Mi vida

Gerolamo Cardano · Capítulo 46 de 63

Páginas del PDF

Mi vida

Capítulo XL EXITOS DE MIS CURACIONES[1]

Capítulo XL

EXITOS DE MIS CURACIONES[1]

 

1. Aconteció e] verano del año 1537 o 38. Por aquella época yo era muy amigo de Donato Lanza, al que había hecho gran bien en una hemoptisis de muchos años. Donato era íntimo de Sfondrati, senador y secretario de Carlos V, y le había sugerido en numerosas ocasiones que se valiera de mis habilidades para curar a su hijo mayor de unas convulsiones infantiles de las que, aunque llegó a sanar, galio más muerto que vivo, débil, además de contrahecho y corto de luces. Otro hijo suyo más pequeño, de unos nueve o diez meses de edad, estaba también enfermo con unas fiebres. Lo estaba tratando Lúea della Croce, que, según es costumbre, daba esperanzas. Este della Croce era muy amigo de Sfondrati, pues era procurador del Colegio de médicos y el otro era abogado del mismo y los dos estaban unidos por largo trato y por obligaciones y favores mutuos. De repente, sin que todavía le hubiera abandonado la fiebre, asaltaron a la criatura unas convulsiones agudas. Como el riesgo de que muriera era a todas luces grande, della Croce

sugirió que se mandara llamar a Ambrogio Cavenago[2] y por su parte Sfondrati, acordándose de las recomendaciones de Lanza, me llamó a mí. A las ocho de la mañana nos presentamos los tres médicos ante el padre. Della Croce hizo algunos comentarios sobre la enfermedad del niño a sabiendas de que Sfondrati era hombre talentoso (siendo también della Croce persona sincera y sabia). Cavenago se mantuvo en silencio, ya que a él le correspondía decir la última palabra. Yo por mi parte dije: «Ya veis que el niño padece

opistótono [3] ». Al oír este término, el protomédico Cavenago hizo muestras de extrañeza, como si yo pretendiera confundirlo con vocablos ininteligibles. Pero inmediatamente della Croce lo sacó de sus dudas diciendo: «Quiere decir que sufre una contracción de los nervios hacia atrás». Le contesté: «En efecto». Y añadí: «Y lo voy a demostrar ahora mismo». Les puse delante la cabeza del niño, que la tenía caída hacia atrás (los médicos y todos creían que ello era así por el peso de la cabeza y la debilidad del niño), y les pedí que con cuidado la llevaran a su posición normal: no hubo medio de lorgrarlo y todos se quedaron pasmados, especialmente el padre. Entonces della Croce rompió a decir: Or bene!, esto es, «¡Anda!» (exclamación propia tanto del que quiere animar a otro como del que arranca a hablar), «bien cierto es que en el diagnóstico no hay otro que aventaje o iguale a micer Gerolamo». En cuanto Sfondrati escuchó sus palabras se volvió a mí y me dijo: «Puesto que has detectado ya la dolencia, ¿hay posibilidades de cura?». Los otros médicos seguían callados, y yo, para no estropear mi estupendo acierto, me dirigí a mis colegas y les dije: «Vosotros sabéis lo que dice Hipócrates al respecto: ‘La

fiebre con convulsiones, etc.’». Y les cité el aforismo[4]. Entonces della Croce, que con su reserva buscaba conservar como pudiera la amistad del padre, de manera que, si el niño sanaba, siguiera en pie el favor que de tiempo atrás gozaba y, si moría, no pareciera que había sentido celos de un competidor, dejó en mis manos la curación del niño. Cavenago se mostró de acuerdo: comprendían que iban a sacar más gloria de la condescendencia que del enfrentamiento. Prescribí untos y aplicación de paños empapados en aceite de lino y de lirio, masajes suaves por todo el cuerpo hasta que el cuello se irguiera, no dar carne a la nodriza y al niño ninguna clase de alimento, excepto leche y en pequeñas cantidades; debía mantenérsele en la cuna en una habitación caldeada y mecerlo despacio y constantemente hasta que le entrara sueño. Al tiempo que se retiraban los otros médicos recordé que el padre del niño me había dicho:

«Lo pongo en tus manos como si fuera tu hijo».

Y que yo le contesté:

«Mal lo quieres cuando pretendes cambiarle un padre rico por uno pobre».

A esto él:

«Quiero decir que lo cures como si fuera tuyo, sin preocuparte para nada de que se molesten estos» (se refería a los médicos). Yo le dije:

«Todo lo contrario: me gustaría que colaboraran y me ayudaran en todo».

Había tomado yo esta actitud ambigua para darle a entender que no desesperaba de curar al niño, pero que tampoco las tenía todas conmigo, y para presentarme como más modesto que sabio o experimentado. La cosa salió bien: no habían transcurrido aún catorce días, con un tiempo que hacía caluroso, cuando el niño mejoró de manera que, en cuatro días más, sanó del todo. Cuando Sfondrati vio el resultado, pienso que la causa de su admiración y de por qué me prefirió en lo sucesivo a los otros médicos no fue tanto el que yo identificara (según creo) la enfermedad (porque eso lo da normalmente la práctica), ni que el niño sanase (cosa que bien podía atribuirse a la casualidad), como el que lo curara en cuatro días, mientras que al hermano del niño lo habían maltratado en vano durante más de seis meses y al final lo habían dejado medio muerto. Desde luego, es probable que considerase que della Croce, rival y enemigo mío, en tanto que se veía constreñido a cumplir sus funciones de procurador del Colegio de médicos, había llegado a decir delante de él y de Cavenago que si no era por la fuerza no podía alabar honrosamente a un litigante contra el Colegio. Estaba claro para Sfondrati que lo que me perjudicaba era la envidia y los celos, no mi condición de bastardo. Movido, pues, por la curación de su hijo, es probable que refiriera todo en el

Senado y lograra del gobernador[5], de los otros ministros y de los cardenales que se me abrieran las puertas del Colegio de médicos, que por tantas sentencias y últimamente por tantos acuerdos y conciertos tenía cerradas, y que a la vez me permitieran dar clases en la universidad, se me pagara y me convirtiera en persona aceptable para todos.

2. La siguiente curación fue la del arzobispo escocés Hamilton, que a sus

cuarenta y dos años hacía diez que sufría dificultades respiratorias[6]. Ya había probado en vano primero con los médicos del rey de Francia y luego con los del emperador Carlos V. Comenzó por mandarme doscientos escudos a Milán para que yo viajara hasta Lión. Allí añadió trescientos para que llegara a París y, caso de que la guerra le impidiera encontrarse en esta ciudad

conmigo, hasta Escocia. Llegué allá. Lo estaba tratando un médico[7] de acuerdo con las prescripciones de los médicos parisinos. Le echaban la culpa de que no hubiera mejoría. Me vi obligado a explicar las razones de su fracaso. El arzobispo se enfadó con su médico y su médico conmigo por haber puesto en claro su error. En consecuencia, el médico recelaba de mí y el arzobispo me echaba en cara mi lentitud, sobre todo cuando empecé a tratarlo y a conseguir que mejorara. Entre tantos sobresaltos le pedí permiso para marcharme y, a regañadientes, me lo concedió. Le dejé un tratamiento y a los dos años estaba sano. Fueron setenta y cinco días los que estuve a su cabecera. Hay documento certificado que acredita esta curación y aparte está que el arzobispo mandó a su mayordomo Michel para que a cambio de grandes sumas me hiciera regresar convertido en su médico particular, pero no consentí. Pagaba por mi vuelta mil ochocientos escudos, de los que llegué a ver mil cuatrocientos.

3. En mi tierra curé a Francesco Gaddi, prior de los agustinos, de una lepra de dos años en seis meses. Pero tanto Gaddi como Hamilton (¡triste suerte la de los mortales!) curaron para diez años después morir de muerte violenta en enfrentamientos de banderías.

4. A Marta Motta la curé en dos años. Llevaba trece postrada en un sillón y no era capaz de caminar. Mientras que los dos anteriores murieron de muerte violenta a los diez años poco más o menos de su curación, ésta, cuando veintitrés años después dejé mi tierra, aún vivía, si bien es verdad que todo el resto de su vida caminó encorvada.

5. Curé de tisis a Giulio Gatti, que tiempo después llegaría a ser preceptor del duca de Mantua niño.

6. De hectiquez curé al hijo de Giovanni María Astolfi.

7. De un empiema, a Adriano el Belga, que me quedó sumamente agradecido y me ayudó y fue mi amigo hasta un punto que ya lo querría yo en uno de Italia.

8. Seguidamente curé a Giovanni Paolo Negroli, comerciante conocido en toda la ciudad, que durante dos años había seguido los tratamientos de los médicos más destacados y finalmente había sido desahuciado por tísico. También éste se hizo muy amigo mío.

9. Al mesonero Gaspare Rolla, que un año se había puesto como rueda de molino y era completamente incapaz de moverse por sí solo, logré sanarlo. El cuello le quedó torcido y algo tieso.

10. ¿Qué decir del hecho de que ningún enfermo se me muriera de fiebres y apenas uno entre trescientos de las otras enfermedades? Prueba de ello son los testimonios recogidos en las actas de defunción por el encargado de la sanidad según una costumbre conocida por todo hijo de vecino. Cuando no están a la mano documentos acreditativos, no considero ni conveniente ni necesario darme postín aduciendo casos de lugares apartados, y eso que los médicos pocas veces tienen estos escrúpulos.

11. Me llamaron para asistir al duque de Sessa[8] cuando yo enseñaba en la universidad de Pavía. Me pagaron cien escudos y me regalaron paños de seda.

12. Igualmente me llamaron de Bolonia a Módena para asistir al cardenal

Morone[9]. Acepté a mi pesar el pago que me dio, pues era consciente de que yo le debía más a él.

En estos dos casos últimos, no obstante, conté con la ayuda de dos prestigiosos colegas.

Puedo declararme satisfecho de mis actuaciones, porque en total habré devuelto la salud, entre Milán, Bolonia y Roma, a más de un centenar de enfermos desahuciados. Y no debe parecer extraño que yo ejerciera una medicina terapéutica acertada y eficaz, ya que dominaba a la perfección el diagnóstico. Prueba de ello son las dos cosas a que públicamente me comprometí en Bolonia: la primera a curar a todo enfermo no mayor de

setenta años ni menor de siete (así pues, en mi obra [10] Prognostica, donde hay frecuentes alusiones a este particular, se debe leer ‘siete’ y no ‘cinco’) que se pusiera a tiempo en mis manos, siempre que su dolencia no dependiera de causas violentas como herida, golpe, caída, un susto mortal o veneno (sobre todo si es la segunda vez que lo toma), y que el enfermo estuviera en sus cabales y no fuera crónico (por ejemplo tísico o con cirrosis hepática o con una úlcera enconada en mal sitio o con una piedra grande en la vejiga o epiléptico); la segunda (aunque yo era muy libre de aceptar esta condición o no) que si se moría el enfermo, yo señalaría la localización exacta del mal. Si la autopsia revelaba un error por mi parte, pagaría una multa cien veces por encima de mis honorarios. Ante esto muchos esperaban echarme en cara que me había equivocado e hicieron, a la vista de todos primero, disecciones de cadáveres, como el del senador Orsi, el del doctor Pellegrino o el de Giorgio Ghislieri (en este último caso fue asombroso que yo, a pesar de que la orina era buena, indicara con antelación que el mal residía en el hígado y que el estómago, del que se quejaba continuamente, apareciera sano); luego, ya en secreto, llevaron a cabo otras disecciones y hallaron que nunca me equivocaba: no osaron en adelante aceptar mi apuesta ni aconsejaron a nadie que la aceptara.

13. Vuelvo al tema de mis curaciones. En Bolonia devolví la salud a Vicenzo Torrone, aquejado desde hacía un año de un dolor en el coxis. Guardaba cama día y noche y no había cosa que aliviara —no digamos curara — su dolencia.

14. De una afección semejante curé a la esposa de Claudio el mercader en lo más crudo del invierno.

15 y 16. En Roma curé, y todavía viven, a Clementina Massa, dama de la nobleza, y a Giovanni Cesare Buontempo, jurisconsulto. Ambos llevaban ya casi dos años enfermos y estaban en las últimas después de ser asistidos por los más célebres médicos de la ciudad.

En Milán presté mis servicios a los españoles, entre los que alcancé asombrosos éxitos. Ante todo, porque ningún otro médico podrá presumir de haber curado a nadie que yo desahuciara, mientras que por el contrario devolví la salud a muchos desahuciados.

En otro lugar he dicho que en el arte no vale la suerte. Pues, ¿qué falta hace la suerte al barbero para cortar el cabello o al músico para soplar o pulsar su instrumento? Por tanto, tampoco al médico. Ahora bien, encierra la medicina, a diferencia de las otras artes, tres aspectos que en apariencia la someten al azar: primero el que no sea tan evidente a los sentidos como la técnica del barbero y, en consecuencia, si uno da con una enfermedad interna o variable o compuesta, podrá hacer poco debido a una incapacidad más achacable al médico que a la medicina. En segundo lugar el arte de la medicina consta de muchas operaciones diversas, de manera que tanto ahora como antiguamente se reparte entre numerosos especialistas: cirujanos, oculistas, internistas, urólogos, herbolarios, algebristas; cada especialización a su vez se divide en muchas partecillas minúsculas, de manera que, si uno tropieza con el caso de una enfermedad que lleva tratando de mucho tiempo atrás y con éxito, puede considerarse afortunado, y desafortunado si no. En tercer lugar el médico precisa medicinas, ayudantes, cuidadores, boticarios, cirujanos y cocineros y que ciertos factores externos coadyuven también sin desviaciones: el fuego, el agua, la habitación, la limpieza, el silencio, los amigos; frente a estos, el miedo, la tristeza y la ira harán que, por más que una dolencia sea curable, sucumba sin embargo el paciente. Por decirlo en pocas palabras: como tal arte, ningún arte está sujeto al azar; pero, en tanto en cuanto un arte abarca varios campos —como es el caso de la medicina— o requiere diversos agentes —por ejemplo el arte de la guerra—, y aun abarcando un solo campo y ejecutándolo un solo agente — como el arte de forjar clavos y más todavía el de acuñar moneda o el de arar y sembrar—, en todos esos casos está el arte sujeto a diferentes imprevistos.

Y si tiene que ver con mis éxitos, —y tiene mucho que ver, no obstante, según Hipócrates—, diré que he ejercido la medicina en muchos y diversos lugares: primero en Venecia, luego en la comarca de Padua, en Piove di Sacco (por usar la denominación italiana), en Milán, en Gallarate, en Pavía (aunque poco tiempo), en Bolonia, en Roma, en Francia (concretamente en Lión), en Inglaterra, en Escocia. Se añade a esto mi edad, porque ya he entrado en los setenta y cinco, mientras que Galeno no superó los sesenta y siete y Avicena (al que también llaman Hasen) los cincuenta y siete, y ambos pasaron la vida

viajando: Galeno durante veinte años seguidos, Hasen siempre. Aecio[11] en

su sede episcopal, Oribasio[12] [13] desterrado en el Mar Negro, Pablo de Egina

errante.

17. Pero dejemos estas cuestiones y pasemos a contar el caso del joven patricio Giulio Ringhieri. Vivía este en Bolonia en la calle de S. Donato junto a la iglesia de S. Giacomo. El día 21 de junio de 1567 lo curé después de llevar él más de cuarenta días encamado con fiebres altísimas y un flemón grave. Ya estaba sin sentido y, según costumbre, había recibido la extremaunción.

18. ¿Y qué decir de Annibale Ariosto? Era mozo noble y rico y estaba enfermo de un absceso en el pecho que derivó en una fístula. Cuando empezó a supurar le vinieron al enfermo fiebres de hectiquez y escupía diariamente más de dos libras de pus, sufriendo además de insomnio. Los médicos lo desahuciaron como a tísico que ya tiene todo el pulmón infectado y llegaron a echar un tabique en la casa para que no se contagiaran los cuatro hijos pequeños del juez Michelangelo Torrone. Lo curé totalmente, por dentro y por fuera, en treinta días y lo dejé tan gordo y con tan buenos colores, que toda Bolonia estaba maravillada.

En quinientos años quizás no se había visto allí nada parecido a estas dos últimas curaciones extraordinarias.

19 y 20. Y hay más: los casos de dos chicos que vivían por la Puerta de Módena, aquejados de diarreas, Leonardo y Gian Battista, vecinos el uno del otro y que fueron dados por muertos. Tenían fiebres, pero no tos ni dificultades respiratorias, y ya llevaban once días enfermos. A pesar de la ausencia de síntomas, entendí que su mal era una supuración de los pulmones y prescribí que sólo curarían a base de escupir pus. Fue así como, ante el asombro de los demás médicos y de los parientes, a los veinticinco días de iniciada la enfermedad, arrojaron ambos cosa de una libra de pus sin mezcla y en cuatro o cinco días sanaron del todo y se levantaron.

21. Enfrente de estos dos vivía Marco Antonio Felicino, un chico que a causa de una larga dolencia no podía hablar (era, según me dijeron, de familia linajuda, sobrino de un noble senador). Sufría fiebres crónicas, no entendía cosa, había perdido el habla y su debilidad era la de un moribundo. Los otros médicos lo dieron por incurable admitiendo que no conocían su enfermedad ni habían visto nada parecido; algunos incluso llegaron a decir que era un filtro amoroso lo que lo había reducido a semejante estado. En cuatro días lo dejé en sus cabales y hablando; en otros diez o doce lo curé del todo y creo que todavía vive.

Lo que peor llevaban los médicos en estos casos era que yo no diera explicaciones ni les enseñara nada.

22. ¿Qué decir de Agnese mi paisana, esposa del mercader francés

Claudio[14], a la que dieron por muerta los médicos más importantes? Y con razón, pues a ningún otro enfermo, y eso que he visto a muchos a las puertas mismas de la muerte, he curado con mayores trabajos.

23. Me viene ahora a la memoria lo que sin dar nombres he indicado en otras obras mías sobre locos, epilépticos y algunos ciegos que curé, y sobre hidrópicos, corcovados, paralíticos y cojos que mejoraron un tanto.

24. Los hijos del carpintero de la Puerta Tosa.

25. Item, la curación casi milagrosa de Lorenzo Gaddi

26. y la del embajador del duca de Mantua

27. y la sonada curación del noble español Juárez y todos los otros españoles que curé.

28. ¿Qué decir de Simone Lanza,

29. de Marescalchi,

30. de la hija de Giovanni Angelo Linati,

31. de Antonio Scazzoso

32. y, en fin, del admirable caso del hijo de Martino el mercader?

33. La curación de la mujer del boticario de los Tres Reyes,

34. de algunos con dolores crónicos,

35. de otros que orinaban sangre.

36. Nadie con cuartanas dobles se me fue sin curar.

37. De envenenamiento, salvé a todos los hijos de Sirtori, y eso que me llamaron tarde. Los ^padres, sin embargo, murieron los dos.

38. Un caso de hidropesía: el del panadero Agostino.

39. La polémica que sostuve con Cavegano y Candiano en torno a la cura de Ottaviano Mariani constituye una prueba más de lo acertado de mis curaciones. Y paso por alto un montón increíble de casos.

40. El caso de Antonio Majoraggio fue desgraciado, pero frente a él están curaciones claras de fiebre, peste, gota.

A causa de todo esto los médicos de Milán decían que mis aciertos se debían no tanto a mi mucha ciencia como a mi buena suerte, porque era que a ellos les tocaban los enfermos que iban a morir y a mí los enfermos que de todas las maneras iban a sanar.

No te asombres, lector, ni creas que te estoy mintiendo. Todos estos casos son así y así ocurrieron, y aun mayores y en mayor número. El cómputo completo no lo he hecho, pero creo que se acercan y rebasan los ciento ochenta. Pero no vayas a imaginarte que presumo en vano o que ambiciono o espero que me tengas en mayor estima que a Hipócrates. Y en cuanto a mentiras, ¿por qué iba yo a echarlas con tanto descaro? Se puede investigar cualquiera de los casos mencionados: si se me coge en una sola mentira, todo se vendrá abajo. Además, ¿qué aprovechan mentiras a mi gloria y mis ganancias? Porque si tropiezo con otras enfermedades graves, nada peor me podría ocurrir, y no voy a esperar tener otra vez la suerte que tuve. Cuentan

Plinio y Plutarco[15] que César, habiendo salido vencedor en cincuenta batallas campales, se mostraba cada vez más remiso a entablar nuevos combates por no estropear o manchar la gloria adquirida. ¡Con cuánta más razón he podido yo hacer otro tanto! Pero ¿es que puedo así esperar mayores ganancias en mi labor de todos los días? Sólo de un príncipe puedo esperar tal cosa, si es que puedo. En cuanto a fama me cabe esperar mucha menos, ninguna en absoluto. Porque no ganó fama Hipócrates con sanar a muchos (según su propio testimonio, de cincuenta y dos enfermos se le murieron veinticinco y sólo veintisiete sanaron), sino por haber consignado las causas. Pero yo le soy inferior por dos razones. En primer lugar, porque, de un lado, el éxito de mis intervenciones proviene, a lo que me parece, de la ayuda divina, no de mis conocimientos, y porque, de otro, en este terreno me salieron las cosas tan bien, que la realidad superó mis esperanzas (a decir verdad, pocas veces pude enorgullecerme de que algo saliera conforme a mis planes y mis cálculos, pese a que los hacía con todo el esmero de que era capaz). En segundo lugar, las enfermedades tratadas por Hipócrates eran sumamente malignas, su región era la zona pedregosa de Tesalia y sus alrededores, con vientos desapacibles, vinos ásperos, legumbres indigestas, aguas nocivas, un régimen de vida descuidado, sin medicamentos, sin posibilidades de elección y con ejercicios fí sicos que ponían en peligro la vida. Si yo hubiese estado allí entonces, no hubiese podido, claro es, realizar tales portentos, y si él hubiese ejercido la medicina en una época menos atrasada, en una región plácida y provista de recursos de todo tipo, no habría sufrido semejante descalabro. ¿Es que, por tanto, presumo de algo en este terreno? Supongamos que sí (toda vez que el Señor, según lo siento ahora, me está ayudando precisamente por contar la verdad), ¿no he pagado con creces el precio de ese deleite vano gozando de la flor pero no del fruto, viviendo en la mayor pobreza y expuesto a los ultrajes de tantos émulos? Ahora sé que he conseguido esta gloria, valga lo que valga, no sólo sin hacerme sospechoso de mentir, sino también sin hacerme odioso.