Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo V
El estado de Cleopatra es tan alarmante que, esta vez, Antonio cumple sus promesas.
Le informa a Octavia que puede volver sobre sus pasos y aplaza la expedición contra los partos.
Al llegar la primavera, la vida de la reina ya no corre peligro y recupera las ganas de vivir. Su belleza, aún vacilante, conserva una sombra de la fragilidad pasada, y el brillo luminoso de una juventud que parecía eterna deja paso a un resplandor más secreto.
Antonio sospecha que Cleopatra ha interpretado una farsa para retenerlo y se venga en la brutalidad del amor.
—Te odio —le dice con rabia atrayéndola hacia él.
Si al menos aquella vida inimitable hubiese durado algo más; pero nada es para siempre, han despedido a sus amigos y renunciado a unas fiestas que ya no les distraían. Ella sonríe y le pregunta:
¿Has creído que deseaba reservarte para mí?
¿Y no era así?
¿Quieres una prueba?
Él roza con sus labios la vena turquesa que sobresale en su cuello, mientras ella le anuncia en un susurro:
El rey de Armenia, Artabaces, nos traiciona.
Nuestro mejor aliado no puede… ¿Cómo lo sabes?
Porque hablo todas las lenguas y recompenso a los que me sirven más allá de lo que pueden soñar.
¿Y escuchas tras las puertas?
Leo las cartas.
Ella se aparta. Él vuelve a estrecharla contra su pecho.
—Octavio, astutamente, se ha apoderado de la mitad del imperio —afirma la reina—, y ahora, para aislarnos, compra a nuestros aliados.
Sin separarse de él, recoge unas tablillas de una mesa baja.
Antonio las lee y luego se tiende con las manos bajo su nuca.
—¿Acaso has provocado esta traición para procurarme el placer de una guerra? —pregunta al cabo de un tiempo.
Acodada sobre la cama, se inclina hacia él y sonríe:
Conoces bien Armenia. La has atravesado dos veces. ¡Ve allí y restablece el orden! No pierdas tiempo con los adioses. Cesarión quiere acompañarte, pero es demasiado joven para compartir tu gloria. Cuando vuelvas, será coronado, Egipto tendrá un rey y ya no habrá obstáculos para que te tome por esposo.
La felicidad de ser empujado hacia la victoria por la reina que adora, arroja a Marco Antonio a sus pies. Abraza sus piernas, hunde la cabeza entre sus rodillas, igual que lo hizo en la playa donde estaba a punto de morir.
Ella lo aparta con dulzura:
¡Ve!
Mañana —suplica él incorporándose—. Permítenos esta noche que apenas despunta.
Ella rodea su cuello con dos brazos ardiendo en un deseo compartido, se separa a su pesar y, cuando él intenta retenerla:
—Vete en el acto —afirma—, ¡es lo que deseas realmente!
Él la besa con ardor y se aleja corriendo.
Volverá victorioso, es lo que le dice a Cesarión.
Pero si no… —objeta el joven príncipe. —Victorioso —murmura la voz insistente de Cleopatra—. No tiene otra elección.
¿Victorioso o …? —Cesarión interrumpe su frase al instante.
—Vivo o muerto, en ambos casos, victorioso —confirma Cleopatra.