Mi vida
Capítulo XXIX VIAJES
Capítulo XXIX
VIAJES
He visitado en mis numerosos viajes casi toda Italia, excepto Nápoles y Apulia con sus comarcas vecinas; asimismo Alemania, sobre todo la meridional, Suiza, los grisones, Francia, la que llaman Inglaterra y Escocia.
Pero tengo ganas de contar lo que pasó en este último viaje[1].
Era John Hamilton[2] arzobispo de S. Andrés en la capital de Escocia. Hermano bastardo del virrey, hacía las funciones también de nuncio pontificio y primado. Padecía dificultades respiratorias con ataques que en un principio eran espaciados pero que última mente, pasados los cuarenta años, eran cada ocho días y tan fuertes que casi creía morir. Realmente, durante veinticuatro horas, no había remedio que lo aliviase lo más mínimo. En vano había fatigado a los médicos de Carlos V, entonces emperador, y de Enrique, rey de Francia. O yó hablar de mí y a través de su médico de cabecera envió a Milán doscientos escudos de oro para que yo fuera a Lión o, como lo más lejos, a París, donde se reuniría conmigo. Yo, que, como referí, estaba entonces libre de la obligación de dar clases, acepté de grado sus condiciones. De manera que el día 22 de febrero del año 1552 me dispuse para la partida y, a través de Domodossola, Sion y Ginebra, por el monte Simplón y dejando atrás el lago Lemán, llegué a Lión el día 13 de marzo, que coincidió con el sexto día del Carnaval milanés según el cómputo popular.
Estuve aguardando allí cuarenta y seis días sin ver por parte alguna ni al arzobispo ni al médico que yo esperaba. Cubrí, sin embargo, mis gastos y hasta tuve ganancias: andaba por allí Renato Birago, noble milanés, capitán de la infantería real, con el que entablé tan estrecho trato, que, de quererlo yo, me habría pagado un sueldo de mil escudos de oro anuales por entrar al servicio del virrey Brissac.
Pero, entretanto, se presentó Guillaume Casanate [3], médico del arzobispo, que trajo consigo trescientos escudos más que me entregó para la etapa hasta Escocia. Aparte de costearme el viaje de esa manera, me prometía cuantiosas
recompensas. Así pues, por el río Loira[4], hice el trayecto hasta París, donde
hubiera podido ver aquellos días a Oronce Finé[5]; sin embargo, éste rehusó
venir a verme. Pude ver bajo la guía de Magny[6] el tesoro del rey de Francia en la iglesia de S. Dionis, prodigio por debajo de su fama y por encima de mis expectativas, sobre todo por la presencia en él de un cuerno completo de
unicornio[7] [8] . También me reuní con los médicos reales, comimos juntos, pero no consiguieron oírme después de la comida, pues habían querido que hablara el primero antes de ella.
Continué mi viaje dejando atrás a Fernel[9] [10] , a Silvio y a otro médico del rey amistados conmigo. Me encaminé hacia la Bolonia francesa. Por deseo del príncipe de Sarepont, me escoltaron catorce caballeros con sus armaduras y veinte peones hasta que llegué a Calais, donde todavía se puede ver una torre erigida por César. Por allí atravesé el canal, entré en Londres y por fin el 29 de junio estuve al lado del arzobispo de Edimburgo. Permanecí en esa ciudad hasta el 13 de septiembre y, después de recibir cuatrocientos escudos de oro, aparte de una ajorca que valía ciento veinticinco, un magnífico caballo asturcón y mil regalos más — ni uno solo de mi séquito regresó vacío—, llegué a Brabante y, en el territorio de Flandes, visité Gravelinas, Amberes, Brujas, Gante, Bruselas, Lovaina, Maliñas, Lierre, Aquisgrán, Colonia, Coblenza, Cléves, Andernach, Maguncia, Worms, Espira, Estrasburgo, Basilea, Neustadt, Berna, Besansón y Coira y Chiaverna en el territoiro de los grisones. Cruzando el lago de Como, rendí viaje en Milán el 30 de diciembre de 1552.
De todas estas ciudades sólo me demoré cierto tiempo en Amberes, Basilea y Besan^on. El caso es que los de Amberes pusieron gran empeño en retenerme.
En Londres hablé con el rey[11]: recibí como regalo cien escudos de oro y perdí quinientos (aunque otros dicen que mil —no me pude enterar bien) por no avenirme a darle cierto título al rey de allí en detrimento del papa.
En Escocia ingresé en el círculo de amigos del virrey de Francia, príncipe de La Celle.
En Basilea faltó poco — menos mal que me advirtió a tiempo Guglielmo
Grataroli[12]— para que me alojara en un mesón apestado.
En Besançon fui bien recibido por el obispo de Lisieux —como he recordado en otra parte—, que me hizo regalos tal como en las otras ciudades.
Así pues, he vivido en Roma cuatro años, en Bolonia nueve, en Padua tres, en Pavía doce, en Moirago los cuatro primeros, en Gallarate uno, en la aldea de Sacco casi seis, en Milán treinta y dos o poco menos, en tres tandas. Durante tres años he ido, por así decirlo, de acá para allá.
Aparte del viaje a Escocia, he visto Venccia, Génova, Roma y las ciudades que hay de camino, como Bérgamo, Cremona, Brescia y las demás; igualmente Ferrara y Florencia y, por el otro lado, Voghera y Tortona. En resumen, casi toda Italia, excepto el reino de Nápoles y las comarcas vecinas, como la Apulia, el Lacio, el Piceno, la Umbria, Calabria, la Magna Grecia, Lucania y los Abruzzos.
Tal vez te estés preguntando qué provecho se saca de nombrar aquí tantas ciudades. Mucho, con tal de que algún día eches una ojeada a las enseñanzas de Hipócrates. Podrás entender con ellas cuál es la naturaleza de cada lugar y la índole de sus habitantes, qué región conviene elegir y cuáles son las enfermedades que predominan y, a partir de ahí, cuál es la comarca más salubre. Porque toda esa parte de Europa que recorrí, antaño sólo era inhóspita por el rigor del clima, ahora también lo es por las discordias religiosas. Los conocimientos geográficos son además muy útiles para la comprensión de los libros de historia, especielamente si nos ayudamos con las descripciones de los expertos que nos hablan de cosas tales como las características y producción de plantas y animales o los caminos que deben recorrer los viajeros. Hay libros de este género impresos en italiano que aclaran tales extremos, incluyendo además las distancias exactas.