Mi vida

Gerolamo Cardano · Capítulo 18 de 63

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Mi vida

Capítulo XII HABILIDAD PARA LOS DEBATES Y PARA LA ENSEÑANZA

Capítulo XII

HABILIDAD PARA LOS DEBATES Y PARA LA ENSEÑANZA

 

Sólo en este punto he sido entusiasta y constante. Impartí lecciones en Bolonia casi siempre de forma improvisada, de ahí que aquellos con los que yo iba a sostener un debate se retiraran desanimados. En cuanto a la célebre

discusión en tres jornadas que sostuve en Pavía con Camuzio[1] delante del Senado, al primer argumento que el primer día expuse, lo hice callar, a juicio incluso de todos mis rivales participantes en el debate. El episodio está

reflejado en las obras impresas de Camuzio[2]. Tan sonado fue este lance entre la gente, que se discutía no ya del tema del debate sino de una virtud mía que parecía inexpugnable. Y aún creo que se mantiene vivo el recuerdo de

aquello. Branda [3], que, como he dicho, fue mi maestro, atribuía mi victoria a mi capacidad y talento; mis rivales, al demonio; otros — con mejor criterio—, a que yo defendía la tesis mejor y más razonable. Y es que ni en Milán o Pavía o Bolonia, ni en Francia ni en Alemania, desde mis veintitrés años, he hallado para los debates un oponente a mi altura. Y no presumo de ello, pues aunque yo fuera un tarugo, conseguiría lo mismo; esto no indica un privilegio de mi condición o superioridad, sino que es el resultado de la ceguera de quienes se enfrentan conmigo. Si la sepia envuelve con su tinta al delfín y lo pone en fuga, no es mérito suyo sino su condición natural. Angelo

Candiano[4], en presencia de numerosos hombres de letras, argumentó contra mí y yo le contesté, le concedí a mi vez un desquite y no tuvo reparos en admitir: «He dicho públicamente que quería argumentar ante ti, pero no rebatirte». Y eso que era un médico muy sabio que había ocupado los puestos más altos aquí en la corte del duca, en Flandes y en la corte de la reina de Hungría, un personaje de mucho prestigio y, si algo importa, rico. De ahí que cuando yo confesaba mi incapacidad y mi inexperiencia, muchos dijeran: «En lo primero sabemos que mientes y que eres muy capaz; respecto a lo segundo estamos en la duda, pues no vemos a qué viene eso de llamarse inexperto, sobre todo en boca de quien tantas veces ha dicho que jamás miente».

En cuanto a mi modo inimitable de enseñar ya ha dejado de causar asombro en grado positivo —como dicen los gramáticos—, y el hacerlo en grado superlativo se ha convertido ahora en lo corriente.

Mis contrincantes no intentaron nuevas experiencias, pero no deja de haber sol cuando una espesa nube se le pone por delante ni tampoco debe uno atormentarse por tener en su alcoba espléndidas lámparas que los de fuera no quieren mirar, porque no hay miedo de que un don divino se eclipse. Las

flores adoran al Sol naciente, los garamantes[5] abominan de él. Y es que no sólo está doquiera la Providencia de Dios, sino que doquiera brilla una fuerza eterna.

Así pues, siempre he destacado en esa capacidad de improvisación para dar clases y hasta llegué a enseñar a otros cómo hacerlo. Y aunque pude parecer en estos menesteres un hombre superior, ni mis palabras despertaban simpatías ni tenía yo facultades oratorias, de modo que lo que por un lado ganaba por otro lo perdía. Porque en las polémicas he sido tan agrio, que todos me admiraban como modelo, pero ninguno se quería medir conmigo. Esa es la razón por la que he vivido apartado de esas prácticas mucho tiempo, sobre todo desde el día en que ocurrieron dos episodios de resultados imprevistos.

El primero tuvo lugar en Pavía. Branda Porro, mi maestro de filosofía por entonces, había terciado en la discusión ordinaria que yo sostenía con Camuzio sobre el particular, pues, como he dicho, me sentía atraído con frecuencia por la filosofía en la idea de que la medicina por sí sola no dejaba posibilidades de ganar fama. Branda adujo en cierto momento la autoridad de Aristóteles; una vez que acabó la cita, yo salté y le dije: «Ten cuidado porque falta un ‘no’ después de la palabra ‘blanco’ y la cita se vuelve contra ti». Branda exclamó: «De ninguna manera». Yo, con mi habitual flema, lo contradecía calmosamente, hasta que el maestro, fuera de sí, mandó a buscar el libro de Aristóteles; le digo que me lo dejen y hace que me lo den; leo la cita tal cual y el otro, sospechando que quería burlarme, me arranca el libro de las manos y se pone a decir que yo quería engañar a los oyentes; empezó a leer y, cuando llegó a la palabra en cuestión, la leyó; enmudeció y todos quedaron estupefactos. Clavaron en mí sus ojos los presentes llenos de asombro. Ocurrió por aquellos días que Branda marchó a Milán. El suceso se había comunicado por escrito a los senadores, que preguntaron si era verdad. El, como hombre sincero y honrado que era, les respondió: «Y tanto que es verdad: seguramente aquel día había bebido yo más de la cuenta». Los senadores callaron con una sonrisa dibujada en sus labios.

El segundo episodio me ocurrió en Bolonia con Fracanziano[6], que ocupaba la cátedra principal de medicina práctica. Se estaba realizando una disección anatómica ante la universidad en pleno y llegó al punto discutido del conducto de la hiel que va a parar al estómago. Leyó un pasaje en griego y

en ese momento lo interpelé diciendo: «Falta o [7] ὐ ». Me contestó: «De ninguna manera». Como yo seguía insistiendo tranquilamente, los alumnos dan en decir: «Que manden a pedir el libro». Aquel, seguro de sí, pide el ejemplar y se lo traen al punto; lee la cita y la halla tal como yo decía letra por letra; se calló pasmado, aunque más se asombraron sus alumnos que a la fuerza me habían arrastrado hasta aquel trance. Desde aquel día, Fracanziano ponía tanto empeño en no encontrarse conmigo, que hasta había ordenado a sus criados que le avisasen si me veían, no fuera que sin querer topara conmigo por las calles. Una vez me llevaron engañado a su clase de anatomía y salió huyendo, se pisó la capa y cayó de bruces ante el estupor de los presentes. Poco después pidió la excedencia a pesar de que tenía un contrato para muchos años.