Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 46 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo III

 

La llegada de la crecida ha disipado el peligro venido del interior, amordazado las protestas religiosas y confirmado la legitimidad del hijo de César a la sucesión de Egipto.

Queda una amenaza: viene de Roma.

Desde el asesinato de César, las facciones están enfrascadas en un combate mortal. Republicanos y cesarianos solicitan la ayuda de Cleopatra, que a todos se la niega, incluso a Marco Antonio. Él tampoco ha entendido que la reina odia casi por igual a los partidarios de César y a sus asesinos, y que siente una invencible repulsión por esa República que procede a ejecuciones masivas con el pretexto de vengar a un hombre que, a menudo, se mostró clemente.

Marco Antonio y sus dos comparsas, Lépido y Octavio, señalado como su heredero por el mismo César, que no tuvo tiempo de redactar un nuevo testamento en favor de su hijo, han asesinado a centenares de caballeros y senadores. Después, los Triunviros persiguieron a los asesinos hasta Grecia. Allí, en el campo de batalla, los soldados silbaron a Octavio por su cobardía, al tiempo que Antonio aplastaba a los republicanos en Filipos. Bruto, vencido, se suicidó, mientras Marco Antonio, con el pretexto de aplacar al alma del difunto César, pasaba a cuchillo a sus prisioneros.

Al volver a Roma, Antonio prosiguió con su tarea de exterminar a los opositores. Al rencoroso Cicerón, que había escupido su veneno contra él en catorce «Filípicas», le cortaron la cabeza y las manos. Se dice que Fulvia traspasó su lengua con un alfiler de oro.

Cleopatra detestaba al Cicer, «el garbanzo», pero la idea del alfiler le espanta. ¿Con qué clase de furia se ha desposado Antonio? ¿A qué especie pertenece la horrible arpía capaz de ejecutar un gesto tan abominable?…

Como recompensa por sus sangrientas hazañas, los triunviros se repartieron el mundo.

El insignificante Lépido se quedó con lo que sus dos ambiciosos colegas le dejaron, África. Octavio, aún avergonzado por los abucheos que recibe cada vez que aparece ante el ejército, se atribuye Roma. Y el gran vencedor, el heroico Antonio, al que los soldados ovacionan tras cada asalto y a quien el Senado no puede negarle nada, se encarga de que le entreguen el Oriente, que recorre durante una gira triunfal.

Egipto no está incluido en el Oriente romano; sin embargo, Cleopatra no se hace ninguna ilusión. Egipto se verá obligado a pagar un tributo, pues Antonio, que se hace aclamar por donde pasa, se lleva todo el oro que es capaz de arrancar a los países aliados o sometidos. ¿Qué otra cosa se podía esperar de semejante bestia sedienta de sangre y de lujuria, que un día probó las delicias de Oriente y ya nunca más podrá prescindir de ellas?

¡Pero antes de partir no se tomó la molestia de librarse de Octavio! Lo desprecia porque es un cobarde, solo que un enemigo pusilánime es todavía más temible que cualquier otro.

Basta con haber visto al sujeto una vez, caminando de soslayo hacia el Senado, embozado en sus capas de lana pues padece una hipotermia crónica, los párpados inflamados por una blefaritis, los ojos entrecerrados bajo el duro cielo de la ciudad que se cree eterna, el rostro lleno de granos, tartamudeando, lastimoso, taimado, para saber que Octavio es capaz de asestar cualquier golpe bajo. De momento, espera pacientemente que llegue su hora, pero Cleopatra ha intuido al carroñero que se esconde en él.