Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 65 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo IV

 

Por esos días llega a la ciudad una noticia que fulmina a Cleopatra. Octavio ha enviado a su hermana a Atenas con dos mil hombres y un mensaje para Antonio: «¡Toma el mando de los soldados que tu esposa ha reunido para ti!».

Desde hace meses, Cleopatra hace gala de todo su encanto y de sus dotes de persuasión para impedir que Antonio se lance de nuevo contra los partos; y ahora, él emprende los preparativos para reunirse con Octavia, que sigue siendo su esposa. Cleopatra ha logrado evitar que acudiese a una cita segura con la muerte en el río Oxo, ¡y él se reconcilia con Octavio! Ya le demostró una vez lo inconstante que podía ser. Por entonces, ella no era tan vulnerable. No soportará un nuevo abandono, pero es incapaz de defenderse, de hacer valer sus derechos, de desatar una de esas guerras domésticas que destrozan a las parejas.

Ha recurrido a toda su energía, primero para arrancarlo a la muerte, después para convencerlo de no emprender una nueva acción que diezmaría al ejército; ya no le quedan fuerzas para defender su causa, la de Egipto y la de sus hijos.

La impotencia y la tristeza la ahogan.

La asalta una angustia tan violenta que zozobra en la melancolía de la que, poco tiempo atrás, rescató a Marco Antonio. Pierde el sueño, apenas come, la contemplación de los mejores espectáculos la aburre y pronto se niega a dejarse ver.

Por primera vez, se encomienda a sus ministros y chambelanes para gobernar. Durante algún tiempo, merced a su fuerza de voluntad, consigue mantenerse en pie, luego se desploma y se recluye en sus aposentos.

Entonces piensa en su propio fin con una indiferencia tranquila, incapaz de imaginar ningún otro medio para escapar a la trampa que le ha tendido Octavio. Ni siquiera la presencia de Alejandro Tolomeo, su cuarto hijo, tan resplandeciente como los otros, le sirve de consuelo.

Por más que Carmiana le insiste que la vida de la reina de Egipto le pertenece a los pueblos que gobierna, Cleopatra ya no escucha.

Absorto en los preparativos de la marcha, Antonio finge no darse cuenta de nada. Los escribas reales, el secretario particular, los médicos intentan hacerle ver que es imposible que abandone a la reina en el estado en que se encuentra. Le recuerdan hasta qué punto lo ama y que siempre le ha sido fiel. Exasperado, los despide. Pero le han cortado el apetito. ¿Y si sus palabras fuesen sinceras?

Invade sus aposentos sin previo aviso. Ella no tiene tiempo de prepararse. Toma su rostro en sus manos, examina sus ojos desmesuradamente grandes por la falta de sueño, las mejillas hundidas, los rasgos tirantes. La rodea con una manta y la toma en sus brazos como a un tesoro, llorando, pidiéndole perdón, hablándole como a un niño, consolándola. Le promete que permanecerá a su lado y que no la abandonará; y, sobre todo, le jura que Octavia no significa nada para él.