Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 9 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo VIII

 

Berenice no intenta negociar con su padre, que ha ordenado el asesinato del filósofo Dión y de los cien delegados que la reina envió ante el Senado. Se despide de Arquelao, que asume el mando del ejército, y parte hacia Pelusio, la fortaleza que bloquea el Delta.

En Alejandría, el terror se apodera de las familias nobles que llevaron a Berenice hasta el trono. El éxodo hacia las casas de campo llena los canales de barcas y los caminos de literas, carros, tiros y jinetes que se alejan.

Cleopatra se niega a abandonar a su hermana, pero, al ver partir a los soldados con sus armas rutilantes, llora por las víctimas de una batalla que aún no ha empezado.

Veremos muchos muertos, hombres hermosos en sus nobles corazas — dice tristemente.

—Sea quien sea, el vencedor pertenecerá a tu linaje —le replica Berenice.

Los muertos también serán de los míos.

Cleopatra toma las manos de su hermana entre las suyas:

¡No quiero perderte! —exclama alterada.

—Nadie puede asegurar que estoy vencida —presume Berenice—. Pero ¿qué doloroso poder me obliga a enfrentarme a mi padre con las armas en la mano? ¡La corona hará contigo lo que ha hecho con nosotros! Cuando por naturaleza no somos unas fieras sedientas de sangre, la supremacía absoluta nos impulsa a obrar como si lo fuésemos. Entonces, ¿cuál es la diferencia?

Es considerable, pues tú actúas por el bien de tu pueblo, ellos lo saben, y por eso te aman. Y yo también te amo. No mueras.

En ese caso, perecerá tu padre. Prepara tus atavíos para el duelo y corre ante Isis para rogarle que, al menos, proteja la vida de uno de los dos.

Arquelao murió en combate y sus tropas huyeron en desbandada.

Auletes hizo su entrada, en una Alejandría engalanada, al lado de Gabinio y del comandante de la caballería romana, Marco Antonio.

Después de uno de los festejos con que Auletes gratificó al ejército victorioso, Marco Antonio, borracho, se cruzó con Cleopatra en una galería de palacio. Ella miró de arriba abajo al general; se fijó que sus robustas rodillas sobresalían bajo las tiras de cuero que cubrían su túnica, y las encontró graciosas. Luego le dio la espalda y desapareció.