Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo V
Cleopatar vaga por el palacio con las mejillas ardiendo y los puños apretados contra su pecho para refrenar el golpeteo de su corazón. Intenta convencerse de que lo ha soñado, de que sus labios, labios que seca, frota, cuya piel arrancaría, no le están quemando. En ese momento se tropieza con el filósofo Dión, un invitado habitual en palacio.
—Te buscaba —exclama este—. ¡Qué te vean! ¡No hay otro medio para calmar a la turba rabiosa! La reina se ha encerrado en su palacio; tu hermana mayor no aparece; Arsínoe y los pequeños gimotean de terror, le suplican a los libertos que los lleven hasta el barco. Tú eres la única que puede impedir la matanza…
Cleopatra presiente que el destino le brinda una ocasión inesperada. Y da muestras de un soberbio orgullo, pues al filósofo que la empuja hacia fuera le dice:
—¡No me toques! Lo hago por propia voluntad.
Al ver surgir a una princesa real en la terraza, los asaltantes interrumpen su marcha. Dión aprovecha el instante de vacilación, se adelanta y los increpa violentamente:
—¡Miserables! ¿Qué sacrílego proyecto habéis venido a perpetrar en el palacio de vuestro divino señor? ¡Arrojad vuestras armas! ¿Para qué las queréis contra una niña? El que buscáis ya no está aquí.
—¡Mientes!
El grito surge de un viejo desdentado cubierto con un taparrabos mugriento. El hombre agita su espada, pero los demás, impresionados por la autoridad del sabio y su pelo blanco, no se mueven. A pesar de todo, la partida aún no está ganada. La chusma, que suele aprovecharse de las más justas cóleras para saciar sus bestiales instintos, todavía espera poder saquear y matar.
Por un momento, Cleopatra piensa en huir. Luego es presa de un súbito arrojo y, en este juego que se vuelve muy real, siente una embriaguez como nunca ha conocido. Se adelanta a su vez. Los amotinados retroceden, dejan de vociferar. Lentamente, las espadas retornan a sus vainas, las picas descienden. Se hace el silencio.
Al llegar junto al filósofo, Cleopatra grita con todas sus fuerzas para que puedan oírla:
—¡Mi padre, Tolomeo XII, abandonó Alejandría hace un rato! ¿Cumpliréis vuestra venganza conmigo? ¿Queréis asesinar a los hijos de vuestro faraón?
Dión agradece a los dioses que le hayan inspirado a Cleopatra la idea de utilizar la única arma que podía darle un vuelco a la situación, su debilidad.
En ese mismo instante el filósofo descubre al asesino. Disimulado detrás de una columna, el hombre tiene en sus manos una de esas enormes picas que emplean los soldados macedonios, y se dispone a clavársela a Cleopatra. Educado según los preceptos griegos, Dión, que cultiva su cuerpo tanto como su inteligencia, salta sobre el soldado, que se deja desarmar sin oponer resistencia.
Poseída por una calma que la sorprende, Cleopatra le pregunta al lancero que se ha arrojado a sus pies:
¿Quién eres?
—Amenofis, hijo de Peteharsemtheo.
Miente —exclama Dión mientras arregla los pliegues de su túnica—. Es Apolodoro, hijo de Kefalas.
¿Por qué querría engañarme?
—Conoce tu debilidad por lo egipcio, así espera doblegar tu ira.
—No estoy furiosa. Soldado, levántate y responde. —Mi madre también tenía dos nombres, uno griego, Demetria, y uno egipcio, Senabelis.
¿Ibas a matarme?
Vi los despojos del faraón lapidado por los alejandrinos. No hubiese permitido que cayeses viva entre sus manos. Desgarrada por sus uñas, habrías tardado varias horas en morir. Mi lanza te evitaría ese suplicio.
Los amotinados se habrían vengado contigo.
Morir es mi oficio.
—¿De modo que te ibas a sacrificar?
El lancero se sonroja y repite:
—Es mi oficio.
Cleopatra recoge la lanza y la examina:
Debe de ser muy doloroso.
Una sonrisa descubre la dentadura centelleante de Amenofis Apolodoro, hijo de Peteharsemtheo:
¡Conmigo no! Eres tan menuda, princesa…
—Ya veo —dice Cleopatra con voz ahogada, pues imagina su cuerpo atravesado de parte a parte, con el hierro sobresaliendo en su pecho.
Al punto se recobra y afirma:
—No olvidaré tu nombre, lancero.
Mientras Dión ordena a los soldados que arresten a los cabecillas del motín y la multitud se dispersa, la nave real dobla la isla de Antirhodos, singla hacia el paso, que franquea sin dificultad, y sale a alta mar impulsada por vientos favorables.