Mi vida
Capítulo VII EJERCICIOS
Capítulo VII
EJERCICIOS
Desde un principio me he estado entrenando en todos los estilos de esgrima, hasta tal punto que me contaba de algún modo en el número de los espadachines esos que andan por ahí: manejaba el acero a cuerpo limpio, con el escudo alargado y con el redondo, con el grande y con el chico; tenía cierta habilidad con el puñal y la espada y con la pica y la lanza; embozado en mi capa, espada en mano, saltaba sobre el caballo de madera; sabía sin armas quitarle a otro el puñal de la mano. Practicaba también la carrera y el salto, y era bátante bueno en esos deportes, pues mi debilidad estaba ante todo en los brazos, que eran muy delgados. Respecto a la equitación, la natación y el manejo de armas de fuego mostraba yo gran recelo: los disparos con pólvora me dan tanto miedo como la cólera de los dioses. Y es que yo he sido de natural tímido, pero valiente merced a mi destreza y entrenamiento: de ahí que me alistaran entre los soldados de reserva. Incluso de noche, en contra de los bandos de las autoridades, andaba armado por las calles de las poblaciones donde he residido. De día salía protegido con planchas de plomo de ocho libras de peso, de noche me tapaba el rostro con un pañuelo de lana negro y llevaba unas calzas de paño grueso. Practicaba muchos días con las armas desde muy temprano hasta que por la tarde, todavía empapado en sudor, me dedicaba a tañer diversos instrumentos musicales. A menudo paseaba luego toda la noche hasta el alba. Cuando me dediqué a la medicina me trasladaba a caballo o a lomos de mula, pero la mayoría de las veces seguía yendo a pie. Desde el año 1562 empecé a ir en carruaje por Bolonia y ahora sigo haciendo lo mismo en Roma: salgo por la mañana en el coche y vuelvo a pie; con vestidos más livianos después de almorzar, con vestidos más gruesos siempre que viajo en carruaje.