Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 41 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo XIX

 

 

Un mes más tarde, aquel fatal día de los idus de marzo, el 15 de marzo del año 44 a. de C., César, herido por veintitrés puñaladas, se desploma en el Senado, al pie de la estatua de Pompeyo.

Cleopatra no tiene tiempo para reflexionar en lo que ha pasado, y, menos aún, para ponderar lo que debe hacer. Ahora solo le queda un objetivo, llevar al hijo de César al trono de Egipto.

Escucha los alaridos en los jardines y corre hacia los aposentos del niño. Alto y fuerte para su edad, se afianza sobre sus piernecitas. Al ver a su madre, tiende sus brazos hacia ella, pero interrumpe su gesto ante aquel rostro que no conoce, descompuesto, lívido, sin una lágrima ni un parpadeo.

Cleopatra recuerda a una de esas esfinges de oro pálido que representan a las divinidades. La estatua se inclina y lo toma entre unos brazos tan blancos que parecen de hielo. Sin embargo es la melodiosa voz de su madre, aunque muy alterada, la que lo tranquiliza, la que le asegura que no hay nada que temer y que solo debe hacer una cosa: abrazarse a su cuello.

Con un murmullo y el timbre cambiado, vibrante, desesperado, que se rompe y se recupera, le dice que vuelven a su luminoso país.

El niño forcejea.

La madre le explica, mientras se alejan del palacio, que no tiene tiempo de decirle adiós a los amiguitos romanos que ha conocido en esos dos años, ni de recoger sus juguetes; que incluso debe abandonar al caballo blanco enjaezado de oro que César le regaló.

Ella corre.

Él se aferra a ella y llama a su padre.

Ella se lo lleva.

El niño, agarrado a su cuello, sacudido entre sus brazos, sigue llamando a César y se niega a marcharse sin él. Ella le responde que es preciso.

Sus pies se hunden en el sendero de arena dorada.

Ella corre hacia el Tíber, donde se balancean las pequeñas barcas de recreo que la gente utiliza para navegar. Llega hasta el embarcadero mientras los jinetes de su guardia galopan hacia Ostia para aparejar los barcos.

Aquí se termina el sueño.

La vida empieza, una vida muerta, sin César.