Mi vida

Gerolamo Cardano · Capítulo 49 de 63

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Mi vida

Capítulo XLIII SUCESOS DEL TODO SOBRENATURALES

Capítulo XLIII

SUCESOS DEL TODO SOBRENATURALES

 

No consideraré milagro lo que me ocurrió en Pavía siendo estudiante. Una mañana, antes de despertar, oí un golpe en la pared. La habitación de al lado estaba vacía. O í otro golpe al despertar y otro luego, como de martillo. Por la tarde supe que a la hora de los golpes había muerto Galeazzo de Rossi, el gran

amigo mío del que tantas cosas he dicho[1]. En primer lugar, pudo deberse todo a un sueño en estado de duermevela; en segundo lugar, pudo originarse de una causa natural, como la consabida corriente de aire; en tercer lugar, cuando me vieron impresionado por el suceso y quedarme en la casa asustado el día entero, los familiares pudieron muy bien sacar a relucir lo de la muerte y trasladarla al amanecer de los golpes pese a que se había producido mucho antes, pues raros son los que mueren a la hora del alba. Por consiguiente, este prodigio, en tantos sentidos dudoso, no lo pondré entre los milagros, sino que dejaré al arbitrio de cada cual trazarse un juicio al respecto.

Luego tenemos que el año 1536, cuando vivía en la Puerta Tosa, —era, si no me equivoco, por el mes de julio—, al salir del comedor al patio, sentí un fuerte olor, como de cirios recién apagados. Presa del miedo, llamé a mi criado y le pregunté si había sentido algo. Entendió que no me refería a ruidos sino a olores, y me respondió: «¡Vaya, qué olor a cera tan fuerte!». «No digas nada» —le dije. Pregunté a una criada y a mi mujer, y todos se quedaron maravillados del olor excepto mi madre, que, probablemente porque se lo impedía un resfriado, no percibía nada. Así pues, considerando que el portento anunciaba alguna muerte próxima, cuando me fui a la cama, no pude conciliar el sueño. Pero he aquí que se produce otro prodigio mayor que el anterior: oíanse gruñir en la calle unos cerdos, cuando allí no había ninguno, y luego lo mismo de unos gansos graznando. «¿Qué tiene que ver esto conmigo?» —me decía—. «¿A qué tantas señales aciagas? ¿Por qué tras los cerdos han venido los gansos?». Toda la noche, en efecto, siguieron los gansos graznando. Por la mañana me hallaba impresionado ante tantos presagios y sin saber qué hacer. Después del almuerzo me puse a dar un paseo por las afueras de la ciudad y al volver a casa me sale al paso mi madre diciéndome que me diera prisa, que le había caído un rayo a nuestro vecino Giovanni, el que fuera en tiempos comisario de la peste. Contaban que doce años antes, cuando por haber epidemia se encontraba en pleno ejercicio del cargo, robó mucho; tenía una concubina y nunca se confesaba y hasta puede que hiciera cosas peores. Era, como dije, mi vecino: su casa y la mía no estaban separadas más que por otra muy chica. Me llegué a verlo y me cercioré de que estaba muerto de verdad. Por fin entonces, con el fallecimiento de este individuo, quedé libre de preocupación. Dirás: «¿Adonde crees que apuntaba el prodigio?». A salvarme tal vez. Porque en algunas ocasiones, aunque pocas, me sentaba yo en el portal de su casa, que era sitio muy fresco, a charlar con él.

Otra advertencia tuve cuando mi madre estaba en las últimas. Una mañana desperté con el sol ya bien alto y (miraba pero nada veía) escuché (los conté uno por uno) quince golpes como de agua cayendo gota a gota sobre el pavimento. La noche antes había contado alrededor de ciento veinte golpes, pero abrigaba mis dudas, ya que los había oído a mi derecha y me temía que por aquella parte alguno de los de casa se estuviera burlando de mis angustias. Al parecer, pues, estos golpes no sonaron durante el día para otra cosa que parar dar credibilidad a los de la noche. Poco después, sentí por encima del artesonado un golpe estrepitoso como si un carro cargado de tablas soltara su carga de una sola vez. Retembló toda la habitación. Mi madre, como he contado, murió al poco tiempo. El significado de todos esos golpes lo desconozco.

Pasaré por alto lo que a mediados de junio de 1570 me pareció sentir: que andaba alguien por casa de noche (pese a estar la puerta cerrada y las ventanas atrancadas) y que se sentaba a mi lado sobre un arca que crujía. Todo puede achacarse tal vez a un exceso de imaginación, ya que no pude interrogar a ningún otro testigo de lo ocurrido.

¿Quién fue el qué me vendió un Apuleyo en latín cuando yo contaba, si no recuerdo mal, veinte años? Me fui al punto con mi libro y yo, que hasta entonces no había ido sino una vez a la escuela, que no tenía ni idea de latín,

que había comprado el libro como un tonto creyendo que era de oro[2], al día siguiente estaba tan puesto en latín como lo estoy ahora. Casi por la misma época aprendí igualmente el griego y el español y el francés, aunque sólo lo bastante para leer libros de mi materia en esas lenguas. Se me escapan del todo la conversación, las obras de ficción y las reglas de gramática.

El año 1560, por el mes de mayo, dado que con la pesadumbre que me causó la muerte de mi hijo había ido yo poco a poco perdiendo el sueño y de nada me servían ni los ayunos ni las palizas que me daba en las piernas cabalgando por esos campos ni el juego del ajedrez que para matar el tiempo practicaba con el amable joven Ercole Visconti (que con tanto trasnochar empezaba ya también a padecer insomnio), pedí al Señor que se compadeciera de mí, porque con aquel insomnio inacabable era fuerza o morirme o volverme loco o, cuanto menos, dejar de dar clases. Pero es que si dejaba mi puesto de profesor no tendría con qué ganarme honradamente la vida; si me volvía loco sería el hazmerreír de todos, perdería lo que me quedaba de mi hacienda, no se me presentaría a mis años la oportunidad de un nuevo contrato. Le rogué por tanto a Dios que me diese la muerte, pues es común patrimonio, y me fui luego a dormir. Era ya una hora avanzada de la noche y a las siete tenía obligación de levantarme: apenas me quedaban dos horas para descansar en la cama. Pero se apoderó de mí el sueño y al punto soñé que oía una voz entre tinieblas que se me iba acercando sin que pudiera discernir de quién era. Decía: «¿De qué te lamentas?», o bien: «¿Qué te aflige?». Y sin aguardar respuesta añadió: «¿La muerte de tu hijo a manos del verdugo?». A esto yo: «¿Es que lo dudas?». Y entonces me contestó la voz: «La gema que llevas colgada de tu cuello, ponía sobre tu boca y, mientras la tengas así, no te acordarás de tu hijo». Desperté luego y me puse a considerar qué tendría que ver la esmeralda con el olvido. Ahora bien, como no tenía otra opción, recordando aquellas palabras referidas a Abrahán, «Creyó en la esperanza y contra la esperanza y se le tuvo en cuenta para su

justificación»[3], me coloco la piedra en la boca y he aquí que sucede lo increíble: olvido inmediatamente todo lo que tenía que ver con los recuerdos de mi hijo, tanto entonces, pues me volví a dormir, como en lo sucesivo hasta cosa de año y medio después, cuando escribí el libro titulado Theonoston o libro segundo de los Hyperborei. Por aquel entonces, cuando estaba comiendo o dando clases, como no podía recurrir a la esmeralda, soportaba mi tortura entre sudores de muerte. De este modo recuperé del todo el sueño y volví, creo, a la normalidad. Lo más asombroso de todo es que en el paso del recuerdo al olvido y al revés jamás hubo tardanza alguna, eso me parecía.

La noche del 15 de agosto de 1572 estaba yo despierto con la lámpara encendida. Poco faltaba para las dos. He aquí que siento un gran estrépito a mi derecha, como si hubieran descargado un carro cargado de tablas. Miro hacia el sitio, esto es, hacia un pasillo que daba a la habitación donde dormía mi criado (la puerta estaba abierta) y veo entrar a un campesino. Por muchas razones yo lo observaba atentamente, cuando me espetó desde el mismo umbral de la puerta: «Te sin casa». Dicho esto, se esfumó. No reconocí la voz ni la cara ni he podido averiguar qué significan esas palabras, sea en la lengua que sea.

Ya he aclarado en otro momento el sentido de estos sucesos, pero si alguno me plantea por qué les suceden a tan pocos y por qué, siendo ello así, se lanzan los hombres a la búsqueda de poder, honores e influencias sirviéndose de tantos artificios maravillosos y hasta nefandos, le contestaré que no es este el lugar para dilucidar tales cuestiones, ni están hechas mis espaldas para peso tan grande, sino que hay que dejar todo en manos de los teólogos: bastante tengo yo con contar la verdad de la historia.

Omitiré lo de aquel trueno que en Bolonia pasó por encima de mi dormitorio sin relámpago aunque también sin retemblor, lo que es menos aciago (cuando produce un retemblor como de tablas entrechocando siempre trae mala suerte). Pero no le siguió la muerte de nadie salvo la de mi madre, si bien ella se encontraba ya en las últimas, consumida por la enfermedad y la vejez. Igualmente pasaré por alto lo del reloj obstinado, pues bien puede deberse a causas naturales, o lo de la tierra aquella que por los meses de octubre y noviembre del año 1559 aparecía cada mañana removida debajo y alrededor de la hornilla. Son cosas todas que vi con mis propios ojos y a la luz del día, no medio dormido.

Hacia el 25 de abril de 1570 acababa yo de redactar un dictamen médico para mi protector el cardenal Morone y una hoja se me cayó al suelo. Contristado, me levanté y, al tiempo que lo hacía, la hoja se alzó por los aires, fue volando hasta el ábaco y allí se quedó fija y vertical sobre los travesaños. Movido por mi asombro, llamo a Rodolfo Silvestri y le muestro el prodigio. Pero él no había visto el movimiento de la hoja ni yo pude (como que no me esperaba una desgracia tan grande) comprender qué barruntaba aquello, esto

es, que tras el hundimiento de mi suerte[4], soplarían para mí vientos más favorables.

Después de este suceso, por el mes de junio, si no me equivoco, esataba escribiendo a este mismo Morone y he aquí que echo de menos el recipiente de la arena para secar. Tras buscarlo largo rato por todas partes, tomo una hoja de papel para recoger tierra del suelo y espolvorearla sobre mi escrito y veo que debajo de esa hoja estaba escondido el tarro de arena con seis dedos de alto, redondo, que si le midieras el diámetro haría unos cuatro dedos. ¿Cómo pudo ser que me pasara inadvertido, cuando yo estaba escribiendo sobre la superficie plana de la mesa? El incidente tenía que ver con el tema de mi carta: confirmaba las esperanzas que me había trazado de que el cardenal,

con su generosidad y sapiencia, sabría conseguir del mejor de los papas[5] que no recibiera yo negativas a cambio de tantos esfuerzos.

Todos estos extremos fueron reiterados, allanados y certificados por lo que vino después, el día 9 de octubre de ese mismo año (yo había sido detenido el día 6 y ya tenía pagada una fianza de mil ochocientos escudos de

oro). A las nueve de la mañana y cuando ellos[6] se habían ido, le dije a Rodolfo Silvestri que cerrara la puerta de la celda. Se resistía a cumplir mi orden y le extrañaba mucho aquella intempestiva decisión mía. Insistí, no obstante, bien porque Dios así lo quiso, bien porque mi razón me movió a poner algo de voluntad en aquello que me veía forzado a sufrir. Obedeció, pues, y he aquí que de pronto golpearon en la puerta tan recio, que pudo oírse muy lejos; acto seguido, ante nuestra espera, los golpes se pasaron al postigo de una ventana, por donde irrumpía a esas horas el sol, y luego saltó a los batientes y a las rejas que, por estar a su lado, resonaban. Allí enmudeció. Al darme cuenta del fenómeno, al punto empecé a lamentar mi suerte. Pero resultó que lo que yo interpretaba como una aviso cierto de muerte infamante anunciaba mi liberación. Poco después, en efecto, me puse a razonar conmigo mismo del siguiente modo: «Si tantos nobles, aun siendo mozos, sanos y ricos, se exponen a una muerte segura por complacer a sus reyes, cuando es claro que si mueren nada podrán esperar de ellos, ¿cómo es que tú, un viejo decrépito y poco menos que sin honra, no eres capaz de afrontar tu responsabilidad si te declaran culpable o la injusticia si resultas ser inocente ante Dios, que en su bondad te ha mostrado que tiene a la vista tus asuntos?». Con estos pensamientos me parecía estar a buen recaudo de la muerte, que

tanto temor me inspiraba siempre[7], y vivía contento en la medida en que un hombre puede estarlo. Pude así alargar mi vida que de antemano estaba sentenciada, pues en otros tiempos no podía ni pisar una cárcel sin que al punto sintiera ahogos de muerte. De este presagio tan asombroso fue testigo, como he dicho, Rodolfo Silvestri, que al año siguiente había de obtener el doctorado en medicina.

Estos sucesos maravillosos presentan la particularidad de que cuando están ocurriendo o acaban de ocurrir acaparan toda la atención de la persona, pero cuando la cosa se enfría, su recuerdo se hace tan tenue, que si no lo sujetas bien, clavándolo, por así decirlo, en tu memoria, casi llegas a dudar de haberlos visto u oído. Creo que ello ocurre por razones mucho más profundas que la distancia que separa la condición humana de las causas de tales fenómenos. Sé qué clase de burlas y risas provocarán algunas de estas cosas en quienes quieran hacerse pasar por ingeniosos. El primero de ellos Polibio, aquel filósofo sin filosofía, que ni siquiera supo cuál era el oficio de historiador sino que de puro prolijo resultó ridículo (aunque a ratos es admirable, como cuando habla de los aqueos en el libro segundo de sus

Historias[8]. ¿Para qué más? Con razón decía Tartaglia que nadie lo sabe todo. Digo más, quienes no saben que ignoran muchas cosas, ésos no saben nada. Ahí tienes a Plinio, que, a pesar de haber escrito su brillante Historia

natural [9] , resultó un burro a la hora de hablar del sol y las estrellas. Por tanto, ¿qué nos ha de extrañar el que Polibio al meterse en cuestiones más profundas y peregrinas dejara ver tan a las claras su rudeza? Me basta con saber que el conocimiento y aprecio de estas maravillas son para mí —lo juro solemnemente— más valiosos que el imperio eterno sobre la tierra toda.

¿Qué pasaría si añadiera aquí los casos que me contaron personas mayores que yo de mi familia, tan parecidos a fábulas y, por tanto, dignos tal vez de risa, si después de todo los oí y puedo salir fiador de ellos? ¿No podría entonces parecer insignificantes también los que acabo de contar? Pero no me he atrevido a confiar tanto en el buen juicio y la escrupulosidad de mis antepasados como para considerarme llamado a dar fe de esos casos. No obstante, me limito a reseñar aquí que en torno a los moribundos, particularmente si su muerte era repentina, se dieron con frecuencia sucesos extraordinarios, sobre todo cuando los moribundos eran muy buenos o muy malos. Y si es así, no puede tratarse tanto de accidentes fortuitos como de signos naturales o divinos. Y no importa que las mentes estén sobrecogidas de espanto o alteradas o indecisas, pues los sentimientos incontrolados en prodigios de otra clase eliminan las ideas falsas, no las fomentan. ¿Qué de particular tiene que una niña que le pide a Dios la excarcelación de su padre lo vea en sueños? Pero basta ya. Me he limitado a reseñar lo más sucintamente posible cuándo y cómo ocurrieron unos hechos que están lejos de toda sospecha de error o truco. He pasado por alto una cantidad inmensa de prodigios que, aunque evidentes para mí, carecían de un valor ejemplar grande o habían llegado a conocimiento mío por testimonios directos pero

insuficientes, como podrá colegir de nuestros [10] Comentarios quien quiera. Sólo te pido, lector, que cuando leas estas cosas no pongas tus miras en humanas vanidades sino en la anchura y grandeza del mundo y de los cielos y las compares con estas estrechas tinieblas donde nos revolcamos entre angustias y desventuras: comprenderás fácilmente que no estoy contando nada imposible de creer.