Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 26 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo IV

 

César, intrigado, levanta la mirada de los mapas que está examinando; sus oficiales más burlones se ríen del comandante de la guardia que, por segunda vez, solicita ser recibido. Al parecer se trata de un regalo, pero el repartidor tiene órdenes estrictas y pretende entregarlo en persona.

Qué alfombra más exigente —comenta divertido uno de los oficiales.

Ni la mismísima reina de Egipto armaría tanto escándalo —se ríe otro.

La penetrante mirada de César se clava en el oficial que acaba de hablar. Lo ha comprendido. Despide a sus oficiales.

Mientras abandonan la sala, uno de ellos murmura: —Otro tesoro para nuestro gran jefe, uno más. ¿Qué será esta vez? Apuesto a que se trata de una estatua de oro.

¡A menos que nuestro general no esté recibiendo a su asesino!

Un criminal no va por ahí con una estera al hombro.

César, que no lleva puesta ni su coraza ni su manto, solo su túnica, se siente como si estuviese desnudo, y, durante los pocos segundos que permanece a solas, se turba, se impacienta y camina de un lado para otro. Sin embargo, todo lo que ocurre ha sido previsto y ordenado por él.

Y entonces entra Apolodoro.

El corazón del gran César se desboca.

La alfombra se desenrolla lentamente y ella aparece ante él, como surge la mariposa de una crisálida.

Se despliega, se estira, se levanta, estornuda después de respirar durante tanto tiempo las fibras, y se ríe de haber estornudado.

Viste el atuendo de Isis, que desnuda su cuerpo hasta la cintura y cuya falda es del lino más puro, más inmaculado y más transparente. Sus cabellos, que desordena con un gesto para que cojan cuerpo, están ceñidos con un lazo dorado. Sobre su pecho resplandece un peto con incrustaciones de lapislázuli, corales y esmeraldas; la prenda es tan pesada que necesita un contrapeso en la espalda.

Una serpiente trenzada en su brazo derecho parece a punto de morder su hombro. Y, como si hubiese derramado sobre ella todos los perfumes de Arabia —cosa que ha hecho—, huele maravillosamente bien.

César, con el rostro encendido, reconoce que ella es el objeto de todos sus deseos, de sus ansias más secretas. Es la reina de Oriente. Su belleza, donde se combinan la juventud, la feminidad y la alegría, salta a la vista y desafía todo lo que le han contado. Su poder, aunque ya no tenga ningún poder, puede volver absolutamente desmesurado el que él tiene.

La alfombra es suya.

La reina aún no.

César se inclina ante ella, que es su futuro.

Cleopatra lo observa sonriendo, escondiendo su odio detrás de los hoyuelos de sus mejillas, del brillo de sus dientes perfectos, y, por último, tendiéndole su mano en un gesto de amistad, de espantosa hipocresía. Lo que desearía, si no necesitase tanto su arbitraje, sería verlo muerto a sus pies.

A pesar de su edad, aún podría ser guapo si tuviese más pelo. Su túnica es muy fina; el drapeado, cuidadosamente estudiado, la cintura, holgada. Su coquetería y su conducta afeminada ya le han valido tantos reproches que poco le importa. Sus ojos brillan y lanzan destellos. Su nariz es recta, su boca firme y noble, ¡un hermoso ejemplar romano!

Muy alto, mientras ella es baja.

Su enemigo.

Ella realza su sonrisa.

Él toma su mano.