Mi vida

Gerolamo Cardano · Capítulo 29 de 63

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Mi vida

Capítulo XXIII REGLAS PRINCIPALES DE CONDUCTA

Capítulo XXIII

REGLAS PRINCIPALES DE CONDUCTA

 

Ningún aspecto de mis persona me parece más aceptable que este de mis normas de vida, pues ellas son el fruto de mi prolongada existencia y de la muchedumbre de mis desgracias.

En primer lugar, pues, y dejando aparte mis oraciones infantiles, desde que tuve uso de razón tomé por costumbre darle gracias a Dios por todo aquello que me acontecía. Mayormente por las cosas buenas, pues considero una indecencia que un hombre, e incluso un animal, no se muestre agradecido. En cuanto a las cosas malas, tomé los contratiempos menudos como un aviso para que me anduviera con cuidado: ¡y cuántas veces con tales avisos evité males mayores! Respecto a las desgracias medianas, también por ellas me sentía en deuda, tanto por creer que nada de lo que el tiempo borra es importante como por entender que Dios es el dispensador de toda desdicha: aunque a mí me pudieran parecer perjudiciales, no dudaba de que eran beneficiosas para el orden general del universo. ¿Qué?: la muerte es inevitable, pero la hace más llevadera la multitud de nuestros infortunios y,

como decía Pablo de Egina[1], quienes arrojan de la vejiga una piedra gorda sufren menos, a causa de los dolores previos, que los que arrojan una chica, y de ahí también que mueran más raramente. En los infortunios extremos estoy convencido de que Dios, por así decirlo, me tiene en cuenta. Con este pensamiento (maravilla decirlo) he desechado la muerte con la muerte.

Una segunda práctica notable ha sido el invocar el Poder de Dios e incluso en mis escritos apelar a la existencia del Dios supremo para que me enseñe a cumplir su voluntad, porque El es mi Dios. ¡Ahí tenéis lo bueno y alegre que

es! De tres infortunios me ha salvado: me dio antes de quitarme nada[2]; me

protegió de las olas encrespadas de los mares[3]; me permitió llevar una vida tranquila.

Mi tercera regla consiste en que en las pérdidas no me limito a recuperar el monto inicial, sino que siempre llego a más; tanto, que creo ser la única persona que no sólo no las aborrece en abstracto, sino tampoco cuando realmente las sufre.

La cuarta es administrar muy bien mi tiempo. Mientras cabalgaba, comía, estaba en la cama desvelado, charlaba, siempre andaba metido en alguna reflexión, rehacía algo. Tenía presente aquel refrán: «Muchos pocos hacen un demasiado», o aquel otro: «Muchos granos hacen un montón».

Voy a contar en pocas palabras una fabulilla; aunque más bien se trata de una situación real que viví cuando en Bolonia residía en el palacio de los Ranucci. El palacio tenía dos sectores: uno sombrío pero seguro, otro bien iluminado pero amenazador, con su techumbre a punto de derrumbarse, algunos de cuyos trozos caían de vez en cuando y que, de haber estado yo debajo, habrían puesto mi vida en peligro. En cuanto entraba allí, rara era la

vez que escapaba sin riesgo[4].

La quinta es repetar a los ancianos y frecuentar su trato.

La sexta, someter todo a observación sin pensar que Naturaleza haga cosa alguna al azar; es por esto por lo que ahora soy más rico en secretos que en dineros.

La séptima, anteponer por lo general lo seguro a lo inseguro, y esta regla me deparó tanta suerte, que estoy convencido de que la mayor parte de las cosas que me salieron bien las debo a esta actitud mía.

La octava consiste en no insistir por ninguna razón cuando algo sale mal. He dado, en efecto, más valor a la experiencia que a mi perspicacia o a la confianza en mi arte, especialmente en la cura de enfermos; en otras cuestiones no me ha importado tanto abandonarme a la suerte. Tampoco me pongo a pensar, como algunos, en el pasado, diciéndome: «¿Qué hubiera ocurrido si hubiera hecho esto o lo otro?», pues ¿qué bien nos hacen esas cavilaciones?

Ganancias que provocan pérdidas mayores no son ganancias, sobre todo por la pérdida de tiempo.

En la cura de enfermos debes preferir el acto a la potencia; debes preferir —pongamos por caso— el enema a la cánula, el agua a la leche en la hidropesía.

Cuando te veas tratado con orgullo por un poderoso, ya sea eclesiástico o noble, sé tú tanto más afable con él; ya he dicho que la mesura debe reinar en todo.

A menos que esté desocupado, rechazo cualquier negocio controvertido, no sólo porque es mejor sino por ahorrar tiempo.

La amistad, incluso la falsa, no la rasgaré, sino que la descoseré.

Desde poco después de cumplir los setenta y cinco años no he querido participar en ninguna sociedad con fines lucrativos sin saber antes cuántos y quiénes eran los socios.

Huye de los lugares en que la excesiva familiaridad puede desembocar en falta de respeto.

Siempre que pude no confié nada a mi memoria, sino al papel.