Mi vida
Capítulo XLV MIS LIBROS: CUÁNDO, POR QUÉ Y CÓMO LOS ESCRIBÍ
Capítulo XLV
MIS LIBROS: CUÁNDO, POR QUÉ Y CÓMO LOS ESCRIBÍ
Obras impresas
De matemáticas
Ars magna en 1 libro.
De proportionibus en 1 libro.
De regula aliza en 1 libro.
De astronomía
Comentario a Tolomeo en 4 libros.
De genituris exemplaribus en 1 libro.
De interrogationibus et electionibus en 1 libro.
De septem erraticis en 1 libro.
De usu Ephemeridum en 1 libro.
De emendatione motuum et cognitione stellarum en 1 libro.
Astrologiae Encomium en 1 libro.
De filosofía natural
De subtilitate y la Apología en 22 libros.
De rerum varietate en 17 libros.
De animi immortalitate en 1 libro.
De filosofía moral
De utilitate capienda ex adversis en 4 libros.
De consolatione en 3 libros.
Exhortatio ad bonas artes en 1 libro.
Primer grupo de opúsculos diversos
De libris propiis en 1 libro.
De curis admirandis en 1 libro.
Neronis encomium en 1 libro.
Geometriae encomium en 1 libro.
De secretis liber primus en 1 libro.
De uno en 1 libro.
De gemmis et coloribus en 1 libro.
De morte en 1 libro.
Tetim seu de humana conditione en 1 libro.
De minimis et propinquis en 1 libro.
De summo bono en 1 libro.
Segundo grupo de opúsculos diversos
Dialectica en 1 libro.
Hyperchen en 1 libro.
De Socratis studio en 1 libro.
De aethere en 1 libro.
De decoctis en 1 libro.
Tercer grupo de opúsculos médicos
De causis, signis et locis morborum en 1 libro.
Ars curandi parva en 1 libro.
Consiliorum liber primus en 1 libro.
De medicorum abusibus en 1 libro.
Quod nullum simplex medicamentum noxa careat en 1 libro.
Triceps en 1 libro.
Apologia in Thessalicum medicum en 1 libro.
Apologia in Camutium en 1 libro.
Comentarios de medicina
Aphorismorum libri en 7 libros.
De venenis en 3 libros.
De aeris constitutione en 1 libro. Total 11 libros.
Prognosticorum en 4 libros.
De septimestri partu en 1 libro. Total 5 libros.
De aëre, aquis et locis en 8 libros.
Consiliorum liber secundas en 1 libro. Total 9 libros.
De alimento en 22 libros
Examen agrorum en 2 libros.
Sobre adivinación
De somniis en 4 libros.
Obras impresas no incluidas
De sapientia en 5 libros.
Antigorgias en 1 libro.
Medicinae encomium en 1 libro.
Ephemeridum supplementum en 10 libros.
Obras inéditas
De matemáticas
Geometriae novae en 2 libros.
De numeris integris en 1 libro.
De numeris fractis en 1 libro.
De numerorum proprietatibus en 1 libro.
De alogis en 1 libro.
De commentitiis seu fictitiis en 1 libro.
Musicae en 1 libro.
De filosofía natural
De natura en 1 libro.
De secretis quartus en 1 libro.
Hyperboreorum en 2 libros.
De filosofía moral
De moribus en 3 libros.
De optimo vitae genere en 1 libro.
Memorialis en 1 libro.
De vita nostra en 1 libro.
De medicina
De urinis en 4 libros.
De habitatione Romae en 1 libro.
De dentibus en 5 libros.
De tuenda sanitate en 4 libros.
De Indica lue en 1 libro.
Consiliorum tertius en 1 libro.
Actus en 1 libro.
Contradicentium medicorum en 12 libros.
Manuarius en 4 libros.
De victu in acutis en 6 libros.
In Galeni artem medicam en 1 libro.
Floridorum seu in primam primi en 2 libros.
In Hippocratis Epidemia en 5 libros.
De teología
Hymnus, Vita B. Virginis
Vita B. Martini cum dispunctionibus
De temas diversos
Paralipomena en 6 libros.
De clarorum virorum libris en 1 libro.
De inventione en 1 libro.
Problematum en 1 libro.
De conscribendis libris en 1 libro.
Proxeneta en 1 libro.
De ludis en 2 libros.
De carcere Dialogus en 1 libro.
Flosculus Dialogus en 1 libro.
De nodis en 1 libro.
Antigorgias en 1 libro.
Medicinae encomium en 1 libro.
Metoposcopiae en 7 libros.
Technarum calidarum en I libro.
De usu Ephemeridum seu inventionis novae en 1 libro.
Sacra en 1 libro.
Creo que sabrás por lo que ya dije cuál es la causa que me movió a escribir, esto es, por seguir el consejo que recibiera en sueños una vez y luego otra y tres y cuatro y muchísimas, según he contado en otra parte, aunque también
por deseo de perpetuar mi nombre[1].
En dos ocasiones destruí un buen número de obras mías. La primera a los treinta y siete años poco más o menos, ocasión en que llegué a quemar unas nueve obras por entender que eran vanas y no se sacaría de ellas cosa de provecho. Eran farragosas y trataban sobre todo de medicina. No entresaqué nada ni conservé nada tal cual, salvo el De malo medendi usu, que fue el
primer libro que edité[2], y ciertos rudimentos de aritmética que sirvieron de base para mi Arithmetica parva. Poco después, en torno al año 1541, publiqué
el opúsculo [3] Supplementum Ephemeridum, que tuvo una segunda y una tercera edición con añadidos. La segunda quema fue el año 1573, cuando ya había acabado la calamidad aquella de mi encarcelamiento. Quemé ciento veinte libros, aunque no como la primera vez, sino que extraje todo lo que me pareció interesante y hasta conservé obras enteras como el libro Technarum
calidarum[4], entresacado de una colección de cuentos mía, y el De libris
clarorum virorum[5]; otras obras las cambié como Diomedes que recibió
χρ [6] ύ σεα χαλκε ί ων, ἑ κατ ό μβoι′ ἐ ννεαβo ί ων.
Mis obras las escribí porque me gustaron, las destruí porque me desagradaron y colaboró la suerte con mi doble propósito.
Luego, de resultas de un ensueño repetido[7], redacté el De subtilitate, del
que hice una segunda y una tercera edición aumentadas[8]. De ahí pasé al Ars
magna[9] [10] que compuse al tiempo que Zuanne da Coi polemizaba conmigo al igual que Tartaglia. Este último me había proporcionado la solución del primer caso y prefirió tener en mí un rival —y un rival superior a él— que un amigo comprometido por el favor que le debía; porque después de todo ni
siquiera el descubrimiento era suyo[11].
Entretanto, durante un viaje por el río Loira [12], como no tenía nada que hacer, escribí mi comentario al Quadripartito de Tolomeo el año 1552.
Los tratados [13] De proportionibus y De regula aliza los añadí al Ars magna y los edité como un todo el año 1568; lo mismo hice con la Arithmetica, la Geometría nova y la Musica; esta última, no obstante, seis
años después, es decir, en 1574, la corregí e hice poner en limpio[14].
El De rerum varietate lo edité en 1558; estaba hecho con las sobras del De subtilitate que no había podido ordenar ni corregir por estar yo entonces metido en muchas dificultades: unos hijos poco dóciles o capaces, un sueldo escaso, la fatigosa tarea de dar clases sin interrupción, el llevar la casa, las visitas médicas acá y allá por la ciudad, dictámenes, cartas y tantas otras cosas, que ni tiempo tenía para tomarme un respiro, menos aún para corregir mis libros.
Edité el De consolatione entre mil penalidades y luego le añadí el De
sapientia [15] para reeditarlo el año 1543.
Entretanto escribí numerosos opúsculos que en parte se han impreso y en parte no, así como todos mis libros de medicina de los que ya sabes que hay cuatro editados: son los comentarios a los Aforismos, al De alimento, al De
aëre, aquis et locis [16] y a los Prognostica. Todavía están inéditos los Floridi
en dos libros[17], el comentario al Ars medendi de Galeno y el primero y
segundo libro del comentario al [18] De epidemiis de Hipócrates.
Cuando me trasladé a Bolonia se editó el [19] De somniis, libro que ha de reportar gran provecho a muchos hombres juiciosos y desconcertar tal vez al vulgo ignorante. Pero ¿qué hay que no dañe si se usa mal o temerariamente? Caballos, espadas, armaduras, castillos son instrumentos temibles en manos de gente vil; en manos de gente honrada son instrumentos no tan buenos como necesarios. Lleva cierta dificultad hacer una división de los libros de modo que entre los útiles y los inútiles pongamos un tercer grupo sólo asequible a las personas instruidas.
Escribí mi [20] Dialectica para enseñar a fabricar aquellos espectros naturales apenas verosímiles. Enamorado luego de mi propia obra, de puro gozo, la di al público, pese a no estar completa ni corregida.
El [21] Ars medendi parva lo edité por el bien general, pues veía que mis otras obras médicas iban a tardar en salir a la luz.
El De animi immortalitate lo escribí más porque el tema me atraía que por tener yo criterio fundado para abordarlo. Puesto que no está a la altura de su
ambicioso cometido, sustitúyasele con el libro segundo de los [22] Hyperborei.
En cuanto a los diálogos[23], el primero lo escribí para aliviar la calamidad que se me vino encima, el segundo para echar por tierra la locura de los hombres y dar satisfacción a cuatro sentimientos contrarios: dolor, placer loco, pasión necia y miedo.
El [24] Proxeneta tuvo su origen en un arrebato, me dio la gana escribirlo.
El Memorialis recoge aquello en lo que destaqué.
Las cuatro partes del Promptuarius encierran en corto espacio las flores y los frutos de mi ciencia médica; si lo lees, ninguna otra cosa necesitarás en adelante, pero si no lo asimilas, piensa que no has hecho nada.
El comentario al libro de Hipócrates De victu in acutis lo escribí para que con fundamentos teóricos sólidos se posea un procedimiento capaz de salvar a enfermos agudos; en la curación de ese tipo de enfermos, como ya dije, estuve muy acertado.
El De urinis aún no está acabado. Este libro testimonia los portentos de la Naturaleza, que en cosa tan ruin ha encerrado tantas enseñanzas, pues tal como el todo así es la parte. Mi método, aunque es sencillo, es de difícil aplicación. Su elaboración ha sido complicada y, como es natural, se apoya en
multitud de experiencias[25].
Puesto que mi libro [26] Contradicentium medicorum toca todos los puntos controvertidos de la medicina y, en la medida de mis posibilidades, intenta resolverlos, si yo estaba de acuerdo con su contenido, ¿por qué habría de condenarlo?; si no me gustaba del todo, ¿por qué lo rubriqué, lo di por concluido, lo saqué a la luz pública?
De los Problemata diré lo que suele decirse:
et prodesse volunt et delectare poetae[27].
Un jugador de ajedrez, tahúr y escritor ¿cómo no iba a escribir el [28] De ludis ?
Y quizá vale aquí aquello que suele decirse, ex ungue leonem.
Las partes de la [29] Metoposcopia las reduje de trece a siete. Esta ciencia es una parte de la fisiognómica en la que fue mi maestro Gerolamo Visconti. Suetonio la alabó muchísimo. Veo en ella más bien una sombra de verdad y, sea verídica o engañosa, es muy difícil llegar en ella a conclusiones, ya que así la muchedumbre de rostros y rasgos significativos como su constante mudanza te inducen a error.
Los [30] Paralipomena fueron precisamente de los libros que se salvaron de la primera quema. ¿Quién creería que destruí lo que destruí por otra razón que no fuera mi disconformidad con unas obras escritas sin orden ni concierto? Faltaba discernimiento en las materias, mezclábase allí lo vil con lo sublime, lo feo con lo hermoso, lo útil con lo dañino, lo meditado con hallazgos casuales, lo primoroso con lo absurdo. No esperaba tampoco que, aun quitando muchas cosas, el resto pudiera enmendarse y reducirse a un todo coherente. En consecuencia, consideré mejor mirar por el bien de mis amigos y protectores mientras viven y juzgan y están al tanto. Por otra parte, y lo que es más importante, puedo ahorrar así muchísimo tiempo y dejar a la posteridad una obra más extensa, clara y veraz que la destruida.
Yo digo esto: es muy hermoso vivir de tal modo que nadie eche en falta lo que por obligación le tenía que otorgar otro hombre de bien. Por eso escribí los tratados De inventione, De conscribendis libris y De libris clarorum virorum: para afirmar con actos lo que de palabra enaltecía.
El [31] Himno y las Vidas los escribí igualmente para declararme —al menos en la intención— agradecido a quienes tanto me habían dado.
Hice las [32] Puntualizaciones porque creía que en asunto de tanto interés no basta con poner cierta escrupulosidad, sino que hay que extremarla. En efecto, lo mismo que aquello que es superior se impone y luce, así los errores y olvidos de los libros poco cuidados distraen la atención de los lectores, quitan autoridad a las obras que los incluyen y causan detrimento en el bien común. No se me pasó por alto que en esto pude seguir los ejemplos de Aristóteles y Galeno, pero para ellos el obrar así era necesario ya que trataban temas generales; para mí era más bien cuestión de seguridad y lucimiento, pues tenía a la vista temas particulares.
El mismo esmero puse en mi libro [33] De Optimo vitae genere. Y es que frente al recuerdo del pasado, los inconvenientes de la presente hora y los amenazadores peligros del porvenir no hallé otra escapatoria, salvo que alguien sea capaz de conseguir la inmortalidad siendo mortal, de morir sin los achaques de la vejez habiendo dejado atrás sin embargo la juventud, de andar tranquilo en el continuo ajetreo de los negocios, de mantenerse firme en el imparable remolino. ¡Fuera yo capaz de esas cuatro cosas, y me bastaría yo solo y no haría el menor caso de mis muchos males y contratiempos (que son más de los que un simple mortal quisiera)! Porque todo se encierra en estas razones:
«Lo ocurrido» —a saber, la muerte de los míos— «tenía que ocurrir de todas maneras».
«Pero no de esa forma».
«¿Y qué importa? A todos los demás se les dará la misma paga».
«Pero no de momento».
«¿Y qué, si será dentro de poco? Nunca hubo ni habrá descanso para los mortales. Compara lo que ahora te ha ocurrido con el estado de cosas de la época de Polibio. Los sucesos de ahora podría decirse que son rosas y flores
en comparación con aquellos auténticos desastres[34]: las gentes de entonces no tenían seguridad ninguna, había matanzas sin motivo, se avasallaba al prójimo y hacer botín de la hacienda ajena era cosa de juego. Cuestión aparte es la idea de la vida eterna y dichosa que nosotros tenemos y de la que carecían los gentiles».
Así pues, ¿qué calamidad puede ocurrirle al que se hace estas consideraciones? Común es nuestro nacimiento, común a todos es la muerte, la misma condición nos ha tocado a unos y a otros, aparte siempre de que a nosotros los cristianos nos queda el gozo tras la muerte. Pero, como antes dije, nos equivocamos de cuatro formas: por creer que en esta vida hay alguna cosa sólida (y el error es mayor respecto a los medios), por no darnos cuenta de que nada es duradero y mucho menos eterno, por pensar que, aunque el alma sobreviva, la mente envejece, pues vemos que toda actividad en la que participa el cuerpo se resiente con la vejez. Pero yo digo lo contrario, que nada de nosotros envejece, ni el alma (pues si permanece el órgano, permanecen sus funciones, como por ejemplo mi vista y mis ojos en este momento) ni el cuerpo (pues, según los filósofos, especialmente los platónicos, —en el Fedón se dice—, el cuerpo no es nuestra parte principal) ni la actividad de aquella (que es primaria y perfectísima; puede, eso sí, ser estorbada, pero no necesita de ninguna cosa; estos son conceptos diferentes: el Sol necesita del aire para iluminar y el aire es causa de la luminosidad del Sol, un enrarecimiento del aire impide la iluminación solar). He ahí el pensamiento que ha inspirado mi proyecto, he ahí la meta de mi libro.
Otro libro sobre esta materia es el que se titula Memorialis. En él toda la doctrina que se recoge en el anterior está, como dije, dividida y distribuida en sus correspondientes apartados, de modo que no solamente puede uno recibir consuelo sino también ayuda en cualquier circunstancia que se vea.
Un tercer libro lo constituye el Promptuarius, que se refiere tanto a las ganancias y a la honra como al cumplimiento de los deberes de afecto y gratitud, que son los más hermosos de cumplir. Mira asimismo a que sepas lo obligado que estás allí donde otros ni siquiera piensan que tienen obligaciones. Y si tanta satisfacción da al arquitecto el no edificar una casa a la buena de Dios sino conforme a unas reglas, ¡cuánta mayor me dará a mí el salvar realmente a otro hombre y el ver de lo que soy capaz!
El cuarto —este que tienes en tus manos— sí que es el punto y final de mis escritos y viene a ser tan ameno como edificante. Si a sabiendas yo lo hubiese afeado con alguna mentira, ¿cuáles creerías que serían mis sentimientos ante Dios? ¿Qué gusto sacaría? ¡Y si no fuera porque los hombres son como los brutos, que no se deleitan con alimentos sabrosos sino meramente con aquellos que pueden digerir, tal como las arañas con las
moscas y los avestruces con el hierro![35]. Porque de esos que con imposturas rebuscadas adquieren consideración y se hacen pasar por conocedores de lo que ningún otro sabe (cuando está visto y comprobado que ignoran mucho de lo que todos conocen), no me preocupo.
En quinto lugar viene el tratado De tuenda sanitate y en último el segundo libro de los Hyperborei.
La quinta de estas obras constituye el final de la tercera, la sexta el final de la primera.
Desearía que fuera de estos diecinueve no sobreviviera ningún otro libro mío. Tal vez alguno se extrañe, pero ¿no deseó y hasta decidió y ordenó Virgilio la destrucción de la Eneida, mientras dejaba a salvo para la posteridad las Bucólicas y las Geórgicas? También yo, después de pasar revista a la totalidad de mis escritos, me he sentido arrastrado a una decisión semejante.
He explicado suficientemente los motivos que tuve para escribir el De natura.
Escribí el Theonoston para sustituir a los Hyperborei, el De moribus a imitación de Aristóteles, que en su Política consideró que la tiranía más larga
a duras penas alcanzará los cien años, cuando ello es falso[36].
El libro de Mi vida lo estoy escribiendo porque me arrastran —eso creo— mi propio bien, la necesidad y una serie de circunstancias, y porque además
no me será desagradable, si es que lleva razón Epicuro[37], rememorar el pasado.
Escribí el [38] De dentibus para dar a conocer la curación de una prolongada dolencia con método seguro, y otro tanto hice en mi comentario al
De victu in acutis[39].
El libro [40] De lue Indica lo compuse porque eran muchos los que me escribían solicitándome un dictamen médico al respecto y ya tenía recogido abundante material sobre la cuestión.
En cuanto al libro De sanitate tuenda he de decir que tuve muchas razones para escribirlo. Ante todo porque Galeno, al atenerse a un orden demasiado riguroso, dejó algunas cuestiones sin esclarecer, muchas sin decidir, todas sin acabar. Es penoso decirlo, pero, a pesar de lo mucho que da vueltas y se entretiene y se detiene hablando de sus famosos ejercicios y fricciones, no se acuerda de mencionar, en mil pasajes y libros tan oportunos que parece que su omisión es intencionada, cuál es el vino que les conviene tomar a las personas jóvenes y sanas. Aparte de que los usos de los antiguos, y menos los de los griegos, no les van bien a las gentes de la Italia de hoy en día y las circunstancias no son en general las mismas. Por ejemplo, en el libro segundo del De alimento dice Galeno que en la región de Cirene se masca el aro igual que el rábano y que no hace daño. Además ignoraba las procedimientos de destilación, que en aquellos tiempos todavía no se habían inventado. No poco debió valer ante mí la autoridad de aquel cuyo prestigio y excelencia insuperables están a la vista de todos.
El folleto titulado Actus lo añadí a mis obras como un certificado, como mecha en arma de fuego.
En fin, si alguien quisiera reducir mis libros al canon de los dieciocho primeros a base de cortar aquellas partes que menos encajan o que son menos necesarias (tal como ya lo he hecho yo con ciertos pasajes de algunos libros como el De varietate rerum), valdrá la pena y le quedaré muy agradecido.
Ten presente aquello de que todos los libros, los buenos al menos, están escritos por iluminación divina y que esa iluminación se entiende de tres modos. Primero en el sentido de que Dios les da a esos libros su luz, cosa que les es común a todos, pues toda sabiduría viene de Dios nuestro Señor y, como creen los platónicos, nuestro entendimiento se hace inteligente merced a su unión con el Bien y el Bien ilumina al alma que mira a lo alto. El segundo modo es más evidente: ocurre cuando esa luz se infunde también por separado (cosa que erróneamente pusieron en duda algunos platónicos, pero que nuestras creencias no cuestionan) y se les otorga a hombres buenos en particular. Se da el tercer modo en las ocasiones en que la luz divina se deja captar de forma momentánea y azarosa, como me ocurrió a mí el 14 de marzo del presente año de 1576: cuando me hallaba escribiendo en mi libro De sanitate tuenda el capítulo sobre la cañaheja, cuyo uso, por parecerme bueno, recomendaba, me salió al encuentro un anciano mal trajeado y harapiento en el mercado de verduras que está junto al mercado del pescado y me disuadió del empleo de la cañaheja con estas palabras:
«En opinión de Galeno la cañaheja, como la cicuta, puede ocasionar una muerte instantánea».
Le contesté que yo sabía distinguir muy bien la cañaheja de la cicuta y me dijo:
«Ten cuidado, que yo sé lo que me digo» —y murmuró no sé qué cosa de Galeno.
De vuelta a casa, hallé el pasaje que de otro modo me hubiera pasado inadvertido. En consecuencia, aunque no del todo, sí cambié mi opinión primera añadiendo muchas excepciones: que la cañaheja sea de Italia, que se examine el tallo para saber si su empleo es seguro, que se tome con cautela y siempre que el frío no la vuelva nociva, que, como de medicamento no demasiado habitual para nuestra naturaleza, se use pero no se abuse de él, que se corte la planta en primavera y no ya entrado el verano y que sea nacida en huertos donde abunde el trébol. Si alguno, pese a todo, tiene miedo, que se la dé a probar primero a un perro o a una gallina, mezclada con calabaza, limón o pan cocido con ajo.
En resumidas cuentas, si se tienen presentes estas advertencias mías, se sacará no poco fruto de la lectura de mis libros y se le agradecerá a quien realmente lo merece. Animo así a que los corrijan según la orden de Augusto
relativa a la [41] Eneida. Y en cuanto a nuestros escritos recientes, como he dicho, están redactados con los mismos métodos, aunque no con el mismo esmero.