Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 3 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo II

 

Cleopatra, la segunda hija del faraón de Egipto, joven princesa macedonia sin una gota de sangre egipcia en sus venas, pronto revela sus diferencias con el medio en el que es educada. En una sociedad completamente helenizada que, bajo la mirada complaciente de sus allegados, solo se interesa por la instrucción de los muchachos, Cleopatra descubre y goza con las maravillas de la Biblioteca.

Lee a Homero, cuyo primer editor fue un alejandrino, a Hesíodo, Píndaro, Eurípides, Esquilo, Sófocles, los tratados de historia de Heródoto y Tucídides y los grandes textos egipcios, poemas, cantos de amor y escritos sagrados.

Cuando aborda la Biblia, traducida por los Setenta a petición de Tolomeo II, siempre él, se interroga sobre lo que ese Dios exige a sus fieles: «¡Sed santos porque yo soy santo!», un heroísmo que, definitivamente, le parece inalcanzable. Admira la nobleza de la Ley dictada a Israel, pero observarla constituiría una hazaña encaminada a llevar una existencia tan virtuosa como disoluta es la de los lágidas.

Después de aficionarse a las ciencias, recibe lecciones de aritmética y geometría. Fotino le dedica un tratado erudito, El canon de Cleopatra. Iniciada en la astronomía y en la medicina, aprende a dibujar, a tocar el sistro, el arpa de siete cuerdas, a cantar.

Monta a caballo, practica la equitación y, a una edad en que su belleza aún no ha terminado de brotar, ya se interesa en los medios para conservarla y redacta un tratado sobre los cosméticos.

Una vez terminada su instrucción, emprende el doloroso esfuerzo de mirar lo que la rodea con otros ojos. Egipto es un antiguo país que su familia, de origen extranjero y sangrienta historia, desprecia. Alejandría la griega, el florón de las ciudades, el puerto más suntuoso del Mediterráneo, donde se entrecruzan todas las nacionalidades y donde los judíos viven en paz, apenas si tolera la presencia de algunos egipcios entre sus muros. El cupo es muy estricto y no pueden desempeñar ningún cargo.

Esta ambigüedad también se puede observar en el mapa. Alejandría parece lista a soltar amarras. Con sus mármoles importados y sus leyes griegas, le da la espalda al país, que, a su vez, la detesta. Los egipcios la llaman Ra-Kedet, «la obra», o, en griego, Rhakótis. ¡Aunque ya hace casi tres siglos que la obra está terminada!

Para superar esta división, al menos en lo que a ella se refiere, Cleopatra, que ya habla diez lenguas, aprende una más, ese egipcio que ninguno de sus antepasados se preocupó nunca de practicar, que en la corte nadie comprende, que su padre desdeña a pesar de haber sido coronado en Menfis según el antiguo ceremonial. Cleopatra ya domina la lengua sagrada: ahora estudia el egipcio de la calle, el demótico.