Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo XIII
A los dieciocho años, Cleopatra se ve obligada a compartir el trono con su hermano pequeño. Su deseo sería reinar sola, y rechaza los ofrecimientos de toda clase de intrigantes que, despechados, se vuelven entonces hacia su hermano.
Tolomeo XIII, un adolescente huraño que es demasiado joven para reinar, atrae a todos los parásitos que Cleopatra ha descartado. A cambio de sus consejos, obtienen cargos, prebendas, favores, pero no tienen más proyecto político que perjudicar a una reina demasiado independiente.
Los más perniciosos de esta banda son el eunuco Poteinos, «maestresala» de Tolomeo, que ejerce las funciones de Primer Ministro, y el estratega Aquilas. Se han aliado con Ganimedes y Peteharpócrates, los eunucos de Arsínoe, que los abruma con regalos y les promete más aún cuando se vea coronada en el lugar de Cleopatra.
Durante los dos años que siguen a la muerte de su padre, Tolomeo XIII se opone a todo lo que intenta su hermana, y todo lo que ella consigue es muy a su pesar. Así, Cleopatra se ve forzada a soportar a su hermano y esposo, y a tolerar las maniobras de los cortesanos que lo rodean, pero también debe desbaratar las conspiraciones que urden. Sin embargo, logra sanear las finanzas del país e intenta desembarazarse de la guarnición extranjera impuesta a la ciudad por su padre.
Mientras está negociando la marcha de hasta el último legionario galo o germano, los dos hijos de Calpurnio Bíbulo, procónsul romano de Siria, son asesinados en Alejandría. Para evitar una feroz expedición de castigo, Cleopatra le entrega al romano los presuntos asesinos de sus hijos.
Después de haber sacrificado a los cómplices y a los ejecutores, pero no al que los armó, Cleopatra irrumpe en los aposentos del Decimotercero. Lo encuentra ocupado en la degustación de unos dulces de miel. Exasperada por la fingida indolencia de su hermano y por las muecas de sus consejeros, que se retiran cuchicheando, su ira estalla:
¡Nunca más vuelvas a ordenar un asesinato sin mi permiso! ¿No comprendes que no somos los más fuertes? Las legiones están por todas partes, ¡y siempre victoriosas! Tus sangrientas provocaciones son un peligro para el país.
De pronto me pareces algo pusilánime —replica el obeso muchacho llevándose a la boca un dátil—. Tenemos soldados hasta en la isla Elefantina.
Unos reservistas que cultivan sus huertos —se burla Cleopatra—. Intenta hacer de ellos unos combatientes. ¿Y a quién pondríamos al mando?
—Aquilas.
Ella se ríe a carcajadas.
El primer romano que aparezca se tragará de un bocado a tu sirviente.
Tolomeo se pone rojo y empieza a resoplar.
Cleopatra lo mira desdeñosa.
No finjas una crisis nerviosa. Estoy encantada de que me escuche escondido detrás de un tapiz con Arsínoe. ¡La advertencia también vale para ellos!
Cleopatra gira sobre sus talones y, mientras se aleja, no deja de preguntarse si algún eunuco no va a clavarle un cuchillo entre los omóplatos.
De buena gana se libraría de su hermano, pero tiene once años. Sería como matar a un niño.