Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 25 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo III

 

 

El faro ilumina la superficie inmóvil de la Gran Dársena. Una barquichuela de papiro, igual a la que los egipcios fabrican desde el tiempo de las Pirámides y cuyos remos surcan las apacibles aguas con regularidad, avanza hacia el muelle. La frágil embarcación, que parece deslizarse inocentemente sobre la capa líquida desde milenios atrás, se cuela a través de las barreras flotantes dispuestas por Tolomeo XIII sin inspirar demasiada desconfianza. Sin embargo, surge la voz de un centinela:

¿Quién va?

El esquife se detiene.

—Amenofis Apolodoro, hijo de Peteharsemtheo —responde una voz vigorosa y de buen timbre.

El centinela insiste.

—No te conozco. ¿Quién va?

—¡Un enamorado que le lleva a su amada una perca del Nilo!

¿Y la contraseña?

Solo sé amar, ¡y no me digas que tú no conjugas también ese verbo! Llego tarde, soldado, una mujer me espera.

Se escucha una risotada en la noche.

—¡A mí solo me gustan las putas! ¡Sabes lo que pagas, sabes lo que tienes! Sin cuentos ni engaños. ¡Das tu dinero y te vas cuando has terminado! Pero, dime, lo que llevas ahí, en el fondo de la barca, ¡no se parece a una perca!

¡Es un bulto de ropa! —contesta Apolodoro apoyando el pie sobre el atado con una delicadeza sorprendente.

¿También es tu lavandera?

¿Acaso me gustaría tanto de no ser así?

—Anda… Pasa… Pero recuérdalo, son todas unas putas, y lás que salen más baratas, ¡son las del oficio!

La barquichuela se separa y sigue su curso hasta el pontón real, donde Apolodoro echa las amarras, carga su bulto al hombro y desembarca.

A la entrada del palacio de Loquias tiene que convencer a los romanos.

Un regalo para el Imperator, ¡debo entregárselo personalmente! El legionario se carcajea:

¿En mitad de la noche? ¿Hablas en serio?

—¡Si no le informas a tu jefe que Cleopatra Séptima le remite lo más precioso que Egipto encierra, podría costarte tu carrera!

¿Pero qué cuentos son esos?

Transmite el mensaje —replica Amenofis Apolodoro—, si no, estás acabado.

El legionario no puede abandonar su puesto. Llama a otro, que va en busca del comandante:

¿Un regalo? ¡Dámelo, yo lo llevaré!

¡Lo entregaré yo! ¡Órdenes de mi reina! Esta alfombra, de un precio incalculable, contiene un tesoro aún más precioso.

—¡Tanto lío por una alfombra!

—No es por una alfombra —corrige Apolodoro—. ¡Sino por una consigna real!

—¡Espera aquí!

Mientras se aleja, el oficial vuelve la cabeza un instante y un rayo de luna refulge en su casco; el romano, irónico, exclama sobre su hombro:

—¡Al menos podrías dejarla en el suelo!