Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo VII
Artabaces conoce la costumbre. Tras la celebración de los triunfos se ejecuta a los cautivos. Aunque a menudo se mostraba generoso, César no perdonó a Vercingetórix; después de que le sacaron los ojos y de padecer los abucheos del populacho, fue estrangulado.
Artabaces sabe que ya no tiene nada que perder; cuando lo conducen ante el trono para postrarse y rendirle a la reina el homenaje reservado a los dioses, se niega. Su destino parece sellado. Antonio no suele perdonar a los vencidos, y la reina ha sufrido una afrenta.
Pero ella solicita la gracia para el traidor. Una vez repuestos de la sorpresa, los alejandrinos aclaman a Cleopatra y Marco Antonio como la encarnación de los «dioses benefactores» del Egipto eterno.
Durante ocho días, paradas, desfiles militares, espectáculos y banquetes se suceden sin interrupción hasta la ceremonia que tiene lugar en el hipódromo, donde se ha instalado un enorme estrado de plata y, sobre él, seis tronos dorados. Vestida con el atuendo de Isis, que revela las voluptuosas formas de un cuerpo de treinta y siete años, tocada con la doble corona, sosteniendo el flagelo y el cayado, Cleopatra ocupa el más elevado.
Sus cuatro hijos están sentados a sus pies.
El trono de Antonio aún está vacío.
Al pie de la gigantesca escalera que conduce hasta el pedestal, el vencedor, a quien su estatura y su cabello rubio confieren ya los atributos de un dios, recibe de los sacerdotes los emblemas de Dionisos: una corona de oro entrelazada de hiedra, y el tirso, una vara cubierta de pámpanos y de hiedra, rematada con un pomo en forma de piña. Una vez divinizado, puede acercarse a Cleopatra Isis sin cometer una blasfemia. Lentamente asciende hacia ella mientras centenares de címbalos de bronce no dejan de retumbar.
Cleopatra cree ver acercarse al temible Set, dios del trueno y del rayo.
Al llegar a lo más alto de las escaleras, después de inclinarse ante la reina con tanta adoración como gratitud, se vuelve hacia el pueblo que se apiña en las graderías para oírlo. Con su poderosa voz reafirma la divinidad de la reina, le confiere el fabuloso título de «Reina de Reyes»; luego proclama a Cesarión «Rey de Reyes» y, con su madre, corregente de Egipto y de los países bajo su poder.
El estruendo de ovaciones que saludan sus palabras queda aplacado cuando Antonio describe sus conquistas, antes de enumerar los territorios que le entrega a Cleopatra según el acuerdo de Antioquía: la península del Sinaí; la provincia romana de Arabia, incluida la ciudad de Petra; la costa oriental del mar Muerto; una parte del valle del Jordán con la ciudad de Jericó; una porción de Samaria y de Galilea; la costa fenicia, exceptuando las ciudades libres de Sidón y de Tiro; el Líbano; la costa septentrional de Siria; una parte de Cilicia, incluida Tarso; la isla de Chipre y una parte de Creta.
Al terminar tan prestigiosa enumeración, se vuelve hacia su primogénito, Alejandro Helios, el pequeño Sol, de seis años, a quien le entrega los reinos de Armenia, Partia y Media.
El pequeño rey viste a la usanza de los medos, una tiara alta con cubrenuca, una túnica de manga larga que cae sobre un pantalón bombacho estilo persa. Un manto, recogido sobre un hombro, flota a su espalda. Con el rostro serio, mira a sus padres con adoración.
Marco Antonio, el invencible gigante de dorada cabellera, le ha explicado que, juntos, derrotarán a los partos, y el niño se pavonea mientras intenta reprimir una vaga inquietud que le sobreviene ante el desmesurado futuro que le aguarda.
A la hermana gemela del pequeño Sol, Cleopatra Selene, la joven Luna que tiene el mismo encanto que su madre, le corresponden Libia, Cirenaica y una parte de la costa de África del Norte, lo que representa unos territorios con una superficie equivalente a la que acaba de recibir su hermano.
El último hijo solo tiene dos años.
Está vestido al estilo macedonio: un manto, botas y el singular gorro cónico rodeado por una diadema que adoptaron los sucesores de Alejandro. Proclamado por su padre rey de Fenicia, Cilicia y Siria septentrional, Alejandro Tolomeo saluda a la multitud que lo aplaude agitando sus manitas.
Por fin, después de haber proclamado su matrimonio con Cleopatra y afirmado que sus hijos eran dioses, Antonio ocupa el trono que la reina le ha reservado.
El ruido de los címbalos que acompasa sus palabras es apagado por el formidable grito de alegría lanzado hacia el cielo por la multitud puesta en pie. Las flores llueven sobre la reina.
Iluminados por los rayos de un sol declinante, Cleopatra y Marco Antonio, en lo más alto del estrado de plata, parecen dos ídolos cubiertos de púrpura y fundidos en oro puro.