Mi vida

Gerolamo Cardano · Capítulo 44 de 63

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Mi vida

Capítulo XXXVIII CINCO PRERROGATIVAS QUE ME HAN AYUDADO MUCHO

Capítulo XXXVIII

CINCO PRERROGATIVAS QUE ME HAN AYUDADO MUCHO

 

Hasta este momento vengo hablando de mí como hombre, y hombre por naturaleza y educación un tanto inferior a los otros. A continuación voy a hablar de una característica mía que es, por así decirlo, admirable, y tanto más admirable cuanto que siento que en mí hay algo que no sé lo que es, y que yo soy ese algo, pues percibo que no se distingue de mí, aunque se hace presente cuando encarta, no cuando quiero.

Lo que luego se sigue supera mis fuerzas. Se dejó notar a fines de 1526 o tal vez a principios del año siguiente, de suerte que ya han pasado de aquello más de cuarenta y ocho años. Siento que, desde fuera, se me mete en la oreja algo acompañado de un zumbido que me llega en línea recta del lugar donde están hablando de mí. Si están hablando bien, me viene por la oreja derecha y, aunque proceda de la parte izquierda, por la oreja derecha me entra, a la par que un zumbido acompasado o, caso de que quienes estén hablando de mí estén discutiendo, un extraño alboroto. Si están hablando mal, me viene exactamente del sitio donde se producen las críticas y, en cosecuencia, me entra por cualquiera de las dos orejas. Muy a menudo, cuando una deliberación acaba mal para mí, el ruido de la parte izquierda, en el instante en que debía cesar, aumenta y se multiplica. Muchas veces también, si hablan de mí en la misma ciudad donde estoy, sucede que en acabando el zumbido llega un recadero a llamarme de parte de los que estaban hablando. Y si es en otra ciudad y llega recadero, comparas el tiempo que hace del aviso en el oído con el tiempo que empleó el recadero en su viaje y coinciden, y aparte compruebas que conozco en su literalidad el resultado de la deliberación. Esta prerrogativa se mantuvo hasta el año 1568 por la época en que se producía la

conspiración contra mí; me extrañó que el fenómeno cesara[1].

A los pocos años, o sea, unos ocho años después, esto es, el año 1534, empecé a ver en sueños lo que iba a ocurrir en breve tiempo. Si era algo de ese mismo día, lo soñaba luego de amanecer, viéndolo claro y desarrollado tal como ocurriría. Tanto es así, que en un momento dado vi mi pleito con el colegio de médicos — la deliberación, el acuerdo general y mi rechazo— y en otro, que lograría obtener la cátedra de Bolonia. Esta virtud mía cesó un año antes que la otra, a saber, el año 1567, cuando Paolo, que vivía conmigo, se marchó; duró, por tanto, alrededor de treinta y tres años.

La tercera prerrogativa ha sido la iluminación[2]. La he ido desarrollando poco a poco. Tuvo su arranque por el año 1529. Fue aumentando pero no llegó a completarse sino cuando cumplí los setenta y tres años, a fines de agosto y principios de septiembre de 1574, si bien es verdad que sólo ahora en el año 1574 es cuando la he llevado al remate de la perfección. Es algo que no me abandona y que, en sustitución de mis dos cualidades anteriores perdidas, me defiende de mis enemigos y del rigor de las desgracias inevitables. Está hecho a base de entrenamiento y de una luz exterior que me rodea; gozosa en demasía, ella sola presta más apoyo a mi prestigio, mis actividades, mis ganancias y la solidez de mis estudios que las otras dos juntas. Y no me aparta de las tareas habituales y del trato con la gente, sino que me deja listo para cualquier eventualidad. Para la redacción de libros es útilísima y parece como lo más profundo de mi naturaleza, pues me permite tener presente a la vez todos los aspectos de un cuestión. Si no es algo divino, es la obra más acabada de los mortales.

Viene luego mi cuarta prerrogativa, que comenzó el año 1522 y duró hasta 1570 o 1573. Conviene saber: el que yo haya visto constantemente tantos prodigios, milagros y cosas parecidas, y ello durante cincuenta años seguidos. Se me ha otorgado, a lo que creo, para que me consuele después de que contra toda esperanza conservé la vida y para que se robustezca mi fe y entienda que soy de Dios y El lo es todo para mí, no fuera que llevara a cabo alguna acción impropia de quien recibió tanto. Y si alguno dijere: «¿Por qué no ven tales maravillas o parecidas todos los hombres?». «Qué importa» —respondo— «que las sientan muchos si para ti no son claras y evidentes?». «Pero ¿qué prueba de amor es la muerte violenta de un hijo?». «Si alguien tiene a su alcance la inmortalidad, decídmelo; si no es así, ¿qué más me da? Porque todas las muertes son amargas y casi idénticas excepto la del anciano, que a su vez iguala el dolor de las otras con la larga espera de lo inevitable».

Una quinta peculiaridad, y esta se mantuvo siempre, consistió en no salir a flote sino cuando ya desesperaba y en no hundirme sino cuando prosperaba, como galeón en la tempestad: de los abismos a la cresta de la ola, de las alturas al remolino, y así toda la vida. ¡Ay, cuántas veces lloré mi más que lamentable estado! No sólo porque todo se iba a pique y tenía perdida toda esperanza de salvación, sino porque ni siquiera cuando en la imaginación organizaba mis asuntos a capricho hallaba modo de salir adelante. Luego, sin afanes ni fatigas de mi parte, en el espacio de dos o tres meses, veía cambiar todo. Era como para pensar que los efectos superaban mis intenciones y que un poder superior actuaba allí, y ello tantas veces que sería penoso enumerarlas todas. En esas alternativas de la suerte me ocurrió con frecuencia la quiebra simultánea de todas mis empresas.