Mi vida

Gerolamo Cardano · Capítulo 38 de 63

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Mi vida

Capítulo XXXII HONORES RECIBIDOS

Capítulo XXXII

HONORES RECIBIDOS

 

No he sido ni ávido ni codicioso ni amante de honores, como quien se da cuenta del mucho daño que hacen a la vida humana. La ira es un gran mal, pero pasajero; los inconvenientes que llevan aparejados los honores duran siempre.

En primer lugar, la afición a los honores agosta las riquezas, en tanto que evitamos el trabajo y los demás recursos que hay para ganar dinero, en tanto que nos vestimos y banqueteamos aparatosamente y sostenemos más criados de la cuenta. Asimismo nos empuja a la muerte por tantos caminos, que no acaban todos de venir a mi memoria: duelos, guerras, riñas, querellas insensatas, asistencia a la corte de los príncipes, comidas intempestivas, relaciones con mujeres de otros o con rameras.

En nuestro empeño desafiamos mares y proclamamos honroso morir por la patria. Era tradición familiar para los Brutos ofrecer la propia vida a los dioses infernales en medio de la batalla, Escévola se quemó él mismo la mano diestra, Fabricio rechazó el oro (este último rasgo tal vez sea propio de un sabio, en cambio los otros más bien corresponden a necios o incluso a

locos[1]). No me vale que presentes como excusa el nombre de la patria. ¿Qué es la patria (hablo ante todo de los romanos, cartagineses, lacedemonios y atenienses que con ese pretexto pretendían, siendo malvados, sojuzgar a los buenos y, siendo ricos, hacer otro tanto con los pobres) sino la alianza de unos cuantos tiranuelos para oprimir a los débiles, a los apocados y a gente que a menudo no hace mal a nadie? ¡Oh perversidad de los mortales! ¿Acaso crees que ellos eran tan pródigos de sus propias vidas, que atentos a su honra fueron capaces de afrontar por la patria la muerte? No, sino que eran unos campesinos pobres que se hacían el siguiente razonamiento: «¿Qué hay más bajo que yo? Si salgo con vida, estaré en el número de los príncipes de mi ciudad y —como éste, como aquel— seré dueño de propiedades ajenas al igual que ahora otros son los dueños de las mías. Si muero, mis descendientes pasarán de sostener la mancera a empuñar las riendas del carro triunfal». Este era el amor a la patria, el acicate del honor. No me gustaría comprender en estas acusaciones a las ciudades que luchan por su libertad ni a los príncipes que sacan de su alto rango como único beneficio defender la justicia, alentar a los capaces, promover a los pobres, fomentar buenas cualidades, hacer mejores a sus cortesanos y a quienes han llegado a un alto grado de poder de modo que la recompensa de tal honor sea sólo el esfuerzo. Y no es tampoco que sea connatural a las ciudades el vicio este de querer dominar a las otras, o connatural a sus habitantes el querer quedar por delante de los otros, sino que los imperativos de jerarquía dan pie al sojuzgamiento de unas ciudades por otras y las ambiciones generan las tiranías dentro de ellas.

Pero volvamos a los caminos trillados, porque esas doctrinas las conocen pocos. Los hombres se llevan nuestro tiempo, en tanto que nos vemos obligados a prestar oídos a un sinfín de gente, a un sinfín de saludos; se llevan los afanes que dedicamos a la ciencia, que es lo más divino que en el hombre hay. ¡Cuántos individuos se arrastran por los suelos que, sin ser alumnos aventajados, si dedicaran al estudio las dos horas que gastan diariamente en peinarse y acicalarse, en dos o tres años podrían ponerse a dar clases! Ahí tienes la recompensa y el valor de la honra. Estorba ella el cuidado de la casa e incluso el de los hijos. ¿Qué más insensato? Nos expone a la envidia, de la envidia sale la malquerencia y la rivalidad, de éstas los chismes, insultos, acusaciones, asesinatos, menoscabo en la hacienda, tormentos; por ahí perdemos gran parte de nuestra libertad, si no toda. Más aún, si estás de acuerdo con el sentir popular, te quedas sin lo poco de bueno que en esta vida se nos deja: el gusto. Por ese camino, bajo la tutela por así decirlo del honor, marchamos, honrosamente sí, al encuentro del peor de los males: la dejadez. Ese camino toman los mozos ruines, por ahí se tambalean de los cimientos al tejado las casas y se derrumban. Todo lo que llamamos bueno lo es, menos la honra: los hijos son el comienzo de nuestra perpetuación, los amigos son parte no pequeña de nuestra ventura, las riquezas suponen bienestar, nuestras cualidades representan un consuelo en la desgracia y el aderezo de nuestra dicha, las asociaciones y gremios comportan una gran seguridad ahora, luego y siempre.

¿Acaso, pues, debemos en todo momento evitar los honores y rechazarlos? Desde luego que no. Primeramente cuando los honores hacen crecer las riquezas, las influencias y los beneficios, tanto en el caso de los que ocupan un cargo como en el de los médicos o los pintores y en general los

artistas, por aquello que se dice de que «los honores alimentan las artes»[2]. En segundo lugar cuando los honores (como hacen las sociedades y gremios) lo resguardan a uno de ciertos peligros, si uno está expuesto a la envidia desatada de la gente, los falsos testimonios o una condena improcedente. En tercer lugar cuando los honores reportan poder. Ello vale ante todo en la vida militar y en ciertos cargos públicos cuyas alternativas están sujetas a lo que llaman designación y a una jerarquía sucesoria. En términos generales te sirven para resarcirte de ultrajes y deshonras cuando quedan por debajo de tu nombre o para aprovecharte de los privilegios que llevan aparejados o cuando vives donde nadie te conoce. En cuarto lugar cuando puedes hacer valer tu honor gracias a tus cualidades y no hay excesivo esfuerzo en ello.

En dones de esta clase no fue avara la suerte conmigo. De niño, en Cardano, me acompañaba un nutrido séquito — una especie de buen augurio

de mi fortuna venidera[3]. Cuando adquirí conocimientos dé latín, pronto me hice famoso en mi pueblo. Luego, cuando me marché a Pavía, tuve también un séquito espontáneo y se me ofreció un contrato que, de haberlo aceptado,

me habría abierto el camino a importantes cargos junto al papa Pío IV[4].

Mis discusiones públicas fueron muy afortunadas y Matteo Corti me hizo el honor de participar en ellas conmigo.

Enseñé matemáticas un solo año, pues la universidad fue clausurada[5].

En el año 1536 me propusieron servir al papa Paulo III. Llevaba entonces dos años enseñando matemáticas, geometría, aritmética, astronomía,

arquitectura[6].

El año 1546 me ofreció un contrato el cardenal Morone para enseñar en Roma con honorarios a cargo del pontífice.

Al año siguiente, a través de Andrea Vesalio y el embajador del rey de Dinamarca, me llegó una propuesta de trescientos escudos de oro húngaros más seiscientos en pagarés sobre los impuestos de pieles nobles (estos escudos tienen una diferencia de un octavo respecto a los escudos reales, se pagan más tarde y carecen de garantías absolutas por estar expuestos en parte a oscilaciones imprevisibles); se añadían los gastos de manutención de mi persona, cinco criados y tres caballos.

Una tercera propuesta me vino desde Escocia; vergüenza me da consignar aquí el monto del contrato: en unos pocos años me hubiera hecho riquísimo.

La propuesta danesa no la acepté porque aquella región es demasiado fría y húmeda, sus habitantes son del todo bárbaros y están muy alejados de los ritos y dogmas de la Iglesia romana. La de Escocia la rechacé porque desde allí es imposible mandar dinero a través de agentes o correos ni siquiera a Inglaterra, mucho menos a Francia o Italia. Esto fue en agosto de 1552. En octubre de ese mismo año el príncipe de Bois-Dauphin, hombre muy aficionado a las letras, y Vilander, secretario del rey de Francia, me propusieron otro contrato de ochocientos escudos anuales (aunque me limitara solamente a besar, como dicen, la mano del rey y retirarme luego) y una ajorca de quinientos escudos. Otros requerían mis servicios en nombre del

emperador, que se hallaba poniendo sitio a Metz[7]. A ninguno di respuesta afirmativa: al emperador porque lo veía metido en dificultades enormes (al poco tiempo, a causa del hambre y el frío, perdió la mayor parte de su ejército); al rey porque no era justo dejar a mi señor para pasarme a su enemigo.

La cosa fue que durante mi viaje de Amberes a Basilea el ilustre Cario

Affaitati[8] me recibió en su villa de recreo y, a pesar de que yo declinaba su oferta, se empeñó en regalarme como fuera una mula estupenda que valía cien escudos. Era Affaitati un personaje de excepcional bondad, generoso y amigo de los hombres de valía. En este mismo viaje, el noble genovés Azzalino me ofreció un caballo asturcón (los ingleses lo llaman en su lengua ‘hobin’); me dio apuros aceptarlo, si no, lo hubiese cogido, pues nada a mi entender podía desearse que fuera más hermoso y más noble que aquel animal: todo él blanco, rollizo. Tenía además otro caballo idéntico a este y me daba a escoger.

Al año siguiente me ofreció un contrato el príncipe Don Ferrante (como era costumbre llamarle) con una pago de treinta mil escudos si entraba de por

vida al servicio de su hermano el duca de Mantua[9]. El primer día me pagaría al contado la suma convenida de mil escudos. No quise aceptar. Don Ferrante estaba extrañado y lo tomó a mal. Lo movía a ello el que me hubiera propuesto un trato que según él era honroso, pero que a mi entender no lo era tanto, y asimismo el que sus peticiones no hubieran valido de nada teniendo que pasar a las amenazas. Comprendió a la postre por qué yo (a la manera de los armiños) prefería morir antes que mancharme: de aquel día en adelante me guardó mucho aprecio como es lo propio de quienes tienen corazones generosos.

Se me presentó, como he contado, el año 1552 una sexta oportunidad por parte del virrey Brissac que me ofrecía de todo a instancias del ilustre Ludovico Birago, nuestro paisano. Los anteriores me querían de médico, éste de ingeniero militar. Pero aquello quedaba muy lejos de mis aspiraciones.

De paso, antes de que se me vaya de la cabeza, quiero aclarar, aunque sea en una palabra, por qué me ofreció un contrato tan sustancioso un rey tan pobre como el de Escocia, cuyas rentas, según se dicen, no suben de cuarenta mil escudos de oro al año. Tiene por debajo a los nobles que en número (se dice) de catorce mil —aunque yo no diría que son tantos— están comprometidos (otros aseguran que lo hacen a modo de favor) a permanecer acampados en armas para la defensa del reino durante tres meses. Cuando alguno de ellos muere, el rey es el tutor de sus hijos (normalmente el rey delega en alguien esta función) hasta que el mayor cumple o pasa de los veintiún años. Hasta entonces, restados los gastos de mantenimiento y ropa, todos los beneficios son para el tutor, que no tiene que rendir cuentas, ya que actúa en nombre del rey. Y lo que es más grave, el tutor puede desposar a los huérfanos —varones o hembras— con quien quiera, siempre, eso sí, que sea noble el novio o la novia; la dote no se fija según las condiciones del pupilo, sino obligadamente según las del tutor que lo ofrece en matrimonio.

Vuelvo al tema. En Pavía fui contratado tres o cuatro veces por el Senado de Milán; el de Bolonia me contrató tres veces, si bien la última el contrato no surtió efecto.

Cuarenta nobles aguardaban en París mi regreso de Escocia para servirse de mis conocimientos médicos. Uno solo por su cuenta me ofrecía mil escudos. Pero resultaba arriesgado cruzar la ciudad y, la verdad sea dicha, no me atreví. Sobre este particular hay una carta del presidente del Tribunal de París, Aimar de Ranconet, hombre, como he dicho en otra parte, muy versado en griegos y latines.

Mientras viajaba a través de Francia y Alemania lo que me pasó no fue

diferente de los que en tiempos le pasó a Platón en Olimpia[10].

Ya he contado cómo leí ante el gobernador de la ciudad el testimonio del

Colegio de Padua[11]. Algo no muy diferente de lo anterior es el hecho de que obtuviera todos los votos de los más de cuarenta votantes que eran (en territorio de Venecia es preceptivo que estos asuntos se resuelvan por

unanimidad[12]). La misma suerte corrí en el Senado de Bolonia, donde eran veintinueve los votantes y fui elegido por veinticinco votos, siendo veinticinco el mínimo de votos requerido.

Y está también aquello otro de que conozcan mi nombre no sólo las naciones todas sino los príncipes y reyes y emperadores del mundo entero. Decirlo puede parecer chocante y fatuo, pero no por ello es menos verdadero.

Puede que no estimes cada una de estas cosas por separado, pero el montón que forman todas no puedes en modo alguno despreciarlo: el conocimiento de multitud de cosas, los viajes, los peligros, los puestos ocupados, los contratos que me ofrecieron, el trato con los príncipes, la fama, los libros, las curaciones y otros acontecimientos prodigiosos, dones

peregrinos y casi sobrenaturales, el espíritu que me asiste[13], el conocimiento

del esplendor[14], la pertenencia a tres Colegios médicos: el de Milán, el de Pavía y el de Roma. De todos estos honores ninguno ha sido pretendido, ni siquiera solicitado por mí, excepto el ingreso en el Colegio de Milán (que tuvo lugar a fines de agosto de 1539) y la cátedra de Bolonia: en ambos casos me obligó la necesidad, no me empujó la ambición. El Senado de Bolonia,

por otra parte, me honró con la ciudadanía honoraria[15].

En resumidas cuentas, que la honra, como he dicho, es pobre cosa para un hombre. No obstante, si de ella tratamos aquí, no sólo he conseguido la suficiente, sino mucha más de la que esperaba, como por ejemplo con el

sobrenombre ese que me han dado[16].

Pero pasemos ahora a hablar de la deshonra.