Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 32 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo X

 

 

Transformados en antorchas, los mástiles de varios navíos se rompen abatiéndose sobre los silos y los graneros. Los tejados aplastados se desploman. Las llamas se propagan por las viviendas. Las calles se convierten en hornos. Muy pronto, el Museo y la Biblioteca solo serán un montón de cenizas.

Cleopatra se apresura a organizar la lucha contra el fuego, seguida por las imprecaciones de su hermana:

—¡Todo está ardiendo y me alegro! ¡Mi hermana pronto será la reina de los escombros!

En la Biblioteca, setecientos mil volúmenes se van en humo. Cleopatra rescata los rollos de las tragedias de Esquilo; el tejado incendiado se desploma tras ella.

Tras regresar a palacio, después de luchar en vano durante horas, la reina se deja conducir hasta sus aposentos. La noche cae, el brasero aún crepita. Desde las ventanas se puede ver, igual que a la luz del día, la dársena donde siguen ardiendo ciento veintidós navíos.

Con el rostro tiznado y la boca temblando de horror, Cleopatra reconoce a César por su manto púrpura. El romano corre a través de las llamas sobre el puente del buque insignia. Segura de que ha ido en busca de su relato de La guerra de las Galias, Cleopatra se apoya contra el marco de la ventana y lo ve perseguido por las lenguas de fuego hasta que salta sobre una chalupa. Varios soldados lo imitan.

Demasiado pequeña para poder con todos, la barca va a zozobrar. Entonces César se tira al agua y, sosteniendo con una mano los documentos sobre su cabeza, nada con la otra bajo una bandada de flechas.

En varias ocasiones, Cleopatra piensa que lo han alcanzado.

Cuando el manto se hunde en el agua en medio de restos calcinados, se da la vuelta y se desploma sobre un taburete de oro. Unas lágrimas se deslizan por sus mejillas tiznadas.

No sabe cuánto tiempo transcurre hasta que un mensajero le anuncia la llegada de los refuerzos tan esperados.

Demasiado tarde —dice ella—. Ayer nos habrían servido. Pero esta noche ha visto la destrucción de Alejandría, y la muerte de César.

¿Esperabas su fin? —pregunta una voz a su espalda que la hace sobresaltarse.

Está allí, empapado, con apenas unos rasguños bajo su manto desgarrado.

Ella quiere levantarse, pero no puede moverse. Sofocada por las lágrimas, le gustaría morirse en ese instante en que descubre todo lo que él significa para ella.

Con los dedos helados, César toca su rostro, ve sus lágrimas, la levanta y la lleva en su brazos.

En el trayecto hasta sus aposentos, él le promete que, al día siguiente, será el vencedor, que la Biblioteca será reconstruida y los setecientos mil volúmenes reunidos de nuevo. Si es preciso, robará los de Pérgamo para ella. Cleopatra no sabe si está mintiendo, pero enlaza sus brazos alrededor de su cuello.

Alejandría cree que ya son amantes.

Si César muere mañana, Cleopatra habrá conocido una noche con él.

Al día siguiente, algo en ella se ha quebrado.

La aspereza estalla en ternura, el odio se vuelve un vértigo. Es el espanto del amor, la niña que se convierte en mujer, intrigada y encantada de lo que le sucede.

Pero cuando lo que ella quisiera es permanecer cerca del calor de César, él se levanta, se pone su coraza y, de pie al lado de la cama, contemplándola con adoración, declara que vencerá, que lo hará por ella. Aún no sabe que la batalla de Alejandría será interminable, que conocerán el frío, el hambre, la sed.