Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo XIV
Cleopatra ignora qué es lo que se agita en su pecho con tanta violencia cuando se entera de que Antonio ha desembarcado en Antioquía. Con el aliento entrecortado, los ojos ardiendo, el corazón en un puño, contempla el mar embravecido más allá del Faro que eleva su flecha deslumbrante hacia el azul de un límpido cielo.
¡Cuatro años!
Permaneció confinada en su orgullo, sin manifestar nada, ni dolor ni horror, ante cada golpe que él le daba para obligarla a reaccionar. Se negó a hacer un simple gesto. Sin embargo, sabía que él era incapaz de dirigir su vida pues mil veces le pidió que no lo abandonase a su suerte. ¡Pero ella no quería tener otro niño!
Las lágrimas se deslizan por sus mejillas.
No las enjuga.
Sus labios se abren para gritar. Que la llame, que la convoque, que la juzgue, que le pida cualquier cosa, ¡pero que vuelva a verlo! Que esté allí, delante de ella, cerca de ella, en ella, ese bruto con sus músculos enormes, su rostro mal delineado, sus bondadosos ojos azules, su melena rubia en desorden, sus manazas, sus ridículas rodillas, las correas de su coraza que rechinan, ¡las túnicas púrpuras con las que se reviste para parecer un rey!
Desde Tarso, él le enviaba una carta tras otra.
En esta ocasión, no le escribe, le envía un mensajero. Fonteio Capiton pregunta si la reina de Egipto acepta a Marco Antonio como esposo y si recibiría, como presente de bodas, además de la restitución del poder que tenía Egipto catorce siglos antes, en la época de Nefertiti y Akenatón, las tierras que piensa conquistar a la cabeza de sus legiones, todo Oriente hasta el río Oxo, hoy en día llamado Amu Daria, que nace en la meseta de Pamir y desemboca en el mar de Aral.
Prosternado en tierra, Fonteio Capiton no puede ver cómo tiemblan entre las reales manos el flagelo y el cayado; ni los labios que se estremecen bajo la pintura; ni la mirada, disimulada por el maquillaje verde y negro, que brilla.
Capiton añade que Antonio, satisfecho con el título de Autócrata, no aspira al de rey.
Después del largo silencio que sigue a este asombroso ofrecimiento, la voz de Cleopatra resuena por fin, casi irreconocible:
—Con una condición —logra articular.
Capiton presiente que sera exorbitante. Pero sea cual fuere, el triunviro, que le ofrece a Cleopatra compartir con ella el imperio de Alejandro, le ha ordenado aceptarlo todo.
El hijo único de César —deja caer la voz alterada de la reina—, será nuestro único heredero. Con un tono aún más sordo, remata:
Pero, como si fuese la primera vez que subo al trono, el día que lo haga con Antonio marcará el principio de mi reinado, y contaré los años a partir de ese día.