Mi vida
Capítulo XIV VALIA Y FIRMEZA
Capítulo XIV
VALIA Y FIRMEZA
A pesar de que hay muchas cosas en las que el hombre yerra, en ninguna, si embargo, sufre mayores alucinaciones que en la cuestión de la firmeza. Ante todo porque la verdadera es don divino, mientras que la otra queda para los necios y los locos. Cualquiera criticaría como absurda y de todo punto fatua la entereza de Diógenes cuando al sol del verano se revolcaba sobre la arena
caliente y en invierno abrazaba desnudo gélidas columnas[1]. En cambio fue
virtud egregia la del noble veneciano Bragadin[2] al soportar aquello para lo que no quiso prestarse como ejecutor ni uno solo de sus engreídos vencedores. Mereció gloria inmortal el dejarse despellejar vivo y, si fue don divino el haberlo podido soportar, fue don humano el haberlo querido. Y aunque en la adversidad destaque más la constancia, tampoco deja de aprovechar en la prosperidad las ocasiones de despertar admiración. Y al revés, si a uno le faltan oportunidades, no por ello, sin embargo, debe ser considerado menos perseverante. Porque como sucede que en esta virtud cabe errar de mil modos, no hay que tener por honroso el mero soportar sufrimientos ni por infamante el que nos falten ocasiones para ello; tampoco debemos considerar responsabilidad nuestra lo que la naturaleza nos ha negado. Y no es que me esté defendiendo porque me faltaran de alguna manera ocasiones, pues nadie es tan enemigo mío ni tan injusto juez de mis actos, que no se admire de mi aguante ante la adversidad y de mi moderación en la posperidad; como tampoco nadie puede echarme en cara sea el haber cedido a los deleites sea el no haber afrontado las dificultades. Me refiero a placeres, espectáculos, enfermedades, debilidad física, críticas de rivales, desgracias, pleitos, agresiones, amenazas de los poderosos, sospechas de algunos, desórdenes en la familia, carencia de muchas cosas, disuasión en boca de muchos — amigos verdaderos o aparentes—, además de los peligros causados por tantas herejías como mi época ha visto nacer. Pero fuera cual fuera mi suerte en medio de tantos sucesos venturosos, jamás hice mudanza en mis costumbres, ni me volví más intratable, ni más ambicioso, ni más inquieto, ni di en despreciar a los humildes, ni en olvidar a mis antiguos amigos, ni me hice más duro en mi trato, ni más altanero al hablar, ni gasté ropa más elegante (excepto cuando lo exigía el papel que estaba representando o porque, como dije al principio, mis vestidos estuvieran totalmente pasados de moda a causa de mi falta de recursos).
En la adversidad, por el contrario, no he mostrado un carácter tan firme, ya que me he visto obligado a soportar algunas penalidades que estaban por encima de mis fuerzas. Cuando se presentaban, me imponía a la naturaleza mediante artificio. Así, en medio de las más tristes aflicciones me azotaba las piernas con una vara, me mordía con saña el brazo izquierdo, ayunaba y me aliviaba llorando a lágrima viva, si es que era posible llorar, porque las más de las veces no podía. De otro lado, luchaba con las armas de la razón diciéndome: «Nada nuevo ha ocurrido, tan sólo ha cambiado el momento anticipándose. ¿Acaso era posible que alguna vez no me viera yo sin la presencia y trato de mi hijo para siempre? Lo que me han quitado han sido unos pocos años: ¿qué son comparados con la eternidad? En fin, si lo sobrevivo pocos años, escasas han sido mis pérdidas; si muchos, la vida me parecerá más larga, quizás me ocurran cosas que alivien mi dolor y me permitan ganarle eterna gloria. ¿Y qué si este hijo mío no hubiera nacido?». Pero a pesar de que me hallaba ante un dolor que me superaba, me sentí consolado (como referiré luego) por la bondad de Dios y un prodigio
manifiesto[3].
En mis actividades he sido, desde luego, más perseverante, sobre todo en la redacción de mis libros, tanto, que cuando se me presentaba una buena ocasión ya no me apartaba de mi propósito, sino que persistía en la tarea emprendida, pues me percataba de que el mudar de intención había perjudicado mucho a mi padre. No creo que nadie desapruebe mi conducta
cuando ingresé en la Academia paviana de los [4] Affidati en la que había no pocos príncipes y cardenales de primer rango: ya el ingreso lo hice movido por ciertos temores y luego, al ausentarme de Pavía, ni me retiré ni me di de baja. Pero cuando el rey se presentó allí con todos sus arreos, me quité de enmedio diciendo que toda aquella pompa no iba conmigo.
Acerca de la virtud no cabe decir más que aquello de Horacio:
virtus est vitium fugere[5].
Nunca rompí una amistad y, si por una casualidad lo hice, jamás revelé una confidencia ni la usé contra quienes fueron mis amigos; más todavía, no me atribuí ninguna cosa que perteneciera a otro. En este punto Aristóteles falló un poquitín y Galeno descendió hasta una polémica de lo más vergonzoso: aquí sólo le ando a la zaga a Platón. Prueba de ello es, por ejemplo, la actitud de un hombre comedido como Vesalio, que se enfadó por unas diferencias sin
importancia con Corti[6] y no quiso hacer mención de él en parte alguna de su obra; en cambio yo, sólo por amor a las buenas letras, a pesar de que este mismo Corti me acusó de robo por retener la señal de un préstamo que había hecho sin testigos, no miré con malos ojos su ciencia. Fue por esto por lo que Corti, cuando se fue a vivir a Pisa y le preguntó el Senado de Bolonia si yo podía sucederle, contestó que nadie mejor que yo. Y como los del Senado sabían que no habíamos hecho las paces, me concedieron su cátedra.
Lo que sí creo que entra dentro de mis virtudes es el no haber dicho mentira desde mis años mozos, el haber aguantado con paciencia pobreza, calumnias y tantas calamidades, así como el que jamás hayan podido acusarme de ingratitud con fundamento.
Pero basta ya con lo dicho.