Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 62 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo I

 

Frente al mar, en medio de los mirtos, de los sicomoros y de los laureles que le han dado su fama a Antioquía, Cleopatra y Antonio, rodeados de sus hijos, conciben un plan para reconquistar el imperio de Alejandro. El sueño y la realidad se entrelazan y los transportan a un mundo donde ya se creen a la altura de los dioses.

Si a veces, entre tanta exaltación por los preparativos, perciben una fisura, pronto la descartan para no caer en la tristeza, no quieren que nada le haga sombra a su perfecta felicidad. Sin embargo, a medida que Antonio, por amor a Cleopatra, se esfuerza en acceder al universo de los dioses, Cleopatra renuncia a ese universo por amor a Antonio. Alejan el tormento que les causa un vuelco tan doloroso gracias a una constante armonía, y se lanzan a un amor decidido a vencer todos los obstáculos, hasta la muerte.

Así, con este ánimo, deciden dar la batalla juntos, sin separarse en medio de los combates a fin de que su victoria haga su unión indiscutible, incluso para el egipcio más altivo o el romano más reticente.

Comprometida en una entrega total, Cleopatra olvida cualquier asomo de desconfianza.

Ella, que siempre les ha negado su ayuda a los romanos, ahora incita a Marco Antonio a gastar parte de sus inmensas riquezas. Y así, él logra reclutar un formidable ejército: ciento veinte mil soldados de infantería y treinta y tres mil jinetes. El bramido de esta gigantesca formación, que plasma la alianza de Roma y Egipto, llena de espanto a toda Asia y de consternación a Octavio.

Las tropas están divididas en tres cuerpos.

Tatiano, con dos legiones más el concurso de los reyes aliados y sus efectivos, cruzará Armenia pasando por la altiplanicie de Erzerum. Transportará los ingenios para poner sitio a las fortalezas y las torres de madera, montadas sobre ruedas, que permiten los asaltos.

Cleopatra y Antonio conducirán a la caballería y al grueso de las fuerzas por el camino más directo.

Calímaca, el estratega de la reina, para quien creó el cargo de «vigilante del mar Rojo y del océano Índico» cuando sus sabios descubrieron el fenómeno de los monzones y lo provechosos que podían ser para la navegación, seguirá el curso del mar Rojo a la cabeza de la flota egipcia llevando armas, pertrechos y tropas de refuerzo.

El enorme ejército se pone en marcha y cruza el desierto de Siria hasta el Éufrates, donde está previsto que se divida.

En Mari, una de las ciudades míticas construidas a orillas del río, Cleopatra se siente indispuesta. Aunque ella piensa que se debe al calor y al agua que había bebido de un pozo, su médico le anuncia que va a ser madre. No puede creerlo después de todas las precauciones que habían tomado. Dioscórides se muestra tajante: si no quiere perder al niño, la reina debe volver a Alejandría.

Aunque aceptan la separación, no es un buen augurio:

No puedes vivir sin mí —afirma Cleopatra sin ocultar su inquietud.

Pero puedo pelear sin ti, y el ejército debe ponerse en marcha sin demora. El invierno en las montañas…

—…, es mortal, ¡ya lo sé! Pero no has dejado de repetirme que no eres Alejandro y que necesitas mi presencia.

Egipto me ha enseñado que, sin la unión de lo femenino y lo masculino, cualquier poder está lisiado. Sin embargo, aleja cualquier preocupación, reina mía. Juntos concebimos el plan de esta campaña y, por ti, yo seré Alejandro.

Lo ve alejarse; una funesta inquietud oprime su corazón.

A marchas forzadas, Antonio se dirige hacia Oriente; mientras, ella parte en sentido contrario, en etapas cortas para proteger a este cuarto hijo que verá la luz en Alejandría. Cada vez que el cortejo se detiene, ella se toma el tiempo de escribirle a Marco Antonio en tablillas de cristal y de cornalina.

En Alejandría, el anuncio de un desastre aguarda a la reina.

El ejército de Tatiano ha sido aniquilado junto con todos los artefactos para los sitios; Antonio, en vez de volver para reconstruir sus efectivos, prosigue las operaciones en solitario.

Cuando Cleopatra se entera, con las dos manos sobre su vientre como para proteger a su hijo de una catástrofe que también puede afectarlo a él, titubea y murmura:

Es una locura sin sentido. Antonio no puede derrotar a los partos con un solo ejército y sin los ingenios. No tiene catapultas ni arietes, así, ¿cómo va a tomar por asalto las ciudades enemigas? Se verá forzado a sitiarlas una tras otra. En vez de una serie de ataques rápidos como habíamos previsto, tendrá que librar una guerra de desgaste. Se enfrentará a una campaña de invierno y lo masacrarán.