Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo XVI
Un furor glacial estremece los labios del romano. Octavio ha comprendido que la muerte le ha arrebatado a Marco Antonio. ¡Que capturen a la reina! Si se niega a abrir las rejas, ¡que las derriben! Pero los sepulcros reales egipcios son fortalezas inexpugnables. No se puede asediar el mausoleo, ni tomarlo al asalto, ya que para capturar a la reina con vida, hay que tomarla por sorpresa.
Octavio sugiere un innoble ardid. Mientras un tal Galo parlamenta con ella sobre el destino de sus hijos a través de las rejas, su cómplice, Proculeyo, trepa hasta la ventana. Pero se tropieza en la oscuridad. Cleopatra lo oye a su espalda y empuña una daga para matarse.
Proculeyo no le da tiempo.
—Te lastimarías a ti misma —dice arrancándole el arma—, y a Octavio también, pues desea mostrarse clemente.
La domina, la registra, recorre el sepulcro, abre las rejas y aposta unos centinelas en la primera sala. A partir de ahora, Cleopatra ya no está sola con sus criadas, sino estrechamente vigilada día y noche por soldados romanos mandados por un secuaz de Octavio, Epafrodito. Para que la puerta que la separa de sus carceleros permanezca cerrada, Cleopatra debe recurrir a toda su autoridad.
Sin embargo, para Octavio la cacería no habrá terminado hasta que Antilo y Cesarión, sobre todo Cesarión, no estén en su poder. Las patrullas que los buscan registran a fondo toda la ciudad. El joven rey permanece a salvo.
Pero los soldados encuentran a Antilo en el templo consagrado al dios César. El muchacho pensó que incluso Octavio respetaría aquel lugar. Los romanos violan el santuario, asesinan al fugitivo y le cortan la cabeza para llevársela a Octavio, no sin antes haberle robado una valiosa joya que llevaba colgada al cuello. Octavio, que además de la cabeza quería la piedra preciosa, ordena que crucifiquen a los ladrones.
Cleopatra no ha renunciado a morir.
Sin armas, tardará un poco más; pero las heridas que se hizo se infectan y le provocan altas fiebres. No se cuida y deja de comer para precipitar el desenlace.
Octavio detesta que le arrebaten lo que le pertenece. Cleopatra es suya, como lo era Antonio, igual que la joya de Antilo. Le hace saber a su prisionera que, si se mata, dará muerte a sus hijos en medio de atroces suplicios. Para salvarlos, la reina cede al chantaje.
Octavio no ha vuelto a ver a la reina desde la muerte de César. Muy excitado ante la idea del encuentro, anuncia su visita y acude al mausoleo igual que se examina a las fieras en sus jaulas antes de soltarlas en el circo.
Pocos días atrás, Cleopatra resplandecía. Desde la muerte de Antonio, no ha escatimado ningún esfuerzo para destruirse. Se ha despojado de su belleza como si fuese una peligrosa vestidura.
Y ahora, lívida, demacrada, con las mejillas arañadas y el pelo arrancado, ahora puede recibir al repugnante vencedor sin temer sus insinuaciones.
Con todos sus sentidos aguzados por la fiebre, en cuanto lo ve descubre al más frío de todos los monstruos fríos. Una sola mirada le basta para comprender que nada lo conmoverá. Es impasible y del todo indiferente a la piedad.
Sin embargo, a falta de compasión, espera al menos que respetará los deseos de su padre adoptivo; la reina le tiende las cartas de César, la prueba de que ella, durante toda su vida, siempre ha actuado de acuerdo con la voluntad de César.
Octavio quiere decir algo, pero no se le ocurre nada. Cleopatra cae a sus pies y suplica:
—Tengo que pedirte una gracia, en recuerdo de César. Puesto que después de haber sido suya, el destino me unió a Marco Antonio, déjame ir a su lado. No abandoné esta vida al tiempo que César. Permite que siga a Antonio en las moradas del más allá y que comparta su tumba.
La vacía mirada de Octavio se posa en ella.
El deseo inmundo y helado de tomar a la mujer de su padre sigue atenazándolo. Él tiene treinta y tres años y ella seis más. Ha hecho todo lo posible por desfigurarse y sigue siendo irresistiblemente atractiva. Sus desgarros no consiguen disimular la nobleza y la perfección de su rostro, los ojos espléndidos, centelleantes, el soberbio dibujo de su boca; comparado con el de ella, su rostro es patético. Y el cuerpecito enflaquecido, cuyas delicadas formas se adivinan bajo los pliegues de la túnica, aún resulta seductor.
Pero Cleopatra no disimula la repulsión que le inspira, y el asco es tan brutal que Octavio se espanta. Retrocede hacia la puerta farfullando:
—Nadie te hará ningún daño.
Al salir del mausoleo destruye las cartas para falsificar la Historia y que, así, el mundo nunca sepa que el hijo adoptivo de César violó su última voluntad.