Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 30 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo VIII

 

 

Al día siguiente, después de descubrir la muerte de su eunuco, Tolomeo le declara a Arsínoe que está prisionero en su propio palacio.

¿Cleopatra también? —pregunta Arsínoe.

¡Cleopatra es su ramera, o lo va a ser! Él le devuelve el trono del que la expulsamos, ella se lo debe todo, ¡y César nunca perdona una deuda!

Entonces, ¡huye! ¡Reúnete con Aquilas y, al frente del ejército, vuelve para liberarme!

¡No puedo abandonarte!

¡Debes hacerlo! Mi presencia aquí disipará las sospechas. Antes de que descubran tu desaparición, aplastarás al romano. Vencerás, mi rey, y celebraremos nuestros esponsales ante las cabezas cortadas de Cleopatra y de César clavadas sobre las murallas.

—¡Así ha de ser!

El adolescente, colmado de atenciones por los eunucos que lo desearían semejante a ellos, se yergue. Arsínoe lo observa orgullosa. Ya es un hombre. La muerte de Poteinos lo ha cambiado. La grasa se derrite y surgen los músculos.

Lejos de contrariar el plan de huida del Decimotercero, César lo propicia, pues está convencido de que la incompetencia y la vanidad del rey adolescente le causarán a su ejército un daño más grave del que él mismo podría provocarle con los pocos efectivos de que dispone. Así, el Decimotercero se reúne con Aquilas, que ha conducido a sus hombres ante las murallas. Si ahora ordenan el asalto, Alejandría cae en dos días. Todos lo saben. Pero Tolomeo quiere demostrar quién es el amo y obliga a Aquilas a sitiar la ciudad.

Es el regalo con el que César contaba.

Fortifica la ciudad, espera los refuerzos y convoca a Cleopatra… para jugar a los dados.

El tiempo se detiene.

Es lo que quiere.

¿Cuándo terminará la partida? —pregunta Cleopatra agitando los dados.

Con el asedio —responde César.

—¿Y cuándo terminará el asedio? —insiste ella lanzándolos.

¡No terminará! Y la reina de Egipto verá caer los últimos cabellos de César, y César verá encanecer los de Cleopatra, y aún seguiremos haciendo rodar los dados.

—¿Qué sucederá cuando la reina de Egipto se aburra en la compañía del gran César?

El mano a mano se prolonga días, semanas, meses. De tanto en tanto, César da un vistazo por la ventana.

—Los vientos me son propicios —dice—, mientras se opongan a mi regreso.

Ella le cuenta cómo es Egipto. Le explica los mitos y las divinidades extrañas, medio hombres medio animales, que los bárbaros no comprenden. Le descubre las maravillas de la ciudad donde están cautivos.

Él le habla de sus conquistas. Ochocientas ciudades tomadas. Un millón de prisioneros. Otro tanto de muertos. Ella lo fascina, lo hechiza, lo embelesa.

Él la seduce, le cuenta que durante el viaje hacia Egipto, en su barco, empezó el relato de la conquista de las Galias. Cuando terminen de explorar la Biblioteca, y ya no tengan nada más que decirse, irá al barco en busca del manuscrito. Ella ríe. Nunca terminarán. Qué hermoso es su cuello cuando ríe, de una blancura y suavidad dignas de la seda más pura.