Mi vida
Capítulo XLIV MIS DESCUBRIMIENTOS MAS NOTABLES EN LAS DIVERSAS CIENCIAS
Capítulo XLIV
MIS DESCUBRIMIENTOS MAS NOTABLES EN LAS DIVERSAS CIENCIAS
Casi no se sabe qué nombrar primero. En la lógica, dado que sólo se conocía una —la aristotélica—, dividimos la materia y su aplicación de modo que los seguidores de cada escuela pudieran recabar por separado los preceptos de la de Euclides, Tolomeo, Arquímedes, Hipócrates, Galeno y Escoto. Amplié además el uso del dilema así como el de la doctrina crassa, el tropo, la
amplificación y la iluminación[1]. Con estos recursos han intentado muchos ver fantasmas y separar o poco menos el alma del cuerpo y dar pruebas de sabiduría que parecen maravillosas, por ejemplo, que en breve espacio de tiempo se puedan transmitir muchas cosas, como si en el saber humano no menos que en el divino el comienzo, a manera de círculo, coincidiera con el final, y que a su vez no se pueda en una simple lección, con tal de que no se reduzca a imágenes o ejemplos, resumir aquello, y de este modo ni el trabajo de muchos meses puede imitar, suplir o igualar el espacio de una hora. Tanto se desarrolló esta capacidad mía, que con razón la gente ha dejado de admirar aquellas clases improvisadas tan apreciadas en tiempos. Merecen, pues, una disculpa quienes la atribuyeron a un espíritu malo, cuando la verdad es que ignoran el espíritu bueno y la clemencia de Dios.
Horno y vasijas para la destilación
(De subtilitate, XVII).
En el campo de la aritmética tengo que decir que la hice fácil o atractiva o ambas cosas a casi toda ella: la parte llamada álgebra, las muchas propiedades de los números, sobre todo las de aquellos que guardan entre sí una razón de semejanza, y en fin el desarrollo de mis hallazgos u otros ajenos.
En geometría traté de la proporción confusa y de la refleja [2] y del manejo —ya descubierto por Arquímedes— de lo infinito con lo finito y a través de lo finito.
En música hallé nuevas notas y nuevos tonos o, mejor dicho, volví a poner
en uso los descubiertos por Tolomeo y Aristóxeno[3].
En la filosofía natural eliminé el fuego del número de los elementos; enseñé que todas las cosas son frías, que los elementos no se mudan unos en otros, que se da la palingenesia, que las cualidades reales son sólo dos — el calor y la humedad—, qué propiedades poseen el aceite y la sal, que no reside en los cuerpos compuestos el principio de la generación de los animales perfectos sino en el calor celeste, que hay que considerar a Dios inconmensurable, que todo lo que tiene partes diferentes dispuestas en un orden tiene alma y vida, que la inmortalidad de nuestra alma es según los filósofos real, no vana, que todo se basa en un número determinado —como las hojas y semillas de las plantas—, que el principio de semejanza es un modus agendi que requiere un agente y una materia únicos, que de ahí se sigue la gran variedad de las cosas y su belleza, que la Tierra existe por sí sola y no como una mezcla de tierra y agua —de ahí que a menudo abunden en partes opuestas—, por qué el oriente es mejor que el occidente, por qué al alejarse el sol después de los solsticios tanto el calor como el frío aumentan a lo largo de muchos días, qué es el destino y cómo actúa, qué explicación tienen ciertas cuestiones peregrinas —por ejemplo, por qué en mil tiradas de mil dados, si no están cargados, forzosamente ha de salir un as—, que de las hojas de las plantas se genera al pudrirse un animal diferente según la naturaleza de cada una, que la Naturaleza no es nada sino invención y mentira y origen de muchos errores, que fue introducida en la filosofía por Aristóteles sólo por echar abajo con aquella palabra las opiniones de Platón. Y un sinfín de cosas más, si bien la principal de todas es que enseñé a someter la teoría de los fenómenos de la naturaleza a método y reglas prácticas, lo que nadie antes que yo había ni siquiera intentado.
En la filosofía moral enseñé la igualdad de condición no sólo de todos los seres humanos sino también de todos los seres vivos, de donde cabe conjeturar por nuestras luces naturales que recibimos el pago de nuestras acciones tras la muerte, cómo sacar provecho de la adversidad, cuál es la mejor forma de vivir y cómo se concilia con la igualdad, que hay tres reinos, que en el reino humano muy a menudo es lo mejor ignorar qué es lo bueno y qué lo malo si desconocemos su cantidad (en los otros reinos ocurre al contrario y lo mismo vale para la felicidad en cada uno de ellos), que el conocimiento del carácter de los hombres se basa primeramente en el conocimiento del género humano, luego en el de las naciones y otros factores como por ejemplo las costumbres, finalmente en el de este o aquel individuo.
En la ciencia médica descubrí la regla exacta de los días críticos, la cura de la gota y la cura genérica de las fiebres pestilenciales, múltiples transformaciones en aceites, elaboración de purgantes a partir de medicamentos no purgantes, propiedades de aguas especiales, el arte de cocinar alimentos de forma variada y útil, la transmutación de medicamentos nocivos en beneficiosos e inocuos, igualmente la de fármacos repugnantes en agradables, remedios que descargan al ascítico y lo robustecen de modo que pueda en un solo día salir de paseo, cómo a partir de la cura de un órgano podemos desembocar en el conocimiento y curación de las enfermedades de otro y sus causas, y cómo leyendo un mismo libro tres o cuatro veces puede llegarse al conocimiento y curación de diversas enfermedades. Yo he puesto de nuevo en uso el método correcto y más rápido de sajar a los herniados y he realizado una extensa clasificación de los tipos de orina cuando de estas cosas no quedaba en nuestra época sino borrosas huellas. He escrito también una interpretación de los libros más oscuros de Hipócrates, sobre todo de los auténticos, aunque todavía no la he concluido en el día que esto escribo, 16 de noviembre de 1575. He tratado además ampliamente la cuestión del mal francés y he realizado experimentos con las enfermedades más difíciles: epilepsia, locura, ceguera (en casos contados); con la hidropesía a base de crines de caballo; otras pruebas las hice con la cirrosis, con pruritos uretrales, muchísimas con las enfermedades articulares y con las piedras de riñón, con cólicos, hemorroides y otras dolencias, hasta un número de cinco mil. He dejado resueltos cuarenta mil problemas o cuestiones y doscientos mil de
menor cuantía, de ahí que aquella lumbrera de mi patria[4] me llamara ‘el hombre de los inventos’.