Mi vida

Gerolamo Cardano · Capítulo 28 de 63

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Mi vida

Capítulo XXII RELIGIOSIDAD Y DEVOCIÓN

Capítulo XXII

RELIGIOSIDAD Y DEVOCIÓN

 

Nacido en una época tan turbulenta, expuesto a tantas tentaciones y hundido en la pobreza, relacionado a lo largo de tantos viajes con hombres no sólo apartados de la religión sino incluso enemigos de ella, hay que atribuir más a un milagro que a mi buen juicio, más a la ayuda divina que a mis cualidades el no haberme dejado impresionar.

Desde mi niñez tomé la costumbre de recitar la siguiente plegaria: «Señor Dios, por tu infinita bondad, dame larga vida y la sabiduría y la salud del alma y del cuerpo». No es de extrañar, pues, sí fui muy observador de la religión y el culto divino.

Creo que también he recibido otros dones, pero tales, que más los tengo por ajenos que míos propios: soy sano, a pesar de estar continuamente enfermo, y soy sabio, por así decirlo, más en aquellas ciencias que no estudié y que nadie me enseñó que en aquellas otras en las que tuve maestros.

Gracias a mi religiosidad me enfrenté con mayor entereza a la muerte de mi hijo y a la pena que me causó. Tuvo que morir, y aquel año, si no me equivoco, poco faltó para que pereciera sin descendencia. Ahora, de aquel hijo mío, me queda un nieto. Pero ¿a qué seguir hablando? ¿Por qué comparamos las desdichas y dolores de los hombres con los deleites de los inmortales? Lo diré francamente: si no hubiera otra vida, ¿iba a sobrevivir eternamente mi hijo, caso de no morir en su momento?; si hay algo tras la muerte, ¿qué me importa a mí ya?, ¿qué he perdido? ¡Oh necios pensamientos de los hombres! ¡Oh delirios absurdos!

En mis pensamientos no sólo tengo presente a la majestad divina, sino también a Santa María Virgen y a S. Martín, desde que un sueño me advirtió que bajo su protección llegaría a alcanzar en algún momento la vida perdurable.

Escribí hace mucho una larga disertación sobre el tema que ahora resumo como sigue:

«Las molestias de esta vida no pueden ser en modo alguno equiparables a la felicidad que

esperamos en la venidera. Ello no es óbice para que cuando se te presenten sufrimientos por encima

de tus fuerzas, te impresionen de tal manera, que creas que no hay cosa mayor y ni dudarlo puedas.

Ahora bien, cuando pasan, te parecen como un sueño. ¡Ojalá y Dios quiera que esta Caribdis sea

arrasada en el camino hacia tan gran recompensa! Oirían los hombres con más atención los avisos

del Cielo, tendrían presente lo que oyen, disfrutarían más ampliamente de lo que tienen, llevarían

una vida más piadosa y darían ejemplo a los demás».

 

Pero a estas alturas comprendo que se me harán graves reproches por pretender dar lecciones de buen juicio a los mortales: me movieron mi religiosidad y la pena que me inspiran los desventurados. Pues, en un plano estrictamente natural, creo haber expresado en torno a la inmortalidad del

alma[1] opiniones acordes con las de Platón y Aristóteles y Plotino y con la razón y la tradición entre quienes con franqueza han hablado del tema. Pese a todo, en Platón se echa de menos seriedad, en Aristóteles orden, en Plotino una idea clara de los fines y las recompensas (aunque esta observación no es mía sino de Avicena, cuya opinión suscribo de grado como la más aceptable entre las de los filósofos).