuerpo sino también en el aire percibo algo así como un temblor de tierra. Todo ello se debe a la sutileza de mis sentidos.

Tal vez a algunos les parezca ridículo que escriba tantas cosas de mí mismo; otros por su parte pensarán que no es posible se den tantas maravillas en un solo hombre; a otros he de parecer insufrible que repare yo en cualquier minucia. A los primeros creo que ya se les ha dado una respuesta satisfactoria con ser yo amante del saber en lugar de amante de bienes y dineros; si alguno en vez de la insaciable pasión por cosas que han de perderse tan pronto prefiere probar únicamente lo que en sí mismo puede sentir, aunque no experimente tantas, al menos probará algunas; tocante a prodigios, en fin, cada época y región tiene los suyos.

 

De rerum varietate, lib. VIII, cap. 43. (= Opera, III, 160 ss.).