Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 5 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo IV

 

En aquellos tiempos, Roma ponía a los reyes. Pero también podía provocar su caída.

Así fue como la tragedia irrumpió en la vida de Cleopatra. Su tío, gobernador de Chipre, se suicida cuando las legiones de Catón, que, por otra parte, era contrario a la expedición bajo su mando, se apoderan de la isla y del tesoro.

La pérdida de Chipre, tradicionalmente unida a la corona de Egipto, arroja a las calles a una multitud exasperada. Y, de pronto, el tumulto está ahí, a las puertas de palacio. Auletes es abucheado, acusado de haber traicionado a su hermano a cambio del pomposo título de «amigo y aliado del pueblo romano», título que confirma su legitimidad.

En un abrir y cerrar de ojos, la confusión reina por doquier.

Los oficiales dan órdenes contradictorias a la guardia. Los soldados corren en todas direcciones.

Cleopatra no encuentra a su madre. Sus maestros han desaparecido. Los esclavos son presa de una extrema agitación. Una libia llorosa se aferra a un tapiz. Un eunuco sirio se esconde detrás del zócalo de una estatua griega gimoteando y diciendo que lo van a degollar. Los libertos dan órdenes como si fuesen los amos.

Afuera, el vocerío aumenta.

Hasta en los patios de palacio, Cleopatra oye las terribles acusaciones contra su padre. Se grita que ha abandonado a su hermano sin enviarle ni un soldado, que consintió el robo del tesoro de Chipre y permitió que el Senado de Roma se apoderase de un oro que servirá para poner a Egipto de rodillas. La amenaza retumba: Auletes terminará asesinado por sus súbditos, igual que su predecesor.

Cleopatra corre hacia los aposentos de su padre para conocer la verdad de sus propios labios. Pero, al acercarse, el estallido de un violento altercado la inmoviliza. La sarcástica voz del soberano responde a la de su tía, la reina en desgracia.

En el Senado todo se vende y todo se compra —afirma Tolomeo—. ¡Iré a Roma para recuperar mi cetro!

—¿Dejando que tu pueblo muera de hambre? —Chilla la reina—. ¿Abandonando a tu familia?, a la legítima, y a las concubinas y a los bastardos.

¡Cuántas frases bonitas, reina Trifaina, la Gran Egoísta! Ahora vuelve a tu palacio, ¡y no intentes robarme el trono durante mi ausencia!

A una señal del rey, la guardia rodea a la soberana para acompañarla, pero también para impedirle que desobedezca y para protegerla de la multitud.

¿Y yo? —pregunta Cleopatra, que se adelanta después de la marcha de su tía.

¡No me mires con esos ojos de asombro! Permanecerás en palacio, aquí estás a salvo. Como los aullidos de la muchedumbre parecen desmentir sus palabras, añade en tono tranquilizador:

El tumulto se aplacará por sí solo tras mi marcha. ¿Crees que dejaría que la más preciosa de mis hijas corriese el menor peligro?

Apoya las manos sobre los hombros de Cleopatra y se inclina hacia ella:

No olvides jamás el espectáculo que has visto hoy, el de un faraón expulsado de palacio por los habitantes de su capital, un faraón que se ve obligado a ir a Roma para reclamar su corona. Ese es el precio del trono, y no importa el sacrificio, pues cuando se ha gozado del poder supremo, no existe ningún consuelo tras haberlo perdido. ¡Pero volveré! Egipto es el país donde el ciclo de la vida se renueva hasta el infinito. En este momento, cuando presencias mi partida, puedes estar segura de que ya estoy en el camino de regreso.

Se dirige hacia el subterráneo que conduce hasta el embarcadero real, allí le espera una nave cargada de oro. De repente cambia de idea, vuelve sobre sus pasos, toma el rostro de Cleopatra entre sus grandes manos y pregunta:

¿Crees que ignoro la ambición que devora tu pecho, mi perla de Alejandría? Más si relego a Berenice, te verás obligada a casarte con tu hermano pequeño para poder reinar después de mí. A menos que te ayude a escapar a ese destino compartiendo la corona contigo. No habrás olvidado que Akenatón, el glorioso marido de la maravillosa Nefertiti, ¡se desposó con tres de sus hijas!

Brutalmente, la besa en la boca:

—Cuando vuelva, ¡reinaremos juntos!