Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo XV
A la mañana siguiente, muy temprano, Antonio observa desde las ventanas de palacio que su caballería se pone en movimiento y se dirige hacia el campamento de Octavio, donde es recibida con ovaciones. Pero aún le falta por ver cómo las naves con las que Cleopatra debía forzar el bloqueo también se unen a la flota del vencedor.
El oro ha comprado todas las voluntades.
Pero Antonio, a pesar de las palabras de Cleopatra, no termina de convencerse. Sobre todo porque está celoso. Ya ha interceptado a dos mensajeros de Octavio portadores de proposiciones para la reina, y ella no le oculta que ha habido más.
La ira de Antonio se vuelve contra ella. Las palabras lo arrastran a una violencia creciente. Ya no puede controlarse y se deleita con sus propios alaridos.
En vano intenta Cleopatra hacerle entrar en razón. Todo lo que le dice para tratar de calmarlo solo aumenta su desenfreno. Él la acusa de haberlo vendido a Octavio a cambio de la vida de los niños, y la condena a sufrir la execración de las generaciones futuras. Con espumarajos de rabia en la boca, levanta los puños para golpearla.
Iris y Carmiana intervienen y se llevan a su reina.
Lívida, vacilante bajo el peso de las injurias, Cleopatra huye con el corazón batiendo desbocado, el rostro ardiendo y las manos temblorosas. Acompañada por sus criadas silenciosas y fieles que no la abandonarán, se dirige hacia su sepulcro. Entonces afirma que no saldrá viva y que nunca más escuchará las palabras de odio del hombre al que amó hasta el punto de querer compartir la muerte con él.
Entra en el mausoleo con Iris y Carmiana y ordena bajar las rejas. Es la única reina de Egipto que, viva, penetra en su Morada Eterna.
Un oficial que ha seguido a Cleopatra, que ha oído sus palabras y que ha visto cómo las enormes rejas la sustraían al mundo de los vivos, regresa para anunciarle a su comandante que la reina ha muerto.
Antonio, destrozado por su propio furor, escucha sin entender una palabra y cae desmayado.
Cuando vuelve en sí, murmura:
No te demores, Antonio. El destino te ha arrebatado al único ser por el que aún estabas presto a luchar.
Se despoja de su coraza, llama a Eros y le tiende su espada:
Cumple tu promesa, Eros.
Eros empuña el arma, la vuelve contra sí y la hunde en su cuerpo.
Antonio retira la hoja.
Cleopatra —dice implorante—, espérame, voy a tu encuentro.
Antonio apoya la empuñadura de la espada contra un escalón y se arroja sobre el hierro, que le perfora el vientre. La herida es mortal, pero la muerte no tiene prisa y el dolor es tan cruel que Antonio le suplica a sus criados egipcios que lo rematen. Mas estos huyen despavoridos y corren hacia el mausoleo, donde sus lamentaciones llegan hasta Cleopatra por la ventana del nivel superior.
Cuando se entera de que Antonio se ha suicidado al creerla muerta, ordena que lo transporten hasta el pie del muro y le suplica a los dioses que le concedan verlo de nuevo con vida.
En cuanto el lúgubre cortejo se acerca, la reina tira cuerdas y arneses por la ventana. Los criados atan a Marco Antonio.
Volcada en un esfuerzo sobrehumano para izar al moribundo hasta ella, Cleopatra no siente el tórrido calor del verano alejandrino que transforma el mausoleo en un horno, ni el sudor que la empapa, ni el dolor de sus manos desolladas por las cuerdas. Solo piensa en Antonio, que sube hacia ella a tirones, se retuerce de dolor, oscila al final de las cuerdas que lo elevan en el vacío y tiende sus manos hacia ella susurrando las palabras de un amor eterno.
Al llegar a la altura de la ventana, él solo no consigue aferrarse al borde y es Cleopatra la que lo ayuda a traspasar el vano. Las tres mujeres lo llevan hasta el lecho. Cleopatra rasga su túnica para restañar la sangre, y lo abraza llamándolo mi señor, mi esposo, mi emperador.
Él se relaja entre sus brazos y pide una copa de vino. Ella lo ayuda a beber, pues aunque el vino puede precipitar su muerte, tal vez sea capaz de aliviar su sufrimiento. Cleopatra lo rodea con sus brazos mientras él le murmura que debe intentarlo todo para salvar su vida, si puede obtener de Octavio unas condiciones honorables.
—Sin oprobio ni deshonor, es imposible… Pronto me reuniré contigo…
Cuando Marco Antonio muere, ella se golpea el pecho y se lacera el rostro hasta hacerse sangre.