Mi vida
Capítulo LIV EPÍLOGO
Capítulo LIV
EPÍLOGO
Heme aquí, a resguardo de toda sospecha de mentira, como quien ha pasado la vida en la pasión por la verdad, a la que acompañan siempre el amor de Dios, la esperanza de bienes eternos, la posesión de toda grandeza y las ventajas de la sabiduría. Y no voy ahora a echarlo todo a perder de un golpe: dejemos eso para aquellos que por su inexperiencia se dejan engañar o que disfrutan echando mentiras o que dan en exagerar lo que oyen, lo que leen y hasta lo que ven, con intención de hacer pasar por buenas sus imposturas. Pero se me preguntará qué es lo que me mueve a confiar en que la gente crea unas historias de las que ni una sola, aunque mil testigos corroboraran el testimonio del narrador, sería creída. Nada, desde luego, sino el amor a la verdad. Pero los hombres, como aves carroñeras, andan a la gresca los unos con los otros; los libidinosos, rateros, traidores y despiadados son como pájaros de mal agüero, cuervos o cornejas; los más nobles son como águilas o halcones y restallan de engreimiento y furia. ¿Qué tiene de extraño que estos hombres no reparen en nada de lo que cuento, a pesar de que los libros de todos los historiadores así sagrados como profanos estén llenos de casos parecidos? En lugar de los que me contradicen tengo para estar de acuerdo conmigo a Dios y a la máquina celeste repleta de bienaventurados y sabios, en lugar de unos pocos tengo a los que son en número infinito, a los veraces en lugar de los mentirosos, a los cuerdos en lugar de los locos. Los príncipes, como en la Antigüedad, deberían preocuparse únicamente de castigar a quienes atacan a las personas honradas y cultas, pues si descuidan este cometido, uno solo les ha de pedir cuenta de todo y por todos (aparte de que su poder vendrá a tierra). No he alegado antes mis éxitos en el campo de la medicina por vanagloria (¿o se piensa acaso que soy tan tonto que quiera con esa propaganda engrosar mi bolsa?), sino para que la gente, en tanto que se puede llegar al fondo de la verdad, vea que soy lo que digo, esto es, veraz, honrado y poderoso gracias a un espíritu divino. Por lo demás, dado que las cosas humanas llegan a ser lo que son a base de pericia, cálculo, previsión, inspiración, ocasión, arrojo y azar, tenemos que la pericia segura es la que se asemeja a la del artesano; los designios de los hombres dependen de su albedrío (si esos hombres no son amigos nuestros, no los cambiarán ni con favores ni con represalias inesperadas, como enseña la experiencia); la inspiración es un mirlo blanco y a nadie basta para todo; la ocasión — particularmente la que se ve venir— es buena aunque no está a la vista para siempre; el cálculo —y más cuando es un cálculo elaborado— es para el hombre con experiencia tan seguro como nocivo es el azar y nefasto el arrojo (excepto alguna que otra vez en la guerra, que es ciega). En los dominios del cálculo tengo mi libro Actus; en el puesto de las instancias divinas, la iluminación, cuya naturaleza puede sugerir pero no describir; en el puesto de las cosas sobrenaturales, mi espíritu, cuya naturaleza no puedo ni insinuar ni describir ni está bajo mi potestad.