Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo II
Estas calamidades desatan la cólera del pueblo. El clero conservador, enemigo de los lágidas desde siempre, acusa a una reina que ha roto con la tradición y ha provocado la ira de los dioses, la sequía, la hambruna y la peste, al mezclar su sangre con la de un extranjero.
Es una oposición disimulada a la legitimidad de su hijo, una acusación tan grave que Cleopatra, cuando todo el país aguarda la crecida por tercera vez, se embarca hacia el sur, de donde vienen las aguas. Lleva a su lado al heredero al que el pueblo, cuando está contento, llama Cesarión.
Todo Egipto espera, conteniendo la respiración, que su soberana restablezca el orden cósmico y le devuelva la vida a su país.
En Dendera, toda la ciudad se apiña ante el pabellón del muelle real; Cleopatra desembarca llevando de la mano al heredero, a quien ha entregado el flagelo y el cayado de los faraones. Escoltados por el clero, con la pompa de las grandes festividades, y el pueblo dividido entre la alegría de su llegada y la desesperanza que lo abruma, la reina y Cesarión suben hasta el templo, donde los sacerdotes realizan incesantes sacrificios propiciatorios. Franquean las monumentales puertas decoradas con banderas, atraviesan los patios, las salas de columnas, las galerías flanquedas por oratorios, y se dirigen hacia el corazón del monumento, donde la reina se separa de su hijo.
Dejando al príncipe con su escolta, entra sola en el santuario.
En una penumbra casi total que, tras la deslumbrante claridad del exterior, la ciega, avanza con pasos vacilantes hasta la estatua de la diosa Hator, la hija del Sol, la diosa lejana, la dueña de la crecida. Sus ojos se acostumbran a la oscuridad. Pronto distingue las espesas volutas de incienso perfumado que se arremolinan hasta el techo en un rayo oblicuo que proviene de una pequeña abertura, la única fuente de luz. El sonido de las salmodias que resuenan en lo más profundo del monumento le llega muy apagado por el grosor de las murallas.
El lugar es tan misterioso, tan recogido y secreto que, por sí sola, la oración brota de los labios de Cleopatra mientras su corazón bate sigilosamente. Pronto está tan absorta que ya no huele el suave perfume del incienso y deja de oír el sonido de las músicas sagradas.
Mientras ella se abisma en su fervor hasta el punto de perder la noción del tiempo, los sacerdotes con faldellín blanco, cabeza afeitada y una piel de animal sobre los hombros se apiñan alrededor del nilómetro excavado en el camino de ronda.
Al otro lado de las murallas del recinto, que tienen prohibido pisar, murmura un pueblo taciturno, hambriento, derrotado por dos años de infortunio y duelo. Aguarda con la boca sedienta y los ojos como los de los asnos, cercados por el vuelo de las moscas. El pueblo ha venido conminado por los sacerdotes. Tal vez se hubiera desplazado de todas formas para ver a la reina y al heredero. Además, no tiene nada mejor que hacer. Los campos están estériles, y la tierra, muerta. Incluso los traficantes que se aprovechan de la miseria no tienen ni un grano para vender. Han rascado las últimas reservas, agotado los recursos del contrabando. Las jarras de aceite y de vino están secas. Una cerveza infecta cuesta tan cara como el mejor caldo.
En los últimos dos años, los únicos que se han emborrachado son los profanadores de una tumba real. Bajo tierra, se han bebido el vino de la momia.
Cleopatra reza a Hator la lejana, la que hace venir la crecida, y luego le suplica a todas las divinidades de Egipto. Por último, le ruega su auxilio a Alejandro y a César.
En ese momento, en el fondo del nilómetro, el sacerdote más joven, que está peligrosamente inclinado y corre el riesgo de caerse de cabeza cuando le bastaría con hundir un palo graduado hasta el fondo, cree distinguir un resplandor.
Sofoca un grito. Un resplandor: eso quiere decir que el cielo se refleja, ¡que la crecida ha empezado! En la algarabía que se desata, todos quieren apartarlo para mirar, pero él se aferra, con el trasero al aire bajo el abanico de pliegues tirantes de su faldellín almidonado, que muy pronto dejará de estar inmaculado. Sin ninguna duda, el barro del fondo chapotea y la superficie cenagosa se eleva impulsada por las aguas.
El recogimiento de Cleopatra es tan intenso que no escucha el formidable clamor que, surgiendo de la avenida exterior del templo, invade la ciudad y resuena en todo el país.
En poco más de una semana, el tiempo que el río necesita para inundar el valle, Egipto se convertirá en un inmenso lago de fertilidad.