Mi vida
Capítulo IX LA IDEA DE PERPETUAR MI NOMBRE
Capítulo IX
LA IDEA DE PERPETUAR MI NOMBRE
La idea y el deseo de perpetuar mi nombre se apoderaron tan pronto de mí como tarde estuve en condiciones de aspirar a tal cosa. Y es que yo veía claramente que hay dos clases de vida, una elemental que compartimos con los animales y plantas y otra que es exclusiva del hombre, que lo que busca con sus acciones es gloria. En cuanto a la primera, comprendía yo que fallaba la naturaleza, que se frustraban mis esperanzas; en cuanto a la segunda, no podía hacerme muchas ilusiones: no contaba con riquezas, poder, buena salud, energías, parentela, no estaba dotado de ninguna aptitud especial, ni siquiera poseía un buen manejo del latín; amigos no tenía y mis padres nada me habían dejado que no fuera miseria y abyección.
Algunos años más tarde, un sueño me dio esperanzas de lograr esta segunda clase de vida. Sin embargo, no observé indicios de cambio alguno, si no es el modo, maravilloso por demás, como comencé a comprender el
latín[1].
La razón me volvía atrás de tales ambiciones, pues me daba cuenta de que nada había más sin fundamento que aquellas esperanzas, por no decir ilusiones. Escribirás —me decía yo a mí mismo— pero ¿conseguirás que se lean tus escritos? ¿De qué temas tan importantes y tan bien conocidos por ti, que puedan atraer a los lectores? ¿Con qué estilo, con qué primores retóricos para que no abandonen la lectura? Admitamos que los lean: con el correr del tiempo, ¿no se hará cada día almoneda de los escritos del pasado hasta llegar a desdeñarlos y olvidarlos? De acuerdo, pero se mantendrán algunos años. ¿Cuántos: cien, mil, diez mil? Ponme un caso, uno solo, que se haya mantenido diez mil años. Y desde el punto y hora en que han de perderse del todo nuestras obras, tanto si el mundo se renueva merced a un regreso a sus comienzos —según pretenden los académicos— como si ha de acabar lo mismo que un día empezó, ninguna diferencia hay en que tu recuerdo se desvanezca a los diez días o a los diez mil años. Ambas duraciones son nada y lo mismo comparadas con la eternidad. Entretanto tú te desvivirás en medio de tu ambición, te atormentarás entre inquietudes, desfallecerás de fatiga y perderás lo que a la vida le resta de agradable: ¡idea estupenda! Bien es verdad que César, Alejandro, Aníbal, Escipión, Curcio o Eróstrato, aún a riesgo de sus propias vidas, al precio a veces de la mayor deshonra, sometidos
a torturas terribles, pusieron su ambición por encima de todas las cosas[2]. Sea ello así, a pesar de que no sea nada: se acercaron a la meta sin tomar en consideración razonamientos filosóficos de esa clase y, por supuesto, sin aplicárselos a sí mismos, y además tenían las cualidades adecuadas para su propósito. Pero con todo, ¿quién no aseguraría que fueron completamente estúpidos? Ello está claro en el sentir de Horacio, y yo estoy de acuerdo con él:
ille potens sui
laetusque deget, cui licet in diem
dixisse ‘vixi: cras vel atra
nube polum Pater occupato
vel sole puro, non tamen irritum
quodcumque retro est efficiet neque
diffinget infectumque reddet
quod fugiens semel hora vexit’ [3].
Así que di por concluida la cuestión diciéndome en pocas palabras:
quod adest memento componere aequus[4],
esto es, dispón de los elementos en presencia lo mejor que puedas.
Ahora bien, el propósito de César, de Aníbal o de Alejandro fue extender más allá de la muerte su fama y, a la vez, la de su familia, su casta, su ciudad y su nación y gozar en vida de los beneficios. Supon que lo lograran: ¿cuál fue, sin embargo, el resultado final? Sila echó a perder los esfuerzos de todos sus antepasados y todo lo que de admirable se había hecho con anterioridad. Cada descendiente procura por su cuenta la ruina de su estirpe. La dinastía Julia fue hecha desaparecer por el emperador Cómodo, porque, claro es, un príncipe que era el resultado conjunto del engaño y el adulterio no podía dejar
de recelar de cualquier retoño legítimo[5]. Trajo de paso la ruina a su patria, pues ¿dónde está ahora el Imperio Romano? Es algo ridículo y nunca oído: en Alemania. ¡Cuánto mejor hubiera sido que sobrevivieran aquellos nobles Julios, descendientes de Eneas! ¡Que los romanos siguieran siendo los amos del mundo en lugar de convertirse en esos fantasmas o peleles adornados con títulos hueros! Por otro lado, si el alma es inmortal, ¡qué necesidad hay de nombres vanos? Si es mortal, ¿de qué valen esos mismos nombres? Si la generación ha de tener un final, ¿cesará del todo o se reanudará como en las
liebres y los conejos?[6]
Nada hay de extraño, pues, en que yo me consumiera dominado por esta ambición. En cambio ahora, lo raro es que, a pesar de que comprenda estas verdades, pueda yo seguir esclavo y persista este ansia ciega de renombre. Porque los propósitos de César y los otros eran necios, pero mi deseo de gloria, sobre ser necio, era loco. Sin embargo, jamás anduve a la busca de títulos u honores; es más, los desprecié. Querría que se supiese lo que soy, no deseo que se conozca cómo soy.
Tocante a la descendencia, sé lo enrevesado que es todo y lo poco que podemos hacer por cuidarla. En la medida de lo posible, he vivido a mi sabor y, pues abrigaba ciertas esperanzas respecto al futuro, he descuidado el presente. Conque, si hay alguna excusa para mi ambición, es la de sobrevivir ese tiempo intermedio, sea mucho o poco. Este anhelo parece honroso y, aunque nos engañe, con todo, por ser un deseo natural, merece cierta aprobación.