Mi vida
Capítulo XXXIX CONOCIMIENTOS Y VISIÓN DE CONJUNTO
Capítulo XXXIX
CONOCIMIENTOS Y VISIÓN DE CONJUNTO
Veamos si realmente sé algo o sólo me lo parece. Nunca he aprendido gramática, de modo que del griego, del francés o del español sólo sé el manejo, ignorando cómo lo he adquirido. De retó rica no conozco mucho más, así como de óptica o sobre la ciencia de los pesos, ya que no he dedicado tiempo a esas materias. Tampoco a la astronomía, pues me pareció ciencia difícil. Ahora bien, por lo que hace a la música, no valgo para la ejecución, mientras que para la teoría no dejo de tener aptitudes. A la geografía, a la filosofía en sus aspectos polémicos, a la moral, a la jurisprudencia y a la teología no les he entregado mis esfuerzos porque son disciplinas que exigían una entrega total, demasiado extensas y ajenas a mis intereses. Aunque tampoco los he orientado hacia ninguna ciencia descarriada, perniciosa o vana: la quiromancia, el arte de fabricar venenos o la alquimia. Lo mismo
digo de la fisiognómica[1], pues es asunto dilatado, muy difícil y que requiere buena memoria y sentidos penetrantes, facultades que no creo poseer. Tampoco he practicado la magia que actúa mediante encantamientos o conjuros de demonios o ánimas de difuntos. Incluso a la magia lícita me dediqué muy poco, debido a mi mala memoria para reconocer las plantas. Descuidé la agricultura, que es algo que hay que practicar más que conocer. Para la anatomía me desanimaron muchas circunstancias. Tampoco me he puesto a componer versos, sólo los necesarios y muy pocos.
¿Cómo es entonces que me han atribuido tan gran número de conocimientos, alguno de los cuales ni siquiera he tenido la intención de adquirir? Tal vez para rebajar mi reputación como médico, según aquello de
pluribus intentus minor est ad singula sensus[2].
En cuanto a la astrología judiciaria, la he cultivado desde luego y hasta le he prestado, bien que a mi pesar, más crédito del que debía. La astrología natural no me ha servido de nada, pues empecé a aprenderla hace tan sólo tres años, esto es, cuando ya contaba setenta y un años de edad.
He adquirido buenos conocimientos de geometría, aritmética, medicina — teórica y práctica—, dialéctica, magia natural (esto es, las propiedades de las cosas y sus semejanzas, como por ejemplo el hecho de que el ámbar refuerce
el calor natural y por qué[3]), y —si es que debe ponerse al lado de esas disciplinas— ajedrez. Aparte está el manejo del latín y otras lenguas. También la teoría de la música. En contraste con esto, la náutica no la he tocado. El arte militar no cabe dentro de esta enumeración y, sin embargo, por su mucha dificultad, no he llegado a dominarlo, y lo mismo digo de la arquitectura. Hay también algunas semiciencias como el uso, invención y lectura de escrituras cifradas. Dentro de mi propio terreno me hallo deficiente en la práctica de la cirugía.
Así pues, si se establece el número de las ciencias más corrientes en treinta y seis, he dejado de estudiar y conocer en total veintiséis y me he dedicado a diez.
No obstante, otros opinan que mis conocimientos y mi pericia se ven
aumentados merced a la visión de conjunto[4]. Mi visión de conjunto se apoya en una ciencia profunda y firme, en la trabazón de muchas cuestiones bien asimiladas, en principios irrebatibles. No se basa en un afán de polémica como el de Galeno, ni en principios demasiado inconexos y en parte falsos e imaginarios como los que maneja Plotino (permítaseme por amor a la verdad apartarme un poco, no tanto como algunos piensan, de la opinión general), sino en la solidez de mi buen juicio, en mi experiencia de años, en mis raptos adivinatorios y en el ejercicio continuo de aquellas cinco prerrogativas ya comentadas prolijamente en esta obra.
Bien. Añadamos a las diez ciencias que poseo una más: un extenso conocimiento de los libros de historia, que, aunque no sea propio ni exclusivo de ninguna disciplina, contribuye en gran manera, sin embargo, al ornato y brillo de lo que en cada cual se toca.
He querido consignar aquí estos detalles para animar en cierto modo al lector a que, comoquiera que nuestra vida sea corta y esté llena de obstáculos y hasta de penalidades, se dedique a pocas ciencias mejor que a muchas y a que su dedicación sea esmerada y constante: que elija ante todo ciencias útiles a la humanidad y a uno mismo también; que adopte unos principios conexos y realistas y que no los abandone digamos por hastío o por ambición, sino por comprobar que estos o aquellos son mejores. Y si te arrastra el afán de gloria o tienes la osadía de esperar ganancias en este terreno, mejor es dar remate a un solo hallazgo que no ir detrás de ciento sin alcanzar ninguno:
saepius in libro memoratur Persius uno
quam levis in tota Marsus Amazonide[5]
Eso mismo vemos que es lo que le ocurrió a Horacio con un solo libro —y no muy extenso— pero trabajado y espléndido. Bien puede ahora presumir de profeta:
dum Capitolium scandet tacita cum virgine Pontifex
victurum se in chartis, nec Stygia cohibendum unda[6].
De sobra sabido es que los Pontífices dejaron de subir allá, y la fama de Horacio todavía se mantiene en pie.
En resumidas cuentas, yo he multiplicado la aritmética por diez y hecho progresar la medicina no poco. Porque es propio de un hombre serio ir directamente al meollo de las cuestiones, y para ello hace falta leer mucho. Para devorar un mamotreto en no más de tres días es menester ingenio, saltarse los puntos muy trillados o inútiles y dejar para más adelante los oscuros marcándolos con alguna señal.
En la organización de mis escritos es habitual que el comienzo concuerde con lo que sigue y el medio con el final. Tengo por divinos a los autores de un discurso de esa clase y que además sea claro, castizo, trabado, ordenado, que esté en un latín correcto y usado con propiedad, que saque el hilo de la composición y del contenido de un solo principio. En cambio las ciencias generales no consienten ornamentación ninguna, como por ejemplo la geometría y la artmética. Otras a su vez no progresan sino que se subdividen y admiten adornos, como la astronomía y la jurisprudencia.