Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 69 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo VIII

 

 

En Roma, la humillación por el triunfo celebrado en Alejandría solo es comparable con el asombro ante el perdón otorgado al rey de Armenia, al que Antonio y Cleopatra han instalado, con su familia y su séquito, en uno de sus palacios. En cuanto a la ira, con gran enojo por parte de Octavio, pronto se aplaca ya que ninguna de las decisiones que Antonio ha tomado lesionan los intereses de Roma.

Marco Antonio ha obrado de acuerdo con las leyes al instaurar numerosos Estados vasallos, como ya lo hizo cuando entregó Judea, Ponto, Galacia y Capadocia a unos monarcas fieles a la República y afectos a él. La elección de Cleopatra, del hijo de César y de sus propios hijos, incluso hace suponer que su adhesión será más generosa y su fidelidad más segura.

No hay forma de impedir que Roma adore a Antonio. Por más que viva lejos, prepare su tumba a orillas del maldito Nilo, considere a Alejandría igual a Roma, humille a su patria y a sus conciudadanos, los romanos siguen amándolo.

Y Octavio pretende que Cleopatra lo abandone por él, ¡abandonar a Marco Antonio, a este Hércules viviente, a este Dionisos, a este Marte que, junto a ella, une a Oriente y Occidente!

Contra un rival de esta talla, Octavio dispone de pocos medios, y va a utilizar los más inmundos.

Octavio es un cobarde que teme las heridas y la muerte en el campo de batalla. En Farsalia se cubrió de oprobio. No puede arriesgarse de nuevo. Los romanos son demasiado aficionados a las hazañas guerreras, al heroísmo.

Entonces, para lograr la victoria por otros medios, emplea una técnica infalible. Reemplaza el valor y la estrategia militar por dos palancas políticas que maneja a la perfección: una feroz propaganda llena de falsedades y el oro de la corrupción.

Así, vierte sobre la ciudad un torrente de libelos y panfletos señalando a la vindicta pública al «toro degenerado», al «odre hinchado de vino», a la «prostituta infame entregada a todos los vicios» y al «bastardo de un generalote borracho».

Pero Roma, que ha reconocido a Cesarión, se indigna ante este caudal de ultrajes. Octavio comprende su error y, olvidándose de dos de sus tres objetivos, concentra sus dardos en Cleopatra, la reina de Oriente, a la que desea y a la que odia con la misma pasión. Es a ella a quien hay que destruir, ella, que se alza frente a Roma. No en contra, sino en frente; pero jugando con este matiz podrá asustar a la plebe.

Para aniquilar a la reina diosa que encarna a la monarquía y a la feminidad, ambas execrables para Roma, Octavio ataca a la mujer. Según él, todos los golpes están permitidos y lanza contra ella la campaña de difamación más innoble y más eficaz de la Antigüedad.

Además de «la egipcia», la «hermana incestuosa», «la feroz eringia del Lacio cuya impureza provoca la desgracia de Roma», la criatura «tan libidinosa que se prostituye y a la que muchos hombres compran el favor de una noche al precio de su propia vida».

De rebote, la difamación también afecta a Marco Antonio, que es descrito como un infeliz descarriado que ha caído en las redes de una «pérfida hechicera», de una «hembra embelesadora y lúbrica», la «serpiente del Nilo», que lo ceba con afrodisiacos y lo retiene contra su voluntad. ¡Temible poder el de esta hechicera que ha capturado a tan gran romano, un general en el que la patria había depositado tantas esperanzas!

Por primera vez en la Historia, la mentira golpea igual que un arma de guerra.

La calumnia, repetida sin cesar, impacta con la regularidad del ariete que quiere hacer saltar una puerta en pedazos. Bajo el efecto hiriente de una propaganda tan grotesca, incluso los espíritus razonables empiezan a dudar e, insensiblemente, se dejan convencer de que es preciso arremeter contra Alejandría, foco de podredumbre y estercolero, para «librar al mundo de esta pestilencia en nombre de la salud pública».

Antonio replica.

El duelo a muerte ha empezado.

En los cielos del Mediterráneo se cruzan bravatas e insultos.

En ningún momento, Cleopatra se rebaja a responder, como tampoco se digna a lanzar una campaña difamatoria contra Octavio. Roma se solaza en la porquería y el fango. Todo caerá sobre Octavio. La reina no empuña unas armas tan sucias. Perdería el amor de un pueblo que nunca la ha adorado tanto como ahora. En cada cruce, Alejandría le erige una estatua. Las ciudades del Delta, las grandes metrópolis que jalonan el curso del Nilo hasta Etiopía, la representan con Cesarión. Los muros de los templos se cubren de inscripciones, de adornos con su nombre, de bajorrelieves y esculturas donde aparece con los rasgos de Isis o de Hator.

Después del intercambio de afrentas, se prepara la guerra.

Cleopatra y Antonio trasladan su cuartel general de Grecia a Éfeso, de allí a Atenas y luego a Patras.

Mientras Antonio concentra las doscientas galeras de la armada egipcia y las tropas aliadas, Cleopatra organiza el avituallamiento de cereales, vino, pertrechos, armas y municiones.

Conscientes de que la reina defiende su independencia, su soberanía y su libertad, los monarcas orientales se alistan a su lado: Bochus, rey de Mauritania; Tarcondímoto, soberano de la Alta Cilicia; Arquelao, rey de Capadocia; Filadelfo, rey de Paflagonia; Mitrídates, rey de Comagene; Roimétalco, rey de Tracia; Amintas, rey de Galacia; Malicos, rey de Arabia.

Salvo Herodes, que prefiere consagrarse a reconstruir el Templo de Salomón y a masacrar a los miembros de su familia, pues aún no ha llegado el momento de exterminar a los Inocentes para impedir que el Mesías lo despoje de su trono, todo Oriente se agrupa en torno a Cleopatra y Antonio.

Espantados por tan insólita concentración, cuatrocientos senadores romanos viajan con la esperanza de convencer al triunviro, perdido entre tantos monarcas.

Llegan a un campamento donde se codean soldados vestidos con uniformes de todas las naciones, que empuñan infinidad de armas exóticas y se expresan en jergas imposibles. Los senadores se marean ante aquel tornasol de vivos colores, de telas, cueros, metales que brillan y chocan, mientras los caballos son conducidos al abrevadero en un marcial estrépito, y jóvenes oficiales se enfrentan en justas amistosas, y se transportan los materiales en carromatos atestados tirados por imponentes bueyes, mientras se afilan los sables, se reparan los timones y las meretrices sufren los asaltos de los soldados.

El orden y el rigor de las legiones, apoyadas por este magnífico tumulto, dan la impresión de conformar un ejército invencible en el que se fusionan las cualidades de Oriente y Occidente.

Todavía aturdidos por el poder que emana de semejante despliegue, los senadores constatan desolados que la insolente reina de Egipto no solo se prepara para combatir, sino que Antonio tolera que ella les dé órdenes a los soberanos y actúe como jefe militar, como «Reina de Reyes». La idea de que ella, que habla su lengua, es la única que puede hacerlo, no se le pasa por la cabeza ni a uno solo de los cuatrocientos senadores.

Estos hombres seniles llegados desde lo más profundo de su Lacio para arrancar a Marco Antonio de las garras de una hechicera, descubren, al lado del triunviro enamorado, a una amazona bella como los astros; a una reina que afirma velar mejor por el futuro de sus hijos contribuyendo a la victoria que permaneciendo junto a ellos dedicada a hilar —opinión que ridiculiza el gran designio de Octavio, pues todas las mujeres de su casa se ven obligadas a tejer túnicas.

Rumiando las monstruosas calumnias inventadas contra esta pareja prodigiosa, los senadores perciben entonces el verdadero envite de una guerra que no se parece a ninguna otra. Para defender una concepción viril y exclusiva del poder, la República ataca a la realeza de origen divino.

Al volver a Roma se apresuran a declarar a Marco Antonio «enemigo del Estado» y «desposeído de todos sus cargos y funciones, considerando que permite que una mujer los ejerza en su lugar».