Mi vida

Gerolamo Cardano · Capítulo 32 de 63

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Mi vida

Capítulo XXVI MATRIMONIO E HIJOS

Capítulo XXVI

MATRIMONIO E HIJOS

 

Vivía yo, antes de casarme, en la aldea de Sacco, alegre y contento, como ajeno a toda preocupación y casi como un mortal colocado en morada de dioses o, mejor dicho, en alegría de dioses. Me dispongo ahora a contar un sueño, tal vez a destiempo, pero que viene muy bien con lo que voy a decir. He aquí que cierta noche me veo en un jardín ameno y muy hermoso, ornado de flores, cuajado de frutos de diverso género y oreado por suave brisa. Era tal, que ni un pintor, ni el poeta Pulci, ni imaginación alguna podría haber ideado nada más alegre. Me hallaba a la entrada del jardín, la puerta estaba abierta de par en par e igualmente otra que había dentro enfrente, cuando, mira por dónde, veo a una muchacha revestida con una túnica blanca; la abrazo sin más, la beso y al punto, tras ese primer beso, el jardinero cerró la puerta. Empecé a rogarle insistentemente que me abriera y me dejara pasar, pero nada conseguía. Conque, afligido y abrazado a la joven, me quedé fuera

del jardín[1].

Pocos días después ardió una casa, nos levantamos de noche ante la amenaza del fuego e indagué de quién era la casa incendiada: nada menos que la de Altobello Bandareni, oficial de levas de la milicia véneta en la comarca de Padua. No hice nada, pues apenas lo conocía de vista. Tras la quema, casualmente vino a alquilar la casa contigua a la mía. Me sentó mal aquello: no quería tener tales vecinos, aunque, ¿qué podía hacer? Pocos días después veo por la calla una muchacha con la misma cara y el mismo atavío que la del sueño. «Qué hacer —me dije— con esta muchacha? Si, pobre, como soy, insistiera en casarme con ella, que nada tiene y que está agobiada por un sinnúmero de hermanos y hermanas, estoy perdido. Porque lo que es yo ahora apenas soy capaz de cubrir gastos. Si intentara seducirla o forzarla en secreto, como su padre es de aquí, no le faltarán valedores y, como militar que es, no se resignará ante la deshonra. En uno y otro caso, ¿qué puedo hacer? ¡Pobre de mí! Poniéndome en lo mejor, tendré que desterrarme». Al tiempo que andaba dándole vueltas a estas razones y a otras parecidas se me ocurrió que era preferible morir a vivir así. Desde ese instante empecé no ya a estar enamorado, sino a consumirme de pasión. Comprendí, en la medida en que

alcancé a conjeturar, que estaba libre de impedimento[2]. Nos casamos de mutuo acuerdo y con el consentimiento de sus padres, que nos ofrecieron cualquier ayuda que necesitáramos (y no era poca la que, especialmente su

padre, podía ofrecernos[3]).

Pero aquel sueño no agotó su significado en el encuentro con la joven, sino que también mostró su virtud premonitoria en la suerte de mis hijos. Mi esposa vivió conmigo quince años. Este infausto matrimonio fue para mí la causa de todas las desgracias que a lo largo de mi vida me ocurrieron. Y una de dos: o hay que achacar esas desventuras a la Providencia divina o a alguna culpa mía o de mis antepasados. Por lo que a mi toca, me he mostrado con un carácter de hierro y por encima siempre de todas mis adversidades.