Mi vida
Capítulo XXX PELIGROS, PERCANCES Y ASECHANZAS NUMEROSAS, DIVERSAS Y CONTINUAS
Capítulo XXX
PELIGROS, PERCANCES Y ASECHANZAS NUMEROSAS, DIVERSAS Y CONTINUAS
Me han ocurrido los casos que a continuación voy a referir.
Vivía en la casa de los Cattaneo. Iba por la mañana a dar clase, había nieve en el suelo y me puse a orinar a la derecha de un estudiante junto a un muro ruinoso. Luego, cuando seguía por la calle de abajo, se derrumbaron unos ladrillos del muro. Evité este peligro sólo por la nieve, que me impidió, a pesar de que mi amigo me animaba a hacerlo, caminar por lo alto del muro.
Al año siguiente, que, si no me equivoco, fue el de 1540, cuando iba por la Calle Oriental, se me ocurrió sin razón aparente pasar a la otra acera y, en cuanto pasé, una enorme masa de cemento se desplomó desde el alero altísimo de un tejado en la parte opuesta, a una distancia de donde yo estaba tal que, de no haber cambiado mi camino, ciertamente me hubiera aplastado. Quiso Dios que escapara.
Poco después, cerca de ese mismo sitio, pasaba yo sentado en mi mula junto a un carro intentando adelantarlo por la derecha, pues un asunto urgente me impedía perder tiempo. Dije entre mí: «¡Mira que si se vuelca el carro!», y, a poco de detener mi paso, volcó. No cabía la menor duda de que se me habría venido encima con perjuicio evidente y no poco riesgo para mi persona.
No me asombro de que estos casos sucedieran así, sino de que siempre que cambiaba de camino, jamás lo hacía por propia cuenta si no es en peligros de esa clase; quizá en otras ocasiones ni siquiera advertí nada. Sería este fenómeno, no obstante, algo notable pero no asombroso, si no se repitiera una y otra vez.
Siendo niño, a la edad, si no recuerdo mal, de once años, al entrar en el patio del ilustre Donato Carcano, un perro pequeño y peludo me mordió en el vientre y me hizo cinco heridas. No eran graves, a pesar de que se amorataron: no diré sino que fue una suerte que ignorara el peligro de rabia, porque, si me pasa con más edad, quizás el miedo me hubiera llegado a producir lo que la enfermedad no me produjo.
El año 1525, que fue el de mi nombramiento como rector, estuve a punto de irme a pique en el lago de Garda. Me había embarcado a desgana y a pesar de tener ya alquilados unos caballos. Se quebró el mástil, el timón y uno de los remos, y al llegar la noche teníamos rota también la vela del palo menor. Quedamos a salvo en Sirmione cuando ya los demás pasajeros no tenían esperanzas y yo muy pocas. Si el atraque se hubiera demorado no más de minuto y medio, habríamos perecido, ya que se desató una ventolera tan fuerte, que hasta los pasadores de hierro de las ventanas del mesón se alabearon. Pero yo, que en un principio tuve seguramente miedo, cené contento un enorme lucio que sirvieron a la mesa; no cenaron los otros, excepto el que me había aconsejado aquel disparate y que en el peligro seguía en sus trece.
Estando en Venecia, el día de la Natividad de Nuestra Señora[1], perdí parte de mi dinero jugando y, al día siguiente, el resto. Jugaba en casa de mi contrincante y, al percatarme de que las cartas estaban marcadas, lo herí con un puñal en la cara, aunque superficialmente. Andaban por allí dos mozos de su servidumbre; dos lanzas colgaban del techo y la puerta de la calle estaba cerrada con llave. Ahora bien, yo, después de haber cogido todo el dinero — el suyo y el mío— y mi ropa (además de unos anillos que había perdido la víspera y había recobrado aquel día al comienzo del juego, mandándolos inmediatamente a mi casa con mi criado), me avine a cederle parte del dinero, pues veía que estaba malherido. Embestí al punto contra los dos mozos que no habían tenido todavía tiempo de coger las lanzas; se echaron a mis pies y les perdoné la vida a cambio de que me abrieran la puerta. Al ver su amo tanto desorden y confusión y teniendo toda tardanza por delatora de que en su casa (como creo) me había estado engañando con cartas marcadas, echó cuentas de que había poca diferencia entre ganancias y pérdidas, mandó abrir la puerta y yo me marché.
Ese mismo día, por ver de evitar que la guardia de palacio me detuviera como autor de lesiones en la persona de un senador, caminaba armado con una coraza bajo la capa, cuando, a eso de las dos de la madrugada doy un traspié y caigo al mar. No me dejé morir: agitaba la diestra y pude agarrar un tablón. Unos amigos cogieron una barca y me sacaron sano y salvo. Al subir a la barca (caso extraño) hallé al individuo con el que había estado jugando: llevaba la cara vendada por culpa de la herida. Sin que yo se las pidiera, me ofreció ropas de viaje y en su compañía viajé hasta Padua.
En Amberes, al ir a comprar una joya, caí en un hoyo (no sé por qué ni para qué había tal cosa en el taller del joyero) y quedé herido y contusionado en la oreja izquierda. Resté importancia al incidente, pues la herida era sólo superficial.
El año 1566, estando en Bolonia, me tiré de un carruaje en marcha con los caballos desbocados. Me rompí el dedo anular de la mano derecha y también se me dañó el brazo, que no podía doblarlo. Así estuve unos pocos días, pero luego la dificultad se me pasó al brazo izquierdo, mientras el derecho quedaba sano, suceso por demás maravilloso si no fuera porque después de nueve años, sin causa alguna y como por arte de magia, volvió la afección al brazo derecho y todavía ahora me molesta. Por su parte el dedo, sin aplicarle remedio alguno, ha evolucionado favorablemente; tan es así, que ahora ni siento dolor y casi no me molesta.
¿Y qué voy a contar del peligro de coger la peste que corrí el año 1541? Había ido a hacer una visita médica a un criado del coronel delPIsola, noble genovés. El criado estaba encerrado en las afueras a causa de la peste. Era que en el viaje de regreso de Suiza había dormido con dos enfermos que luego murieron. Ajeno a todo esto, sostuve el palio del emperador cuando entró en
Milán[2], por ser yo rector del Colegio de médicos. Cuando supimos de qué enfermedad se trataba, el coronel pretendió que escondiéramos en el campo al muerto —que por muerto lo teníamos—, pero yo no quise dar mi consentimiento, ya que nada aborrezco más que el engaño y las consecuencias que trae. Dios me ayudó: sanó el enfermo contra toda esperanza, ayudado no poco por mis paternales desvelos.
¿Y aquello que me pasó el año 1546? Realmente fue casi un milagro. Venía yo como despreocupado de una casa donde la víspera un perro me había estado mordisqueando sin llegar a hincarme el diente (como lo había intentado a escondidas y sin hacer ruido, me entró miedo no fuera a estar rabioso; así que se le ofreció agua y, aunque no quiso beber, no huyó y además se comió una pata de capón que mandé darle), cuando he aquí que veo a lo lejos otro perro, enorme, que se dirigía hacia mí. Era la fiesta de la
Santa Cruz[3] en el mes de abril, día de gran regocijo, y las calles estaban cerradas a uno y otro lado con setos y guirnaldas. Me dije: «¿A qué viene este topar yo con perros ayer y hoy? Ya me he librado de un peligro aparente, pero ¡cualquiera sabe si este no estará de verdad rabioso!». Al tiempo que pensaba esto, el perro se iba acercando y ya estaba a un dedo de la cabeza de mi mula. Yo no sabía que hacer. En cuanto el perro estuvo cerca, saltó para atacarme. Yo iba sentado en una mula pequeña, así que me acogí al único recurso que se me ofrecía y que, a pesar de ser único, se me vino a la cabeza: me eché de bruces sobre el cuello de la mula y el perro pasó por encima de mí, entrechocando los dientes. Ni me hirió, ni tan siquiera me rozó. El caso puede tenerse realmente por milagroso y, si no lo hubiera puesto por escrito en muchas ocasiones y lugares, creería que lo he soñado o que fui víctima de una alucinación. Y es que, además, me di la vuelta por ver si el perro volvía a la carga y le pregunté a mi criado (estaba detrás de mí por la parte izquierda junto a un seto):
«Anda, dime» —el perro ya se había alejado a todo correr—, «viste lo que ha hecho ese perro? ¿Te ha molestado a ti?».
Me dijo:
«No me ha molestado en absoluto, pero desde luego he visto lo que ha hecho con vos».
«Dime» —le interrogué de nuevo—, «¿qué ha hecho?».
Y me contestó:
«Saltó derecho hacia vuestra cabeza, pero como os agachasteis, pasó de largo sin morderos».
Entonces me dije:
«Evidentemente no he sido víctima de una alucinación, aunque a la verdad el caso podría parecer a cualquiera increíble».
En total, cuatro han sido los peligros extremos que, de no eludirlos, me hubieran costado la vida: el de irme a pique, el primero; el del perro rabioso, el segundo; el de la caída de la masa de cemento, el tercero; cuarto y menor, por no haberse desatado, el de la trifulca en casa del noble veneciano.
Otras tantas han sido las pérdidas y dificultades de importancia: la primera, la impotencia; la segunda la muerte atroz de mi hijo; la tercera, la cárcel; la cuarta, la ruina de mi hijo el pequeño.
Así, con ese orden, es como debe procederse al examen de una vida.
Paso por alto ahora la esterilidad de mi hija, el largo pleito con el Colegio de médicos, tantas críticas malintencionadas por no decir criminales, mi salud destemplada y siempre débil, el no dar con nadie que fuera prudente y persona de provecho, que, de dar yo con alguien así, me hubiera proporcionado no poco alivio y vuelto inmune a muchas mortificaciones de poca monta.
Respecto a las asechanzas de muerte, voy a contar hechos pasmosos: estáte atento, lector, porque se trata de una historia peregrina.
Enseñaba en Pavía y daba lecciones en mi propia casa. Vivían conmigo en ella una criada eventual, el joven Ercole Visconti y, si no recuerdo mal, dos chicos y un sirviente. De los chicos, el uno hacía de copista y músico y el otro de lacayo. Corría el año 1562; tenía ya decidido dejar Pavía y las tareas de enseñanza, pero el Senado tomó a mal mi resolución como si yo estuviera enojado. Había dos doctores allí: el uno, hombre inteligente, había sido en tiempos discípulo mío; el otro, profesor eventual de medicina, era simple, aunque, según creo, no era malo. Pero ¿de qué no es capaz el ansia de honores y riquezas, sobre todo cuando se coaliga con afanes de legitimidad? Este último, en efecto, era bastardo. Por otro lado, mis rivales ponían el mayor empeño en que me fuera de la ciudad y, al parecer, estaban dispuestos a todo, con tal de lograr sus propósitos. Así pues, como ante las negativas del Senado a mis peticiones no tenían esperanzas de echarme, planearon asesinarme, no a espada (habrían hecho el ridiculo y, además, tenían miedo al Senado), sino mediante engaño. Porque cada oponente veía que no podría ser el primero si antes yo no me iba. Así que empezaron sus intrigas desde lejos. Primero falsificaron una carta muy infamante y vergonzosa a nombre de mi yerno; más aún, una segunda a nombre de mi hija. El contenido de las cartas hacía referencia a que se avergonzaban de ser parientes míos y se avergonzaban de que por parte del Senado y por parte del Colegio de médicos la cosa hubiera llegado al extremo de considerarme indigno de dar clase y expulsarme. Abatido ante aquellas críticas tan vergonzosas y atrevidas de los míos, no sabía qué hacer, qué decir o qué responder. No podía vislumbrar qué significaba aquel descaro y aquellas impertinencias, aunque ahora esté claro que tenían los mismos fines que otras maquinaciones que vinieron luego. Efectivamente, a los pocos días, me trajeron una carta firmada por
Fioravanti[4] que decía más o menos que en nombre de nuestra ciudad natal, del Colegio y del Claustro de profesores sentía vergüenza ante el rumor que por todas partes corría de que yo abusaba de los niños, que en mis prácticas sodomíticas no me conformaba con uno solo sino que añadía un segundo, algo completamente inaudito; me rogaban en nombre de tantos amigos que echara cuentas de mi pública deshonra, porque en Pavía no se hablaba de otra cosa que de estos devaneos y hasta señalaban las casas de la vecindad que les servían de escenario. Cuando leí estas cosas, me quedé atónito. No podía creer que la carta viniera de aquel hombre amigo mío y tan comedido. Sin embargo, todavía guardaba en mi memoria la carta anterior que yo creía de mi yerno. (Porque ahora nunca pienso que fuera suya, ni siquiera que imaginase algo así; y la prueba es que desde entonces a hoy, enfadado o no, siempre se ha relacionado conmigo sin dar la menor muestra de tener tan mala, por no decir absurda, opinión de mí. Ni que decir tiene que si hubiese creído estos infundios aquel hombre prudente por demás, ¿a qué mandar cartas, que podían caer en manos de cualquiera, riñéndole a su suegro por faltas que eran del todo inciertas? De ese modo se exponía a consecuencias desagradables, vergonzosas y graves). Así pues, pido mi ropa de calle, me voy a ver a Fioravanti, le pregunto sobre su carta y admite que es suya. Entonces mi estupefacción se hizo mayor si cabe, pues no sospechaba el engaño, ni siquiera lo imaginaba. Me puse a razonar con él y a preguntarle dónde tenían lugar aquellas citas tan conocidas de todos. A esto empezó a dudar y no sabía qué decir, únicamente insistía en lo de los rumores y en nombrarme al rector
de la universidad, que era, en efecto, partidario incondicional de Delfino[5]. Con todo, cuando se percató de que toda aquella maquinación miraba más a ponerlo a él en un peligro no pequeño que a convertirme a mí en sospechoso de pederastia, cambió de parecer y cedió. Aunque, como dije, era hombre simple, comprendía lo grave del asunto. Como resultado, desde ese día, acabó todo aquello y vino a tierra toda la fábrica de engaños que habían levantado.
Pero voy a contar, según lo que posteriormente llegué a saber, cómo se
dispuso la trama. El lobo y la zorra habían convencido a esta mala bestia[6] de que, si yo faltaba, el Senado con toda certeza le asignaría la cátedra segunda de medicina, pues el derecho a la principal, conforme a una antigua y consabida tradición, se lo arrogaba el lobo por haber sido otrora coaspirante conmigo; la zorra, por su parte, conservaría el cargo que ostentaba. Pero la cosa, como pronto se encargaron de demostrar los acontecimientos, no era tan sencilla. Acabado el primer acto del drama, comienza, pues, el segundo, que iba a arrojar luz sobre el anterior. Primero de todo se ocuparon de que este que escribe (que era según ellos la vergüenza de la ciudad, de su familia, del Senado, de los Colegios médicos de Milán y Pavía, del Claustro de profesores, del alumnado, en fin) ingresara en la Academia de los Affidati de Pavía, de la que eran miembros varios teólogos eminentes, dos cardenales (eso decían) y dos príncipes: el duca de Mantua y el marqués de Pescara. Como veían que difícilmente me iban a convencer, recurrieron a las ame‐ nazas. ¿Qué podía hacer yo bajo el golpe terrible de la muerte de mi hijo? Después de probar tantas desgracias cedí al fin, principalmente porque mi ingreso en la Academia me dispensaba de dar clases en la universidad cierto número de días. Aún no me daba cuenta de la trampa: ¡como que iban a admitir a quien menos de quince días antes todos los estamentos querían expulsar por corruptor de menores! ¡Válgame el cielo! ¡Oh fiereza de los mortales! ¡Oh rigor de enemigos malvados y traidores! ¡Oh rigor y saña peores que de serpiente! ¿Para qué seguir? El primer día que vuelvo a mis clases advierto que una viga estaba colocada de tal modo que sin nadie darse cuenta podía caerse encima y matar a cualquiera que entrara: no sé si fue casualidad o mala intención. Yo, por mi parte, muy de vez en cuando y con algún pretexto, me presentaba en las aulas a deshora y sin que nadie me esperara, para espiar y ver dónde colocaban la ratonera. Pero aún no la habían puesto, bien porque creyeran que no les convenía obrar tan a las claras o bien porque no hubieran pensado en ello o tal vez porque sus planes apuntaban a otra parte. Lo único que pasó fue que al poco tiempo, un día que me llamaron
para asistir a un hijo de Pietro Marco Trono[7] que estaba enfermo, pusieron plomo en el dintel de la puerta simulando sujetar unas cortinas de esparto (no sé realmente qué era aquello, cómo estaba hecho o cómo funcionaba) para que cayera en un momento dado: cayó y si me alcanza acaba conmigo, ¡Dios sabe lo poco que faltó! A partir de ahí comencé a recelar algo sin saber a ciencia cierta qué, tal era mi estupefacción. Pero atiende al tercer acto del drama que puso todo el enredo al descubierto. Poco después se presentó la mala bestia a pedirme que, pues querían estrenar una misa, dos criados músicos que yo tenía se los prestara para la función. Sabían de sobra que me
servía de ellos como catadores de mis comidas[8] y ya se habían confabulado con una criada para envenenarme. Antes le habían pedido a Ercole que terciara en el asunto este de la misa; no sospechó nada malo y estuvo de acuerdo. Ahora bien, cuando oyó que querían a los dos criados, empezó a sospechar algo y les contestó:
«Sólo uno es músico, el otro no».
Entonces Fioravanti, que es hombre tosco y estaba ansioso por llevárselos, le dijo:
«Que nos deje a los dos. Sabemos que el otro también es músico, aunque no tan avezado. Podemos muy bien ponerlo de relleno en el coro con los otros niños».
Ercole respondió a sus dos interlocutores:
«Esperad un poco que se lo diga al amo».
Vino a verme tan provisto de detalles de toda índole, que, de no haber estado yo como estaba tan loco y extraviado, hubiera podido fácilmente barruntar lo que tramaban. Pero ni por esas me di cuenta. Me limité, por consejo de Visconti, a no dejarles los criados. Ercole les llevó recado de que el otro sirviente no sabía ni una nota de música y ellos se marcharon. Al cabo de unos días regresan a pedirme los mismos criados porque querían representar una comedia. Se me acercó entonces Ercole, y me dijo:
«Ahora ya la trama entera está al descubierto: pretenden alejar a los dos criados de tu mesa para envenenarte. Ya no sólo hay que andarse con cuidado ante esta maquinación de ahora sino en todo momento, pues no es dudoso que seguirán buscando tu perdición por otros caminos».
«Seguramente» —le respondí—; «aunque, la verdad, no puedo dar crédito a semejante cosa». Y añadí: «¿Qué les digo?».
«Que no puedes prescindir de esos sirvientes» —me contestó Ercole.
Así se hizo, y ellos se marcharon. Finalmente, después de largas deliberaciones, tomaron la determinación, según tengo entendido, de quitarme de enmedio. Era un sábado, un 6 de julio, si no recuerdo mal; a eso de la media noche me despierto y hallo que me falta un anillo que tenía engastado un jacinto. Mando a mi criado que se levante y lo busque, pero no dio con él. Me levanto, le ordeno que encienda una lámpara; va, vuelve y me dice que no hay nada en la casa para encender fuego; regresa rápido trayendo con unas tenazas un ascua del tamaño de un guisante. Le digo que no era bastante; responde que no hay más. Le mando que sople, sopla tres veces y, a la tercera, cuando ya desistía de hacer llama y estaba apartando el ascua de la yesca, se levantó una enorme llama y la candela prendió. Yo le dije:
«¿Te has dado cuenta, Jacopo Antonio?» (éste era su nombre de pila).
Y él me contestó:
«Por supuesto».
«¿De qué?» — le dije.
«De que la candela» —contestó—, «sin prender con el ascua, ha hecho llama».
«Bien» —le dije—, «procura que no se te apague esta vez».
Nos pusimos a buscar el anillo, que apareció en el suelo justo en medio y debajo de la cama, adonde no hubiera podido llegar sino lanzado con gran fuerza y rebotando en la pared. Hice, por tanto, voto de no salir de casa al día siguiente: la ocasión se avenía a mi promesa, ya que era festivo y no tenía ningún enfermo que visitar. Pero a la mañana siguiente se presentan cuatro o
cinco alumnos míos con Filippo Zaffiro[9] para pedirme que asistiera a una cena de todos los profesores de la universidad y los miembros más distinguidos de la Academia. Les digo que no puedo; ellos, que sabían que yo no almuerzo y pensaron que con ello hubiera podido excusarme, me dicen:
«Por ti hemos querido que la comida fuera más tarde y hemos organizado una cena».
Insisto:
«No puedo de ninguna manera».
Preguntan la razón. Les cuento el prodigio y la promesa que hice. Todos quedaron pasmados, pero dos de ellos se lanzaban miradas y me pedían una y otra vez que no estropeara con mi ausencia tan concurrido banquete. Mi respuesta fue la misma. Alrededor de una hora después regresaron y me lo pidieron con más insistencia todavía. Les contesté que no deseaba romper mi voto, que estaba decidido a no salir de mi casa para nada. Sin embargo, por la tarde — una tarde de niebla— salí a hacer una visita médica a un abacero pobre y enfermo, ya que con ello no rompía la promesa. De modo y manera que, hasta que abandoné mi ciudad natal, viví en la incertidumbre. A la postre resultó que la zorra por nombramiento del Senado me sucedió en la cátedra. Estaba exultante de gozo por haberla obtenido. Pero ¡ay las esperanzas humanas! No había dado más de tres o cuatro clases cuando le entró un enfermedad y a los tres meses se murió cubierto de pecado. Me enteré luego, en efecto, de que tenía prevista la complicidad de uno de sus coperos para envenenarme en la cena aquella. Murió aquel mismo año Delfino y poco
después Fioravanti[10]. Y diré más: en las asechanzas urdidas contra mí en Bolonia, pasó lo mismo (aunque el desenlace tardó un poco) con otros
médicos: morían si intentaban acabar conmigo[11]. Pese a todo, si Dios quiso que cayeran sobre mí tantas desgracias en compensación por los favores que tan a menudo dispensa al género humano, me siento satisfecho. Por otro lado, yo sabía precaverme contra percances de ese género gracias al ejemplo de mi tío paterno Paolo, que murió envenenado, y al de mi propio padre, que tomó veneno dos veces y salió con vida, si bien perdiera toda la dentadura.
¿Qué desastres no me ocurrieron al poco tiempo por aquella época? El mes de julio tuve que emprender viaje a causa de una grave enfermedad que en Pavía contrajo mi nietecillo, pues yo andaba entonces por Milán. Ante aquello se me levantó erisipela en la cara y, por estar además con dolor de muelas, poco faltó para que recurriera al remedio de sajarme las venas; pero llegó el novilunio y la cosa se detuvo: a partir de ahí me sentí mejor y de esa manera escapé a entrambos peligros, al de la enfermedad y al de la sangría. Luego vino el asesinato que por dinero tramó uno de mis criados y que sólo por unas horas pude impedir. A esto siguió un ataque grave y prolongado de gota. También me enfrenté, con setenta y dos años ya, a peligros de muerte nada imaginarios consistentes en emboscadas de bandoleros. Y fue por no conocer bien los caminos que llevan a Roma: se usan en ellos costumbres tan bárbaras, que muchos médicos más cautos y más baqueteados en tales lances que yo han encontrado en ellos la muerte.
Así pues, como veo que me ha salvado la divina Providencia más que mi astucia, he dejado en lo sucesivo de preocuparme tanto por los peligros. A la verdad, ¿quién no ve que todos estos casos son una suerte de sentencia anticipada o las vísperas de la gloria venidera? Por ejemplo, a los sucesos de 1562 les siguió la obtención de la prestigiosa y bien remunerada cátedra de medicina en Bolonia que ocupé durante ocho años, libre en algún modo de cuidados y fatigas y viviendo una vida más agradable.