Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 31 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo IX

 

Alejandría se ha vaciado.

Los eruditos han abandonado el Museo y la iblioteca. Las salas de retórica, de filosofía, de medicina, de anatomía, de geometría, de hidroestática, de geografía, de astronomía, de cosmetología…, de repostería están desiertas. ¿Dónde se han ido?

Cleopatra señala unos vetustos rollos.

—¿Sabías que Zenódoto, el primer editor de Homero, dirigía la Biblioteca?

César se enfrasca en los textos que explican cómo medir el tiempo y concibe la forma en que modificará el calendario romano, menos exacto que el egipcio.

Hablan sin cesar, se lo dicen todo el uno del otro, las verdades y las mentiras. César está subyugado por la dulzura de Cleopatra, la musicalidad de su voz, la gracia de sus gestos, el encanto de su conversación, la profundidad de sus conocimientos, y por sus carcajadas, sus juegos, sus bromas, esa mezcla de seriedad y ligereza, de aplicación y de frivolidad.

Un día, Cleopatra se da cuenta de que seducir a su enemigo le provoca demasiado placer.

Ha olvidado la calvicie de la que se burlaba. No solo lo encuentra guapo, sino que guapo o feo, es consciente de que eso no cambia nada a lo que, poco a poco, se vuelve ineluctable entre ellos. Necesita a César tal y como es, a César, que es mayor que un padre, dominador del mundo, desgastado por los placeres lícitos e ilícitos. Un iniciador.

Y él, que lo ha conocido todo, que a todo se ha acercado, y a todo ha amado —y todo lo ha rechazado después de haberlo amado—, solo puede sentirse emocionado, tocado y transportado por esta mujer niña, a la que pronto hará una mujer. Entre sus numerosas experiencias, falta esta experiencia. Entre sus amores desordenados, falta un único amor.

Así, como todos los amantes dignos de ese nombre, fueron uno del otro mucho antes de que sus cuerpos se mezclaran. Antes de abrazarse, estuvieron unidos durante los interminables meses en que permanecieron cautivos del ejército del Decimotercero, y la inflamación de la carne fue el último de todos los incendios que atizaron el uno en el otro. Esperaban febriles, impacientes, curiosos.

Encerrados en el tiempo del asedio, un tiempo extraño que no transcurre, un día se enteran por sus espías de que el nutricio de Arsínoe, el eunuco Ganimedes, ha asesinado a Aquilas, el estratega del Decimotercero. Ganimedes ha tomado el mando y va a ordenar el asalto.

Los refuerzos de César no han llegado; lo único que puede hacer es rendirse, pero, en vez de eso, le anuncia a Cleopatra su intención de combatir.

Ella grita:

—¡No!

Él la mira extrañado. Sin embargo, la reina es ella. ¿Lo es todavía ahora que no tiene ningún poder? Rodeada por las tropas de su hermano, nadie intenta liberarla. Ni un solo regimiento se alza en su favor. Oh Egipto, te he amado tanto… Y César, que desde hace varios meses la fascina y se deja fascinar por ella, en el momento decisivo, no escucha su voz. Ella sabe que, tras el asalto, su capital será presa de los estragos de la guerra civil. Y que ella, entre César y Tolomeo, será barrida por esta catástrofe.

Para ayudar al Decimotercero, Arsínoe, que intenta promover un levantamiento general contra César, provoca la salida en masa de los alejandrinos ricos. Compran salvoconductos y viajan hasta sus casas de campo, al borde del lago Mareotis. Algunos, incluso se retiran hasta el oasis de Fayún.

Los que no disponen de medios suficientes para huir, rezan para que sus hogares no se vean arrasados por los combates. Hacen bien al encomendarse a los dioses: el asalto es mucho más devastador de lo que temía Cleopatra.

Los romanos, superados en número, derriban las casas para levantar barricadas; luego retroceden entre los escombros que atestan las avenidas a lo largo de los muelles, donde se elevan torbellinos de polvo. Luchan calle por calle, en medio de las acres humaredas que despiden los edificios en llamas, arrastrando a sus heridos con ellos. Pero sus muertos jalonan las calles.

Atrincherado en el palacio de Loquias que ordena fortificar alrededor de Cleopatra, César afirma que la protege. Ella finge creer en sus palabras hasta el día que él se apodera de sus barcos y los pone bajo su mando directo.

Es un rehén de César.

Arsínoe la abruma con sus reproches:

—¡Te negaste a sublevar Alejandría y henos aquí, prisioneras las dos!

No te equivoques, estoy aquí por mi propia voluntad. No iré a Roma para recuperar mi corona y no cometeré los errores de mi padre.

No tendrás ninguna posibilidad de evitarlos, incluso si te conviertes en la puta de César, tal y como toda Alejandría lo propala ya.

Si eso es lo que cuentan, es que tú has difundido el rumor.

¿Acaso no es la verdad?

—Hueles a hiena, Arsínoe.

Sus palabras se ven interrumpidas por unos alaridos y por una luz roja que ilumina la estancia.

En el Gran Puerto, la flota está en llamas.

César quema sus naves y las tuyas —exclama jubilosa Arsínoe.

Frente al palacio, los soldados del Decimotercero se han apoderado de la isla, del Faro y de la calzada. Los romanos, aplastados por el número de sus enemigos, incendian la flota para salvar el palacio, alzando un baluarte de llamas ante él.