Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo XII
A orillas del lago Mareotis, uno de los paisajes más primorosos del Delta, la mano del hombre a jugado con la naturaleza y con las aguas para crear un decorado encantador.
Las casas se esconden en la espesura donde se ciernen numerosas aves, codornices y cigüeñas, patos, garzas, flamencos, martín pescadores, algunas simplemente de paso.
Refugios de verdor brindan exquisitos lugares para el descanso construidos sobre los islotes que afloran: delicados templetes con vides trepadoras, grutas, cenadores cubiertos de flores, arcadas que albergan divanes y estrados destinados a los músicos.
Sobre las tranquilas aguas, que rozan las cercetas en su vuelo, las embarcaciones de papiro se cruzan con galeras de una fila de remeros y con barcazas de vela cuadra que transportan los productos del mercado.
El puerto rivaliza con los de la capital y recibe las mercancías traídas por las caravanas de África. Los muelles rebosan de animación, de colorido, de risas. Las tabernas nunca se vacían.
Los templos están atestados de peregrinos. Todas las religiones se codean. La poderosa arquitectura de los edificios sagrados de Egipto contrasta con la elegancia de los monumentos griegos, con sus finas columnatas rematadas con frontones triangulares. Como símbolo de esta mezcla, unos soldados romanos discuten con las sacerdotisas egipcias.
También los judíos tienen su lugar de oración, una vasta sinagoga, igual que en Alejandría.
En los campos de los alrededores, un labrador siega, unas vacas hunden el hocico en las aguas puras, una niña corre tras sus ocas. Un poco más lejos, unos jóvenes cazan en los marjales.
Al borde del agua, Antonio, con sus gruesas rodillas tensando su túnica griega, indiferente a todo, pesca con una caña.
Mientras él atrapa suculentos peces que hacen las delicias de su mesa, Cleopatra está preocupada por lo que sucede en el mundo.
En Roma, Fulvia, decidida a recuperar a su esposo a cualquier precio, acaba de instigar una rebelión contra Octavio, que la derrotó y obligó a huir. En esos momentos, navega rumbo a Grecia donde espera encontrar refugio y atraer de vuelta a Marco Antonio.
La situación no es mejor en Oriente, donde los partos multiplican las incursiones contra Siria al tiempo que codician el reino de Egipto. Tarde o temprano, habrá que acabar con ellos. En tiempos de César, este ya planeaba derrotarlos. Quería recuperar las águilas perdidas por Craso, vencido entre el Tigris y el Éufrates, y cuya cabeza se utilizó como parte del decorado en una representación de Las bacantes de Eurípides.
Mientras, Antonio se dedica a pescar, una distracción a la que aún es capaz de sacarle partido.
Cleopatra, dividida entre la burla y la consternación, descubre que el romano, a menudo picado en su orgullo por volver con las manos vacías, ordena que le enganchen en su anzuelo soberbios ejemplares que despiertan los aplausos de las hermosas alejandrinas.
Un día, ante toda la corte que estalla en carcajadas, saca del agua un pez sin cabeza ni raspas traído desde el mar del Nórte.
Ante Cleopatra, que le sonríe tiernamente, él también finge disfrutar con la broma.
—Amado Señor, déjanos la pesca a nosotros, las gentes de Faros y Canopos —le dice ella—. Y si deseas apoderarte de algo, ¡que sean ciudades, provincias, imperios!
No le perdonará aquella lección, aunque le resulte provechosa y lo impulse a dejar de lado la caña de pescar y empuñar la espada.
Se pone en camino, y su entusiasmo no conoce límites ante las empresas que le aguardan, le jura a Cleopatra que volverá en cuanto derrote a los partos, haga entrar en razón a Fulvia y convenza a Octavio de su lealtad. Promete que la reina apenas tendrá tiempo de dar a luz a su hijo porque, para entonces, él ya estará de regreso y los estrechará en sus brazos.