Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo XVIII
Sobornado por Octavio, el preceptor de Tolomeo César convenció al joven rey de que, en lugar de embarcarse, debía volver a Alejandría. Según él, Octavio lo había reconocido ante el Senado como legítimo heredero, y le entregaría la corona de Egipto igual que César se la había devuelto a su madre.
Tolomeo César fue estrangulado durante el viaje de regreso a Alejandría.
Consumado el crimen, Octavio se hizo coronar rey de Egipto y redujo al país a la condición de provincia romana.
Se apoderó de las maravillas del arte egipcio y griego, estatuas, joyas, mobiliario y objetos de toda clase.
Robó el tesoro de Cleopatra y, aunque era muy consciente de privar a estas esplendorosas obras de arte de la mitad de su valor, fue incapaz de resistirse a la satisfacción de destruirlas. Ordenó que fundieran la vajilla de oro y plata con la que César y Antonio habían cenado, y también la mayoría de los adornos.
Partió en dos la fabulosa perla que Cleopatra no se bebió e hizo unos pendientes destinados a la Venus del Panteón de Roma, que tuvo que contentarse con las sobras de la reina.
Después, a pesar de sus promesas y del dinero que descaradamente había cobrado a cambio de respetarlas, destrozó las estatuas de Cleopatra y destruyó sus efigies; así, Egipto y el mundo olvidarían la memoria de la reina que fue amada por los dos hombres más grandes de su tiempo.
No contento con estos desmanes, confiscó las fortunas de los alejandrinos que eran amigos de la reina.
Pero el nuevo amo de Egipto solo se atrevió a ir hasta Menfis para verse representado sobre los muros de los templos con los atributos del faraón. El asesino del hijo de César no se aventuró a remontar el Nilo siguiendo la estela de Cleopatra y César.
Sus alargadas sombras se lo impidieron. Como dos enormes buitres protectores, planeaban para preservar los misterios del Alto Egipto de la presencia del profanador.
Octavio le entregó a Roma tal cantidad de metales preciosos que el valor de la plata cayó a la mitad, y las tasas de interés en dos tercios. Se hizo otorgar el título de «Augusto».
Su triunfo duró tres días.
Le aportó al templo de Júpiter Capitolino un botín fabuloso: dieciséis mil libras de oro y cincuenta millones de sestercios en piedras preciosas y perlas de Oriente.
En su inmenso cortejo, que cruzó la ciudad para llegar hasta el Capitolio, figuraban unas alegorías del Nilo y de Egipto.
Los tres hijos de Cleopatra y Antonio, la pequeña reina y los dos pequeños reyes desposeídos iban encadenados al carro de Octavio.
Tras él, como había ordenado, se arrastraba una estatua de Cleopatra tendida sobre su lecho fúnebre, tal como la habían encontrado en su mausoleo, con una serpiente enrollada en su brazo.
Después del triunfo, la estatua fue destruida y los dos hijos de Cleopatra y Antonio, Alejandro Helios, el pequeño Sol, y Tolomeo Filadelfo, desaparecieron.
A Cleopatra Selene se le permitió vivir.
Apenas núbil, la desposaron con Juba de Numidia, famoso por sus borracheras y su desenfreno, y se convirtió en reina de una provincia africana.
Calígula ordenó el asesinato de su hijo, Tolomeo, el último de los lágidas.