Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo XX
La noche ha caído. Cleopatra se aleja de sus íntimos y permanece sola ante el fuego del campamento. De pronto ve surgir la imagen de César: el vencedor de Pompeyo entra a caballo en Alejandría precedido por los lictores que portan los fasces, símbolo del derecho absoluto sobre la vida y la muerte. A la cabeza de sus legiones y escoltado por Tolomeo XIII y por Arsínoe, el Imperator recorre la avenida de Canopos hasta el palacio de Loquias, del que toma posesión.
Con los ojos nublados por las lágrimas, la reina patea el fuego para disipar esta visión. Las chispas que saltan en todas direcciones le descubren, agazapado al otro lado de la hoguera, a un asesino inmóvil; la súbita llamarada lo sorprende cuando ya se disponía a saltar.
Todo lo que Cleopatra puede intentar sería inútil.
Los ojos febriles del criminal refulgen en medio de un rostro embadurnado con ceniza y sangre. El puñal, con el que parece protegerse, acaba de desangrar a los centinelas y se dispone a degollar a la reina de Egipto.
El tiempo queda suspendido.
La reina y el asesino están frente a frente.
Las llamas, reflejadas en la hoja del cuchillo, se convierten en relámpagos púrpuras. Cleopatra resplandece como una diosa, igual a Hator, tan hermosa como Isis; Cleopatra es la imagen de la divinidad que vela por Egipto y le da la vida.
El criminal duda.
Cleopatra lo acusa con dureza:
¡Regicida!
Y, con una voz tan grave que parece hablar la Justicia misma, la voz de Maat que encarna la Regla, agrava su acusación:
¡Deicida!
El silencio se vuelve tan denso como el granito. La noche se solidifica. Al asesino le falta el aire. El puñal tiembla en su mano, lo suelta y, como un caballo cuando le cercenan los corvejones, se desploma a los pies de Cleopatra.
Ella lo mira para después hablarle muy despacio: —¿Por que no pides clemencia si acabas de dejar con vida a la reina?
—¡No merezco vivir!
¿De qué me serviría tu muerte?
Divina Isis… un miserable como yo tampoco podrá asesinar al rey…
¿Acaso te lo he ordenado? Tú mismo has comprobado que no estoy bien protegida. Me gustaría que los soldados de mi guardia personal, los somatophylakes, no se durmieran estando de servicio. ¿Eres egipcio? ¿Cómo te llamas?
Peteharpócrates, «el concedido por el dios Horus niño», divina Cleopatra, señora de las Dos Tierras que reina sobre el Bajo y el Alto Egipto.
—Y con semejante nombre, ¿pretendías asesinar a la encarnación de la madre del joven Horus? Levántate y ocupa el lugar de uno de los centinelas que has degollado.
La noche vuelve a cerrarse en torno a Cleopatra.
¿Qué ha sido de la vida inimitable que tanto esperó llevar durante su juventud? ¿Dónde está el amor? ¿Dónde su corona?