Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo II
De pronto, en mitad de la noche, se levanta el viento, sopla con violentas ráfagas, silba entre las estacas, se cuela bajo las tiendas del campamento. Las telas se hinchan y restallan. Los animales lanzan sordos aullidos en las tinieblas. Se sienten roces extraños, se perciben sombras, espíritus.
Cleopatra, que al principio ignora si está dormida o si es víctima de un espejismo, ve el saco. Un odre de cuero atado con un cordón. Dos manos — las manos de César, ella lo sabe— desatan el cordón, aferran los cabellos pegajosos por la sangre y levantan una cabeza de Gorgona, con los ojos en blanco en medio de los coágulos, la nariz tumefacta, los labios hundidos. La cabeza cae, rueda, rebota hasta el mar donde se hunde. Unas burbujas rojas estallan en la superficie del agua, como si Pompeyo aún respirase. Aparecen más y más, se elevan por encima de las olas con la fuerza de una erupción, alcanzan la punta del Faro, ahogan el fuego y vuelven a caer, inundando Alejandría con una lluvia de sangre.
La reina, con un candil de plata, enciende una antorcha perfumada para expulsar a los espectros que hacen muecas en los rincones oscuros de su tienda. Las visiones se disipan lentamente y, mientras Cleopatra se interroga sobre su sueño y se pregunta si la muerte de Pompeyo es el primer presagio anunciador del fin de Alejandría, surge imponente la figura de César.
Todo lo que sabe de él forma una imagen que se disloca y se recompone sin tregua, le provoca mareos y arrebola sus mejillas. No es un hombre el que aparece ante ella, sino diez, todos diferentes, y todos le inspiran un profundo odio.
César es el enemigo, el que solo cree en la fuerza y confunde la violencia con el derecho, la sabiduría, la justicia; el que hace la guerra, siembra la muerte por donde pasan sus ejércitos y pretende traer la liberación y la paz. Es el árbitro del destino de los otros, decide por ellos e impone un orden que es el suyo. Él llega, conquista, seduce, posee o destroza. En su presencia, el mundo se doblega, transige, se somete. O perece.
El paso marcial de las legiones que avanzan para sojuzgar a Egipto, resuena en la cabeza de Cleopatra.
En la oscuridad que aviva su odio y su lucidez, Cleopatra debe admitir que la fama de César es la única que se puede comparar con la de Alejandro. Con más de cincuenta años, tiene la resistencia de un muchacho, surge donde no se le espera, golpea rápido como un relámpago y doblega al destino. La victoria vuela a su encuentro. Colmado de honores, no hay gloria ni triunfos que puedan saciarlo.
Codicioso, ávido, generoso, construye un Foro para los romanos, les ofrece espectáculos de gladiadores en los circos y de naumaquias en el Tíber.
Ama a las mujeres y a los hombres.
A los dieciocho arios, prefirió el exilio antes que el divorcio que le exigía el todopoderoso Sila. Cicerón, esa lengua viperina, cuenta que le dio a Servilia, la madre de Brutus, una perla de seis millones de sestercios para agradecerle que le hubiese entregado a su hija.
En plena Curia le llueven calificativos como «reina», «lindo», «concubina», «mujercita». Lejos de desmentirlos, replica que Semíramis también era una mujer y que las amazonas gobernaron Asia.
En la mejor tradición romana, sorprendente para una reina de Egipto, se escriben groseras canciones a su costa y sus soldados se mofan:
César se ha tirado a los galos, Nicomedes se ha tirado a [César. Ahora que triunfa César, que se ha tirado a los galos, Nicomedes, que se ha tirado a César, no triunfa. Romanos, cuidado con vuestras mujeres,
aquí os traemos al rufián calvo,
¡que ha jodido en las Galias con el oro que os arrebató!
Las mujeres, los hombres, el oro, la gloria, las estatuas, las piedras preciosas, las esclavas de belleza perfecta que compra a precios inconfesables, todo, lo quiere todo. Si no ha ordenado que le erijan un trono, es porque teme la reacción de su pueblo, que ya ha asesinado a tres reyes. Así que se las ingenia para que le otorguen los títulos más pomposos y los privilegios más extravagantes que puede inventar la República. Obtiene el derecho «vitalicio» de llevar una corona de laurel.
Aunque padece el mal sagrado, pretende tener una salud a toda prueba.
Se dice que es guapo, pero es viejo y calvo.
Él, tan descaradamente disoluto, no tolera que la sombra de una sospecha roce la reputación de su mujer. A su segunda esposa la repudió acusándola de adulterio. La tercera, Calpurnia, es un modelo de aburrida virtud romana.
Este triunfador sin escrúpulos, pero a quien ni sus peores enemigos le han negado nunca el valor y la generosidad; es su rival. Cleopatra se dispone a la lucha.
Y, de pronto, la idea de que tal vez ya es demasiado tarde cruza por su imaginación. Ve a Arsínoe en el lecho del vencedor, y luego al Decimotercero, y luego a los dos. Siente como si le arrancasen su corona, y también la cabeza.
Debe ir a Alejandría. Obedecer, acudir a la convocatoria que ella misma solicitó.
Además, no tiene elección. ¿Acaso alguien la ha tenido? Nadie, ni un soberano, ni un rey, ni un jefe de clan o de tribu. ¡Nadie!
Se estremece y, retorciendo su mata de pelo, la recoge sobre su frente como si fuese una corona.
Convertirá la humillación en una victoria, sin mendigar ni rebajarse. Negociará con el amo de la mitad del mundo como si ella fuese la dueña de la otra mitad. No se presentará ante él como una derrotada; mientras dure la entrevista, César no será más que un soldadote ante la reina de Egipto, un gusano comparado con ella.
Afuera, el viento no amaina.
La reina ordena que despierten a Amenofis Apolodoro. —¡En el acto!